Mayer Gina - Mañana morirás

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Los estudiantes Sophia y Moritz, la aspirante a actriz Julie y el joven empresario Philip tienen, a primera vista, solo una cosa en común: todos van a morir el mismo día. O por lo menos eso quiere el autor anónimo de las amenazas que cada uno ha recibido. Solo si los cuatros pueden descubrir el secreto oscuro que los une, podrán escapar de lo desconocido.

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La ventanilla del copiloto se abrió de repente.

—¡Te llamo! —gritó Felix—. ¡Cuídate!

Después encendió el motor y se marchó.

—Adiós —murmuró Sophia.

Y tuvo que hacer un esfuerzo gigantesco para no alzar la mano y tocarse la mejilla. La mejilla que acababa de besar Felix. Como la estúpida heroína de una estúpida película romántica.

—¿Quién era ese? —preguntó Eva, que estaba fumando junto a la puerta—. ¿Tu novio?

Sophia se encogió de hombros y se limitó a caminar por su lado. “Te llamo. ¿Pero cuándo? ¿Cuándo?”, pensó.

—Faltaste a Música —le gritó Eva por detrás—. La profe estaba furiosa.

Era el mundo al revés. Sophia se había enamorado y flotaba en las nubes, mientras su hermano, el brillante, exitoso y superdotado Moritz, había fracasado. Por primera vez en su vida, justo en el momento definitivo.

—Por Dios, Moritz —dijo su papá anonadado—. ¿Qué pasó?

Él era ginecólogo y estaba encantado de que su hijo quisiera seguir sus pasos al estudiar Medicina. “Es maravilloso que el oficio permanezca en la familia”, decía. Como si estuviera hablando de una joya que se pudiera heredar de generación en generación.

—¿Estabas nervioso? —preguntó su mamá.

Pero Moritz nunca se ponía nervioso en los exámenes. ¿Por qué habría de ponerse nervioso? Siempre había sacado excelente, desde primaria.

—¿Moritz? ¿Hola? —El señor Rothe se inclinó hacia delante y trató de mirar a su hijo a los ojos. En vano. Moritz tenía la mirada clavada en el huevo frito que tenía por delante, en la mesa—. ¿Qué le pasa? —le preguntó entonces a su hija, pero bien podía haberle preguntado al huevo.

Sophia no tenía idea de qué le había pasado a Moritz en los exámenes orales. Ella y su hermano eran dos mundos, dos sistemas solares, que se comunicaban solo cada par de años luz… “¿Sabes dónde está mi cargador?”. “No”. “¿Me prestas el tuyo?”. “Si lo encuentras”. Después volvía a reinar un silencio sepulcral.

—¿Acaso los evaluadores te acosaron? —preguntó la señora Rothe, cautelosa.

—Para eso hay un protocolo —dijo el señor Rothe—. Si fueron injustos contigo, tienen que repetir el examen.

Moritz se limitó a negar con la cabeza y apartó el plato.

—Todos deberían saber que no pueden valer solo ese examen —comentó su mamá—. Has tenido un promedio excelente todos los años.

—Todo estuvo en orden —dijo Moritz; su voz sonaba ronca, como si estuviera enfermo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó su papá.

—Que me bloqueé. Eso pasa.

—¿Pero por qué? Si todo lo demás lo lograste a ojo cerrado.

—¿Cómo es posible que todo dependa de una última nota? —preguntó la señora Rothe.

Moritz alzó la cabeza, pero seguía sin mirar a sus papás, atravesándolos con la mirada. Tenía el rostro muy pálido, los ojos brillantes.

—Moritz —dijo el señor Rothe, horrorizado—. ¿Qué te pasa?

—Nada. —Empujó hacia atrás el asiento y se levantó abruptamente—. No tengo hambre, lo siento.

Y se largó.

Moritz, su hermano mayor. Adondequiera que ella fuera, él ya había estado allí. Y le alumbraba el camino, cual modelo reluciente.

“Yo le di clases a tu hermano”, decían los profesores al comenzar el año, encantados, al leer su apellido en la lista. “¿Eres la hermana de Moritz? Es un gran deportista”, había dicho el entrenador de bádminton. Hasta el odontólogo lo conocía y hablaba de sus dientes impecables. “Puedes aprender mucho de él”, decían. No directamente, pues todo el mundo sabía que no se debía comparar a los hermanos. Pero lo decían sus rostros. Y sus comentarios decepcionados cuando la habían conocido un poco mejor. “Son distintísimos, tu hermano y tú”. “Así es”, decía Sophia.

