Mayer Gina - Mañana morirás

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Los estudiantes Sophia y Moritz, la aspirante a actriz Julie y el joven empresario Philip tienen, a primera vista, solo una cosa en común: todos van a morir el mismo día. O por lo menos eso quiere el autor anónimo de las amenazas que cada uno ha recibido. Solo si los cuatros pueden descubrir el secreto oscuro que los une, podrán escapar de lo desconocido.

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—¡Sophia! —gritó, y ella volvió a tener la sensación de que todos los estudiantes giraban la cabeza para mirarlo. Entonces agitó también la mano y sintió las miradas clavadas ahora en ella y disfrutó de la atención.

Caminó despacio hacia el auto. Cada paso se sentía bastante bien.

El café no era realmente un café, solo un par de mesas altas en una panadería. Ellos eran los únicos clientes.

Felix pidió un macchiato , pero la máquina de espresso estaba dañada.

—Solo hay café de filtro —dijo la mesera de mala gana—. ¿Quieren comer algo?

—No, gracias —dijo Sophia; Felix tampoco quería nada.

La mesera desapareció detrás de la barra y le echó una mirada melancólica al crucigrama que había tenido que dejar de lado por su culpa.

Sophia tragó saliva. La emoción que había sentido antes había desaparecido. Felix estaba allí solo, porque ella se le había pegado descaradamente, porque era demasiado cortés para quitársela de encima.

Él sonrió. Probablemente habría querido mirar el reloj, pero eso también se lo prohibía su cortesía.

“¡Di algo!”, se ordenó Sophia mentalmente. El silencio solo lo empeoraba todo aún más.

—¿Ya terminaste el colegio? —preguntó ella finalmente.

—Hace bastante. Pero no me gradué. No soy un superdotado como tu hermano. Me salí en noveno, pero mi mamá me obligó a sacar el título de bachiller ahora.

—Huy, menos mal.

—Sí, ahora también pienso lo mismo. Pero al principio me pareció terrible.

—Quería decir que menos mal que no eres un superdotado como Moritz.

Felix se rio.

—Bueno, a veces me gustaría que todo se me diera tan fácilmente. Él es impresionante, ¿no? Me contó que quiere presentarse a Medicina…

—Y lo aceptarán. Tiene un promedio excelente.

—Pues mi promedio al final era apenas aceptable.

—El mío no es mucho mejor.

Pero seguramente a Felix no le habían importado las notas en aquel entonces y seguramente no había movido ni un dedo en el colegio. En cambio, Sophia se esforzaba y estudiaba como loca, pero no pasaba de la media.

La mesera les llevó el café. Al pasar las tazas de la bandeja a la mesa, la mitad del contenido se regó en los platillos.

—¡Ups! —exclamó Sophia.

La mujer la atravesó con la mirada.

—Puede pasar, ¿no?

—Claro —dijo Sophia y soltó una risita, porque Felix había hecho una mueca de pánico a espaldas de la mesera, que giró la cabeza y lo miró con desconfianza. Pero él había vuelto a sonreír inocentemente.

—Ya traigo un trapo —dijo la mujer, y desapareció.

—¡Salud! —Felix alzó la taza goteante—. ¡Por nosotros, los fracasados! Me alegro de que no me desprecies. —Bebió un sorbo—. ¡Puaj! —exclamó y bajó la taza, asqueado—. Sabe a cartón destilado.

—¿Y por qué sabes cómo sabe el cartón destilado?

—Porque era lo único que tomábamos en casa. Éramos siete hijos, y éramos muy pobres.

—Huy, lo siento. No me extraña que te fuera mal en el colegio entonces. Supongo que no podías concentrarte por el hambre.

—Peor. El profesor me sacaba de clase porque el estómago me crujía tanto que los demás no podían concentrarse.

—Uf.

—¿Y tú? ¿También llevas un pasado difícil a cuestas? —preguntó Felix, inclinó la cabeza y la miró.

Esa mirada. Ligeramente burlona y bastante curiosa y muy, muy cálida. Sophia sintió que le cruzaba el pecho y le llenaba el cuerpo de una calidez hormigante; el calor se le subió de pronto a la cabeza y le hizo arder la cara. Rosada, roja, morada. ¡Maldición!

Por fortuna, la mesera volvió con el trapo y secó primero la taza de Felix, después la de Sophia.

—A sus órdenes, sus señorías —dijo con tono amenazante antes de regresar precipitadamente a su crucigrama.

