Mayer Gina - Mañana morirás
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Aprieto la cara contra la puerta; tanto que me duele la frente. Así empujo hacia atrás las imágenes de papá, hasta que desaparecen en alguna parte de mi mente. Miro la escalera a través de la rejilla y veo la planta en la matera y la lata vacía. La mosca ya no está. Papi tampoco.
Cuando papi llega, primero tiene que comer y luego bebe una copa de vino con mamá, y después juega conmigo. Construimos una fábrica de Lego. “Una fábrica de hacer realidad los deseos”, dice papi. Metes un deseo por delante, este viaja por una banda transportadora hacia una máquina y por detrás sale exactamente lo que deseaste.
Pero algo así no existe en la realidad, solo en el juego; si no, yo ya habría metido mis deseos en la fábrica de hacerlos realidad. Entonces papi no volvería a levantarse y decir “Bueno, me voy” antes de ponerse el abrigo. Y dormiría en la habitación con mamá y desayunaría con nosotros por la mañana y me llevaría al colegio. Y tal vez Sören me dejaría en paz.
—¡Ven a comer! —dice mamá—. Ahora mismo. Ya son las siete.
Yo me bajo del taburete y me dispongo a ir cuando oigo un ruido en la escalera. Entonces subo de nuevo al taburete y miro por la rejilla y allí está.
Está frente a la puerta y timbra. No puedo verle la cara, solo el hombro, pero sé que está riendo.
Capítulo 2
JULIE CERRÓ LA PUERTA y dejó caer el bolso al lado. Se recostó de espaldas en la puerta y cerró los ojos. Lo había logrado.
Los rayos del sol centellearon a través de sus párpados, rojizos. El apartamento olía a pintura fresca, a detergente con aroma a limón y a polvo. Su apartamento. Su primer apartamento.
El día anterior habían llevado sus muebles del barrio de Lohbrügge al de Ottensen. Cuatro viajes con la furgoneta pequeña de Joe. Un armario, un escritorio, su colchón grande. Las estanterías. El equipo de sonido. Un par de cajas con libros, ropa, vajilla. Eso era todo. No tenía más. No necesitaba más. Ahora tenía todas sus pertenencias allí, y todo estaba bien.
—Es probable que las primeras noches sean duras. Sola, por primera vez —le había dicho Esther al despedirse.
“Lo dudo”, pensó Julie. Lo difícil era lo que había superado. Los últimos dieciocho años de vida. La vida con Marianne, su sobrexcitada madre, que cambiaba de ánimo constantemente y podía comprar tres kilos de salmón fresco al mediodía para luego echarlos a la basura por la noche, porque no soportaba el olor a pescado. Que pintaba el vestíbulo de verde claro, rosa y amarillo una semana para luego pedirle al pintor que lo empapelara de blanco. Que desesperaba a todos sus amigos, conocidos y vecinos con su supuesto regreso a la escena. “Será un éxito. Mi mánager está muy optimista”, decía.
A finales de la década de 1990, Marianne había grabado un disco con un sello musical independiente. Su canción Paranoia había estado una semana en el top cien alemán. Se había presentado en algunos clubes de Hamburgo y había estado un par de veces en Berlín, Bremen y Osnabrück. Pero había quedado embarazada en plena gira (como decía para presumir). Y Julie había puesto punto final a su carrera. Eso le contaba a todo el que quería escuchar, y al que no quería escuchar también. “La industria musical es muy dura. Una madre soltera no tiene la menor oportunidad. Nada, cero”.
“Lo importante es que tienes una excusa”, pensaba Julie.
Abrió los ojos y respiró profundamente. Todo eso estaba superado. Las mentiras y disculpas de su mamá. Todas sus tonterías y sus ínfulas y sus caprichos. “Eso ya no es asunto mío”, pensó.
Ahora era libre. En el semestre de invierno, empezaría sus estudios en la Escuela de Teatro de Hamburgo. Y aunque faltaban más de tres meses para eso, había alquilado un apartamento desde ya.
