Mayer Gina - Mañana morirás

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Los estudiantes Sophia y Moritz, la aspirante a actriz Julie y el joven empresario Philip tienen, a primera vista, solo una cosa en común: todos van a morir el mismo día. O por lo menos eso quiere el autor anónimo de las amenazas que cada uno ha recibido. Solo si los cuatros pueden descubrir el secreto oscuro que los une, podrán escapar de lo desconocido.

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—Tienes un apartamento muy bonito, Julie. El mío es mucho más pequeño y oscuro.

—Gracias. Estoy muy contenta. Estuve un buen rato buscando.

—Pues valió la pena. Yo casi no tuve tiempo de buscar. Firmé el contrato hace tres semanas y empiezo a trabajar el lunes. Pero me doy por contento de haber encontrado algo a la carrera.

—¿Y qué haces? ¿En qué trabajas, mejor dicho?

—Soy trabajador social. Voy a trabajar en el centro juvenil en Veddel.

—Huy.

Christian se rio.

—¿Eso qué significa? —preguntó.

—No es el mejor barrio precisamente.

—Ah, pensé que no te gustaban los trabajadores sociales.

“¡Ay, Dios!”, pensó Julie, y se apresuró a beber otro sorbo de café.

—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó Christian—. ¿Estudiar?

—A partir de septiembre.

—¿Qué?

—Teatro.

—¿En serio? ¡Vaya! Entrar en esa escuela es dificilísimo, ¿no?

—Ni lo digas.

Había solo ocho plazas para novecientos aspirantes. Y Julie había conseguido una. La mayoría se presentaba a varias escuelas, en Stuttgart, Múnich, Berlín o Viena. Pero Julie lo había intentado en una sola y la habían aceptado de inmediato. Ni siquiera se había preparado muy bien.

A diferencia de Valerie, que había ensayado y estudiado durante meses. Valerie. Su rostro encolerizado apareció de pronto en su recuerdo. Se había puesto furiosísima al enterarse de que habían aceptado a Julie. “¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡Eres una traidora! ¡Te odio!”. Y no habían vuelto a hablar desde entonces. Valerie no había ido a su fiesta de despedida, y tampoco le había ayudado con la mudanza, por supuesto.

—¿Y ya estás estudiando para tu primer papel? —preguntó Christian.

—No. Por ahora tengo otras preocupaciones.

—¿Como cuáles?

—Mañana me traen los muebles de la cocina; espero que me quepan. Yo medí y planeé todo, pero a veces sucede que después no caben y…

—¿Y piensas hacerlo sola? —preguntó Christian desconcertado—. ¡Qué valiente!

—¿En serio? Tal vez sea mejor que contrate a alguien.

Julie se mordió el labio inferior y clavó la mirada en el patio interior, preocupada.

—¿Tú cocinas? —preguntó Christian.

—¿Que si yo qué? Pues claro que cocino. Y muy bien.

—Entonces vamos a hacer un trato. Yo te instalo la cocina. Para aprovechar el impulso, digamos. Y tú me preparas una comida especial. Tres platos, con vino y velas y todo el cuento. ¿De acuerdo?

Julie titubeó. La primera parte sonaba muy bien. Si él le instalaba la cocina, ella podía ahorrarse el dinero del obrero. ¿Pero una cena a la luz de las velas con Christian, el buen vecino? ¿Y si le daba por ilusionarse y después no la dejaba en paz? Eso podía ser muy molesto, pues eran vecinos al fin y al cabo.

—Oye —dijo Christian—. No sería una comida romántica ni nada de eso. Lo que pasa es que llevo semanas viviendo de gyros y pizzas. Olvídate de las velas. Lo importante es que sea una buena cena.

Eso sonaba mejor. Solo podía ser una cena para dos, nada más.

—De acuerdo —dijo Julie finalmente—. Me encanta cocinar. ¿Pero estás seguro de que quieres volver a enfrentarte a la pesadilla de instalar una cocina?

—Haría cualquier cosa por un menú de tres platos.

—Cuatro —dijo Julie—. Te prepararé cuatro.

Christian sudaba. Por supuesto que Julie no había medido bien. El mesón resultó demasiado largo y tuvieron que cambiar la despensa por una más pequeña.

