Mayer Gina - Mañana morirás

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Los estudiantes Sophia y Moritz, la aspirante a actriz Julie y el joven empresario Philip tienen, a primera vista, solo una cosa en común: todos van a morir el mismo día. O por lo menos eso quiere el autor anónimo de las amenazas que cada uno ha recibido. Solo si los cuatros pueden descubrir el secreto oscuro que los une, podrán escapar de lo desconocido.

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—¿Eres Sophia Rothe?

Un hombre joven se le acercó. Era un chico bastante apuesto que le resultaba conocido. Pero no sabía de dónde.

—¿Qué pasa?

—Soy Felix. Amigo de tu hermano. Nos conocimos hace poco, en el partido de bádminton.

Ah, claro. Felix. El compañero de bádminton de su hermano. Había jugado contra Moritz en la final del torneo del fin de semana. Y había ganado Moritz, por supuesto. Moritz ganaba siempre.

—¿Dónde está? —preguntó Felix.

—¿Quién?

—Tu hermano.

—Ni idea. En casa, supongo.

—¿En casa? Pero… él estudia en este colegio. Eso me dijo el domingo.

—Estudiaba. Como ya presentó las pruebas escritas, no tiene clases. Mañana presenta las orales.

Felix se dio una palmadita en la frente.

—¡Qué idiota! Claro que me lo dijo. Bueno, tal vez tú puedas ayudarme.

—¿Qué necesitas?

Con el rabillo del ojo, Sophia vio que Luzie y Emily acababan de salir del gimnasio. Sintió sus miradas. Cómo miraban a Felix. Cómo la miraban a ella y de nuevo a Felix. Y supo perfectamente lo que pensaban: “¿Quién es ese, y qué diablos hace con ella?”. Le hacía bien sentir esas miradas. Y habría querido quedarse así mucho tiempo, hasta que todo el equipo de voleibol hubiera pasado por su lado.

Felix rebuscó en su morral y sacó un llavero.

—Toma. Lo encontré esta mañana entre mis cosas de deporte. ¿Es de tu hermano?

Las llaves. Moritz las había buscado por todas partes. La llave del edificio, la del apartamento, la de la taquilla, la de la bicicleta; las tenía todas en el llavero que no encontraba desde el domingo. Su papá había llamado ya a un cerrajero para que fuera a cambiar las guardas, lo cual habría costado un dineral. Pero no las habían cambiado aún, por fortuna.

—No tengo ni la menor idea de cómo fue a parar allí su llavero —dijo Felix—. Tal vez se equivocó de morral, pues el mío estaba al lado.

—Seguramente se alegrará de saber que lo tienes tú. ¿Lo llamaste?

—Tiene el celular apagado. Por eso vine directo al colegio. Qué tonto. Pero qué bueno que me encontré contigo.

—Espera.

Sophia sacó el celular del morral y llamó al teléfono de la casa. Moritz contestó después de que timbrara unas ocho o nueve veces. Sonaba dormido; probablemente lo había despertado. “Qué envidia”, pensó Sophia. A solo un día de los exámenes orales y no hace más que dormir, como si nada. Ella, en cambio, llevaría horas sentada al escritorio, estudiando, echando humo por la cabeza, para luego sacar malas notas de todos modos.

—¿Qué pasó? —preguntó su hermano, un tanto irritado por la llamada.

—Te necesita la Policía —dijo Sophia antes de pasarle el celular a Felix.

—Tu hermano estaba muy aliviado —le dijo Felix a Sophia después de haberle comunicado la buena noticia a Moritz—. Qué suerte que no hubieran cambiado aún las cerraduras. —Le entregó el llavero—. Dale muchos saludos a tu hermano de todos modos. Pasado mañana lo veré en bádminton.

—Claro.

—Supongo que tienes clase ahora.

—Física. —Sophia hizo una mueca—. Mi materia favorita.

Felix se rio.

—A mí tampoco me gustaba. Pero es una lástima, estoy libre ahora por la mañana. Te habría invitado a un café o algo…

—A las diez y veinte tengo una hora libre —se apresuró a decir Sophia, y la sangre se le subió a la cara antes de terminar.

Se puso rosada, roja, morada. “Cómo se puede ser tan tonta”, le oyó decir a Emily, aunque ya no estaba por allí. Durante el poco tiempo que habían sido amigas, Emily le había explicado las cinco reglas más importantes del arte de coquetear. La primera era no dar nunca (nunca, nunca) el primer paso. Las otras cuatro se le habían olvidado. Y no las necesitaba, pues ya lo había estropeado desde el principio.