—Pero si la beca solo empiezan a pagártela en septiembre. ¿Cómo piensas pagar el arriendo mientras tanto? —había preguntado Marianne.
—Trabajando. Es un concepto absurdo, mamá. Vas a trabajar y te pagan con dinero y vives de eso —había contestado.
Después se había mudado.
Y ahora estaba allí. Los rayos del sol entraban por las ventanas y caían sobre los paquetes y las cajas que había apilado contra la pared la noche anterior. El viejo florero de cristal de su abuela debía estar en una de las cajas. Julie había marcado los lados con rotuladores: libros, discos, baño, cocina.
La caja con la vajilla estaba debajo de todas, por supuesto. Entonces movió las demás y sacó el florero. Le echó agua, les quitó el papel a las caléndulas que había comprado en el mercado, las acomodó en el florero y lo puso en el escritorio junto al portátil. Y los rayos del sol cayeron exactamente sobre las caléndulas amarillas, las hicieron brillar y se refractaron en las facetas del cristal.
“Qué bonito”…
Julie se preparó una taza de café instantáneo con leche caliente y salió al balcón, que no era un balcón en realidad, sino un diminuto saliente detrás de las puertaventanas de la cocina. Pondría unas materas en la reja y sembraría unos geranios. “Florecitas de burgueses”, le oyó decir a su mamá en su mente.
—Tú no te metas —murmuró.
En ese momento, había solo un platillo desportillado en el piso, lleno de colillas aplastadas. Asqueada, Julie echó las colillas en la bolsa de basura que colgaba de la puerta. Su mirada se paseó después por la cocina vacía. Al día siguiente, le llevarían los muebles. Y apenas los hubieran armado e instalado, cocinaría todas las noches. “No más papas fritas ni pizzas ni comidas congeladas”, pensó. La comida chatarra era cosa del pasado, al igual que su mamá.
Julie se estremeció al oír el timbre. “Marianne”, pensó.
Pero era un hombre joven, desconocido. Jeans sucios, camiseta desteñida, pelo desgreñado, barba de tres días. ¿Qué hacía ese tipo allí? ¿Mendigar?
—Espero no molestar —dijo—. Acabo de mudarme al primer piso.
“Por Dios”, pensó Julie. “¿Qué clase de gente vive en este edificio?”.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Quería saber si podrías prestarme unos alicates —dijo él.
—Lo siento. Mis herramientas están empacadas todavía. Yo también acabo de mudarme.
—¿De verdad? ¡Qué casualidad! —El tipo le tendió la mano—. Christian.
—Hola.
Julie dudó brevemente, y él se dio cuenta de que tenía la mano sucia y se la limpió en el pantalón.
—Lo siento. Estoy instalando la cocina. Es una pesadilla, te cuento.
Julie sonrió.
—A mí todavía me espera esa función.
El tipo parecía amable, en realidad. Un poco descuidado, pero si llevaba el día entero trabajando en la cocina… “En todo caso, parecía ser hábil con las manos. Y eso puede resultar muy práctico”, caviló Julie.
—Lo de los alicates está difícil. Pero podría ofrecerte un café…
—¡Fantástico! —exclamó Christian con una sonrisa radiante.
Al menos los dientes eran blancos.
—Solo tengo Nescafé.
—Mi marca favorita.
Entonces Julie le preparó uno; después se ubicaron los dos frente a la ventana de la cocina, con las tazas en la mano.
—¿Y? —preguntó Christian—. ¿De dónde eres?
—De Lohbrügge —respondió Julie.
—¿Eso dónde queda?
—Aquí en Hamburgo. A las afueras. No hay nada allí. Nada.
Él se encogió de hombros.
—No conozco mucho. Soy de Bonn.
—Nunca he estado allí.
—No hay nada allí tampoco.
Christian bebió un sorbo de café e hizo una mueca.
—¿Tan feo está? —preguntó Julie.
—No. Caliente.
—Me llamo Julie, por cierto.
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