—Tú vas directo al almacén y solucionas lo de la despensa —dijo Christian—. Yo voy a la ferretería para pedir prestada una sierra. Lo lograremos.

Entonces trajo consigo también un par de tablas y le armó una estantería que cabía justo en el espacio que quedaba entre la puerta y la pared.

—¡Vaya! —exclamó Julie—. ¿Dónde aprendiste todo esto?

—Lo llevo en la sangre —respondió Christian—. Como tú con el teatro. Cuéntame de la prueba de admisión. ¿Qué hiciste?

—Presenté un monólogo de La fierecilla domada . Les gustó tanto a los evaluadores que me dejaron pasar a la segunda ronda. Allí tuve que interpretar un diálogo entre Fausto y Margarita.

—¿Tú, de Margarita? —comentó Christian—. Me cuesta imaginarlo.

—No interpreté a Margarita, sino a Fausto.

—¡Ja, ja! ¿Y cómo se te ocurrió?

—Es un papel más interesante. Lo reelaboré todo como una tragedia lésbica. Una idea absurda, pero a los evaluadores les pareció tan interesante que me dejaron pasar a la siguiente ronda. Un horror.

—¿Por qué?

—Porque no había preparado una tercera escena. No se me había pasado por la cabeza que pudiera llegar tan lejos.

—¿Y entonces? ¿Qué hiciste? ¿Llorar?

—No. Canté una canción.

Había cantado Paranoia , la única canción que se sabía de memoria. Paranoia , la canción que había hecho famosa a su mamá antes de que Julie le pusiera punto final a su carrera musical. No le había contado nunca a Marianne que había pasado la prueba de admisión precisamente con su canción. No le había contado a nadie. Y el jurado no la había aceptado por la canción sino a pesar de ella. “La pieza es terrible. Pero tú tienes potencial”, había dicho uno de los evaluadores.

—Pues a mí me parece grandioso —dijo Christian—. Que te atrevas a hacer algo así. A cantar, así sin más. Yo me orinaría en los pantalones.

—Eso no es nada. Tú eres capaz de armar una cocina entera con unas puntillas y unas tablas. Eso es muchísimo más complicado.

—Cualquiera puede armar una cocina. Tú misma habrías podido, con un poco de paciencia. Pero actuar… Eso no puede hacerlo cualquiera —dijo Christian con una mirada cálida y anhelante.

“Cuidado. Esto podría complicarse si no tengo cuidado”, pensó Julie.

—En la esquina hay una pequeña cafetería —dijo entonces—. Voy a traer dos cafés. Ya estoy harta del instantáneo.

Espárragos calientes con vinagreta de tomate

Ensalada de albahaca, rúgula y fresas

Filete de cordero sobre puré de ajo con flores

de calabacín asadas

Pastel de aguacate y frambuesas

Julie escribió el menú en el tablero que Christian le había instalado esa mañana en la pared de la cocina.

—Como en un restaurante —dijo él, impresionado.

Ella había puesto un mantel de seda. Encima había acomodado la delicada vajilla de porcelana de su abuela, que Marianne no había usado nunca porque no podía lavarse en máquina. Había traído flores frescas y, tras pensarlo seriamente, había encendido una vela.

—Espero que la comida se corresponda con lo que promete la decoración —dijo Julie—. En todo caso, te lo ganaste. En realidad, no sé cómo podré pagarte todo lo que has hecho por mí.

Christian había trabajado casi toda una semana. Ahora ya estaban armados e instalados todos los armarios, así como la máquina lavaplatos y la estufa, y hasta había colgado en el techo la lámpara art déco que ella había comprado por Internet.

Julie le pasó una copa de prosecco .

—Salud. Por ti y tu maravilloso trabajo.

—Por tu cocina —dijo él, y trató de mirarla fijamente a los ojos para brindar, pero ella alcanzó a esquivar su mirada en el último segundo.

Ay, Dios, empezamos. A lo mejor sí debía haber contratado a un obrero. Pero con el dinero que se había ahorrado se había comprado unos zapatos de tacón que no habría podido comprar de otro modo.

—Siéntate —dijo Julie—. ¿Qué quieres tomar con la comida?

—Una gaseosa.

—¿Perdón?

—Era un chiste. Lo que tú propongas.

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