Sophia se enteró de que Felix trabajaba en una tienda durante el día y estudiaba por las noches para graduarse de bachiller. Jugaba bádminton dos veces por semana y solía ir al cine. Le gustaban los Foo Fighters, Green Day y Nirvana, de los que Sophia solo había oído los nombres.

—Es que son viejísimos —rio Felix—. Como yo.

Tenía veinte años, cuatro más que ella.

—¡Eso no es tanto! —protestó Sophia, y pensó: “Es perfecto. Veinte y dieciséis. Somos el uno para el otro”.

—¿Qué piensas hacer después de graduarte?

—Quiero estudiar.

—¿Qué?

—Eso te lo contaré cuando nos conozcamos mejor —dijo Felix.

Cuando nos conozcamos mejor. Eso sonaba muy prometedor.

—Pues me muero de la curiosidad —dijo Sophia.

—¿A qué hora tienes que volver al colegio? —preguntó él, casualmente.

Ella le echó un vistazo al reloj.

—¡Ay, Dios! —gritó tan fuerte que a la mesera se le cayó el lápiz del susto—. ¡Tendría que haber vuelto hace rato! Ya empezó la sexta hora de clases.

—Entonces no hace falta apresurarse. —Felix le hizo una seña a la mesera—. La cuenta, por favor.

Mientras Felix la llevaba de vuelta al colegio, Sophia volvió a ponerse muy silenciosa. “Eso fue todo”, pensó. Me soltará en la entrada, se marchará y me olvidará.

De pronto, estaba totalmente convencida de que él tenía novia. “Es tan lindo y gracioso e inteligente”, pensó. Alguien así nunca está solo. Y aunque lo estuviera, ¿se interesaría precisamente en alguien como ella?

La bomba , solían llamarla antes. Eso se lo había contado Emily. Quizá la llamaban así todavía y ella no se daba cuenta.

—¿Qué pasa? —preguntó Felix—. Estás muy callada. ¿Hice algo mal?

Sophia negó con la cabeza.

—No, nada.

Él lo había hecho todo bien. Y ella se había enamorado perdidamente.

—Oye —dijo Felix—. ¡Solo faltaste a una clase! No van a echarte por eso. Créeme, yo tengo experiencia.

Sophia se rio, pero sonaba a risa forzada.

—Puedo entrar contigo, si quieres. Y decirle a tu profesor que te caíste y perdiste el conocimiento por un momento. O que el guardia de mi tienda te sorprendió robando.

—¡Qué buena idea! Pero mejor no. En la sexta hora de clase tenemos a la profesora Baumann, y dudo de que le parezca gracioso.

—¿Qué enseña?

—Música.

—¡Huy! Qué mal. Los profesores de Música suelen tener complejo de inferioridad.

Habían llegado al colegio. Felix se detuvo en la entrada y apagó el motor, aun cuando estaba prohibido estacionarse allí.

—¿Qué es lo que te pasa? ¿Quieres que te acompañe y diga que yo tuve la culpa? Soy un excelente chivo expiatorio, créeme.

—No digas tonterías. —Sophia negó con la cabeza. Aunque la idea de pasearse por el colegio con Felix a su lado era más que tentadora—. Puede que tenga suerte y la profesora Baumann no se haya dado cuenta de mi ausencia.

—Como quieras. Pero me avisas si te trata mal. ¿Oíste?

—Seguro.

Entonces Felix se inclinó, y Sophia contuvo la respiración. Su rostro estaba tan cerca del de ella que le quitaba el aliento. Le tocó el chichón de la frente con la punta de los dedos.

—¿Qué hiciste? ¿Trataste de atravesar una pared con la cabeza?

—Eso te lo contaré cuando nos conozcamos mejor —jadeó Sophia.

Y él se rio y le dio un beso. Solo en la mejilla, y muy rápido. Pero de todos modos, un beso.

—Bueno —dijo Felix en voz baja—. Nos vemos.

“¿Nos vemos?”. ¿No podía ser un poco más específico? Pero no vayas a estropearlo ahora, Sophia, se ordenó.

—Bueno —dijo.

Buscó la manija de la puerta y se bajó. Y sintió que el suelo se movía, como si estuviera borracha.

“Tiene que ser amor”, pensó. Ya se había enamorado un par de veces: de Timo, que estaba en el curso paralelo, y después de Frederick, del grupo de teatro del colegio. Pero nunca había sentido algo parecido, tan profundo y poderoso y real.

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