El mundo entero adoraba a su hermano, menos ella. “Las cosas serían más fáciles para mí si él no estuviera”, pensaba con frecuencia. Y añoraba el día en que él se fuera finalmente de la casa a la universidad.

Sin embargo ahora, después de haber conocido a Felix, se lamentaba de tener tan poco en común con Moritz. Si se hubieran entendido mejor, habría podido preguntarle por su amigo. Quería saberlo todo. Cómo se habían conocido, si eran solo compañeros de bádminton o también amigos. Dónde vivía, qué le gustaba comer, si realmente tenía seis hermanos y qué hacía aparte de jugar bádminton. Si tenía novia. Eso era lo que más le interesaba, por supuesto.

Pero tal como estaban las cosas, no tenía ningún sentido preguntarle. Él se limitaría a sonreír despectivamente. “Olvídate, Sophia. Es demasiado grande para ti. O demasiado pequeño… dadas tus dimensiones”.

Felix. Felix. Felix. No podía pensar en nada más. “Llámame”, pensó melancólicamente. “¡Por favor! Aunque no sientas nada por mí. Podríamos ser amigos”. Con tal de estar cerca de ti…

Sacó el celular. Ningún mensaje nuevo, ninguna llamada perdida. Felix no tenía su número, pero podía pedírselo a Moritz. Su mirada se posó en la postal que había pegado en la pared sobre el escritorio. Marilyn Monroe. Talla treinta y ocho, no cuarenta y dos. “Gordísima”, le oyó decir a Britta una vez más. Entonces se empinó, arrancó la postal y la arrojó a la basura. Después encendió el computador. “Felix”, escribió en el buscador de Google. Y borró las letras. No tenía sentido. Ni siquiera sabía cuál era su apellido.

¡Ding! El notificador del correo electrónico le mostró siete mensajes sin leer, y el corazón le latió apresuradamente. Tal vez Felix le había enviado uno. Eso no se le había ocurrido sino hasta ahora. Pero la idea no era absurda. La dirección electrónica de Moritz y la de Sophia se diferenciaban solo por el nombre. Si Felix conocía la de su hermano, también conocía la de ella.

Abrió la bandeja de entrada. Publicidad, publicidad y más publicidad. Un mensaje del director del coro con las nuevas fechas de los ensayos. Solicitudes de amistad de Facebook. Un mensaje sin asunto y sin remitente. “Basura”, pensó Sophia. “¿O Felix?”. Aunque él no tenía ningún motivo para enviarle un mensaje anónimo. En todo caso, los dedos le temblaban tanto que tuvo que dar tres veces clic en el mensaje para poder abrirlo.

De pronto, tuvo la sensación de que Felix estaba allí a su lado, mirándola, con la cabeza ligeramente inclinada, y el cuerpo volvió a llenársele de aquella calidez. Entonces leyó el mensaje. Una vez. Dos, tres veces. Sin entender nada. Y volvió a leerlo hasta que las palabras penetraron finalmente en su cerebro. Ahora ya no sentía calor sino frío, tanto que tiritaba.

Tenía que ver con Sarah, sin duda. Con lo que le habían hecho a Sarah. “¡Pero si yo no fui!”. Todo había sido idea de Emily. Las demás le habían seguido la corriente. Todas, incluida ella. Y quienquiera que hubiera enviado aquel mensaje lo sabía.

“¡VEN YA MISMO A COMER!”, grita mamá. Ella puso la mesa: tres platos, tres vasos y cubiertos, pero solo en un plato hay un pan con paté, y en un vaso hay jugo; eso es para mí.

Mamá y papi comen la comida que él trae, pues papi necesita algo decente después del trabajo, pero mamá no sabe cocinar. No sabe cocinar porque no quiere. Una vez hizo un puré de papa con salchichitas; el puré se le quemó y las salchichitas se reventaron. En esa época vivíamos todavía en la antigua casa, pero no quiero pensar en eso. Aunque no puedo evitarlo. Cuando la antigua casa se mete en mi cabeza, no puedo sacármela. Entonces tengo que recordar a papá gritándole a mamá, arrojando a la basura el puré junto con la olla, y las salchichitas, y a mamá riéndose, y a papá dándole una bofetada. Pero mamá siguió riéndose, aunque le sangraba la nariz. Ella no tenía miedo, pero yo sí.

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