Vio que Felix dudaba; seguramente estaría pensando en cómo zafarse.

—No te preocupes —dijo Sophia, aunque él no había dicho nada—. Era solo una idea. Y ahora sí tengo que irme.

Pero la campana no había sonado todavía.

—Excelente idea —dijo Felix finalmente—. Te recojo a las diez y veinte en la entrada principal. ¿Conoces algún café por aquí cerca?

—No —dijo Sophia—. Quiero decir, por supuesto que conozco un café, pero no tienes que volver hasta aquí por mí. Podemos vernos otro día.

El corazón le latía a toda velocidad, las manos le sudaban, las piernas le temblaban. ¿Se daría cuenta él de lo agitada que estaba?

—Te recojo —dijo Felix.

Sophia quería decirle que no hacía falta, pero tenía la boca tan seca que no podía musitar ni una palabra. La abrió y la cerró como un pájaro moribundo.

—¿No tenías que irte ya? —preguntó él.

Ella asintió con la cabeza, alzó la mano y echó a correr sin despedirse.

La clase de Física pasó ante los ojos de Sophia como una película. Se pellizcó el brazo derecho con la mano izquierda y el izquierdo con la derecha, varias veces, mientras pensaba que Felix debía estar por ahí, matando el tiempo, molesto.

Ir a tomar café con una gordita de dieciséis años, qué buen plan.

“Pero ni siquiera me he duchado”, pensó de pronto. Y volvió corriendo al vestuario en el descanso, cuando se estaban cambiando unas alumnas de cuarto. Se arrancó la blusa e inclinó el tronco sobre el lavamanos mientras abría la llave. El agua helada chorreó sobre su pelo y, al levantar la cabeza, espantada, se golpeó la frente con el borde del lavamanos. Y al enderezarse, con cuidado, se encontró rodeada por un montón de niñas que la miraban boquiabiertas. Entonces se dio cuenta de que había dejado la toalla en el salón.

—¿Alguna de ustedes me puede prestar una toalla?

Ninguna contestó. Todas la miraron horrorizadas, como si hubiera sacado un arma.

—¡Miren! —Sophia se sacó un billete del bolsillo y lo agitó en el aire—. ¡Recompensa!

Una pelinegra bajita agarró el billete con las puntas de los dedos y le pasó su toalla. Y se quedó observándola, absorta, mientras se secaba.

Pero no sirvió de mucho. Su pelo era igual al resto de su cuerpo: grueso. Unos rizos salvajes, incontrolables. Y si se mojaban, se quedaban mojados.

Sophia devolvió la toalla y regresó corriendo al edificio principal. Cuando llegó al salón de Física, estaba otra vez bañada en sudor. Y ahora tenía un chichón en la frente.

Diez minutos. Cinco. Cuatro. Tres. En dos minutos, Felix la esperaría en la entrada principal. El bello e interesante Felix, por el que habían girado la cabeza Luzie y Emily, esperaría a Sophia. La que se veía muy mal hacía un rato en el patio del colegio y ahora se veía aún peor. Su pelo caía húmedo y pesado sobre sus hombros; solo la parte de arriba estaba seca y despeinada. Y el chichón estaba enorme y rojo.

“No iré”, pensó. Él se molestará un poco al principio, pero después se sentirá aliviado. Mejor no voy. Que Moritz le diga que me enfermé. Cuando sonó la campana, Sophia guardó las cosas tranquilamente, caminó hasta la escalera con el corazón desbocado, bajó los escalones, uno tras otro, llegó al vestíbulo y pasó por delante de la sala de profesores.

“Me esconderé en la sala de cómputo”, decidió. Pero la decisión se quedó en su cabeza y no bajó a sus pies, que no se dirigieron a la sala de cómputo sino a la salida, por la puerta abierta, hacia afuera, y solo se detuvieron entonces. Cuando ya no había vuelta atrás.

Sophia miró a su alrededor. Felix no estaba allí. “Me dejó plantada”, pensó. Y la agitación la abandonó en ese instante para dar paso a una sensación de vacío. “Por supuesto”, qué más podía esperar.

Entonces oyó el pito. Y lo vio. El auto estaba justo delante de la entrada del colegio, y Felix agitaba la mano por la ventanilla abierta.

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