Olga Romay - Cuando fuimos dioses

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A la muerte de Alejandro Magno en Babilonia, Ptolomeo engaña a los demás generales y roba el cadáver del rey. Sigue las órdenes de Alejandro Magno, cuyo espíritu se niega a abandonar el mundo de los vivos. En Egipto le espera a Ptolomeo un mundo deslumbrante de riquezas y conspiraciones: los macedonios desean su reino, los sacerdotes recuperar la antigua gloria del país del Nilo y las mujeres aspiran a convertirse en concubinas y esposas. Un viaje al Egipto de la última dinastía faraónica

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—Ya ves, Ptolomeo —le dijo una voz—, yo también quise creer. Pero quién sabe lo que ocurrirá.

Se volvió hacia donde procedían aquellas palabras y se encontró los ojos de Eumenes, que desde hacía dos años era cuñado de Ptolomeo.

Acompañando a Eumenes en su triclinio, se encontraba Artonis ofreciendo al mundo la juventud que su marido había perdido; compensaba la pasividad de éste con una incesante actividad, concentrada en ese momento en buscar alianzas para entronizar a Heracles.

Ptolomeo se acercó a Eumenes, saludó a Artonis y le pidió educadamente a la mujer que se apartase, deseaba compartir el triclinio con aquel hombre y discutir qué partido tomar.

—Si apoyamos a Heracles, Pérdicas se enemistará con nosotros, ¿qué dirán los infantes? —le preguntó a Eumenes.

—Los infantes sólo quieren que gobierne el hermano de Alejandro, Filipo Arrideo —le respondió—. Pero todos los que le conocemos, tú incluido, sabemos que está incapacitado para reinar, hay días que su cansancio le impide salir de la cama, y otros pasa las horas recostado en un diván. Será una locura, no puede montar a caballo y le cuesta empuñar un arma. Es sensato y hasta podría decir que es más inteligente que Alejandro, pero Arrideo no es un rey válido.

—¿Y los caballeros? ¿Apoyarían a Heracles? —volvió a preguntar Ptolomeo, descartando a Filipo Arrideo.

—Es bastante improbable, a sus ojos es un bastardo, Alejandro nunca se casó con Barsine. Prefieren al hijo de Roxana, ella es princesa. Dé a luz un varón o una hembra, tenemos el mismo problema, habrá que nombrar un regente. Dime Ptolomeo —le dijo Eumenes confidencialmente al oído evitando ser escuchado por los demás invitados—, tú estuviste en Damasco lo mismo que yo, y sabemos que Alejandro tal vez no se acostó con todas las mujeres que se le acercaban. En mis años de secretario nunca me indicó que enviase dinero al niño, sino a la madre, pero hace seis meses me dijo que quería regalarle al muchacho una espada con la estrella de doce puntas grabada en la empuñadura. Sólo la familia real macedonia puede usarla en sus armas y posesiones. ¿Sabes tú algo que yo no sepa?

—Si pudiese ayudarte —le respondió Ptolomeo— podría dormir esta noche tranquilo. Sólo sé que nuestras esposas piensan que el niño reinará y nosotros seremos los tíos del rey. Pérdicas nunca lo consentirá, antes es capaz de matar a Heracles y arrojarlo al Éufrates.

Eumenes no respondió. Se limitó a beber un poco más y cuando ordenó sus pensamientos añadió:

—Soy tu aliado, lo sabes. No es sólo que seamos cuñados, ser cuñados si las esposas son persas no significa nada. Soy aliado tuyo porque te respeto, eso lo es todo para un griego y no es necesario decir más —le confesó Eumenes—. No te guardo ningún rencor si no obtengo un pedazo del Imperio, aunque reconozco que siempre me hubiese gustado ser sátrapa de Macedonia. No te culpo, sé que Pérdicas lo organiza todo.

Ptolomeo le dio una palmadita en la espalda, no le quedaba más remedio que aceptar como aliado a aquel hombre. Compartieron el diván y el vino a partir de aquel momento. Si fuese necesario besarlo, le besaría, se dijo, ya tenía demasiados enemigos.

Capítulo 11:

Filipo Arrideo es coronado rey.

Esa noche, mientras Ptolomeo y Eumenes cenaban, quinientos infantes irrumpieron en el palacio de Nabucodonosor buscando a Filipo Arrideo. Lo encontraron durmiendo en sus aposentos. Echaron al momento a los hombres de Pérdicas que se hallaban en la puerta de su alcoba para vigilarlo, y lo llevaron en volandas al salón del trono donde aguardaba la ropa de Alejandro.

Bagoas no les impidió el paso, es más, el eunuco les abrió todas las puertas e iluminó con grandes antorchas el salón. Sabía lo que iban a hacer. Incluso él mismo le indicó a Filipo Arrideo que se dejase vestir con el manto de Alejandro.

Trajo además la cídaris, la corona de los reyes persas con forma cónica y una banda azul moteada de blanco que a los griegos les recordaba un cielo estrellado. Bagoas se la entregó a Arrideo diciéndole que era necesario ceñirla para ser también rey de los persas. Arrideo no pareció en absoluto impresionado por sus palabras. Vivía el momento emitiendo pequeños suspiros, para otro hubiese sido un día glorioso, sin embargo, el hermanastro de Alejandro se sometió a su sino con resignación.

Cuando el eunuco le colocó la cídaris a Filipo, el ahora rey de reyes se volvió a Bagoas y le dijo al oído:

— ¿Es verdad lo que dicen?, que tú mataste a Artajerjes y le entregaste a Darío esta misma corona —Filipo le miraba asustado, siempre había tenido miedo del eunuco. En la corte persa había muchas habladurías sobre cómo Bagoas cometió el terrible regicidio, pero los macedonios se negaban a creer que aquel eunuco de hermosa faz hubiese podido cometer un acto tan vil más propio de un salvaje. Ignoraban que rostros bellos pueden cometer crímenes tremendos.

— ¿Rechazarías la corona si así fuese? —le respondió Bagoas suavemente al oído. Le acarició con los labios el lóbulo de la oreja, como si estuviese insinuándose. Filipo cerró los ojos y supo entonces que todos los rumores eran ciertos. Nunca más volvió a mirar a Bagoas con los mismos ojos.

Con la diligencia de los funcionarios persas, Bagoas llamó a los eunucos y ordenó que las mujeres del harén vistiesen las ropas de gala, y las instaló en uno de los patios, porque el salón del trono estaba a rebosar con los infantes. Se las vio azoradas, se habían cortado los largos mechones de cabello por el luto, y se tapaban como podían las cabezas con velos.

Entonces Bagoas les informó de la doble coronación de Filipo Arrideo: a la manera griega y a la persa. Las falanges, que habían irrumpido en el palacio con toda su panoplia, hicieron chocar sus lanzas con los escudos produciendo un gran estruendo sólo cuando reconocieron la diadema griega. Los eunucos y las mujeres se postraron al ver luego a Arrideo con la cídaris.

Pérdicas, que dormía a dos manzanas del palacio en un improvisado cuartel rodeado de sus jinetes más fieles, se despertó sobresaltado por el estruendo. Al informarle de lo acontecido, montó en su caballo y salió a reunirse con sus tropas a las afueras de Babilonia, estaba dispuesto a iniciar la guerra y para eso, lo primero que hizo fue condenar todas las salidas de la ciudad. Al amanecer, Babilonia ya estaba sitiada y no había forma de recibir avituallamientos.

Con seiscientos hombres a caballo, Pérdicas entró por la puerta de Istar. Toda Babilonia sintió su cabalgar estruendoso y cerró puertas y ventanas, sabían lo que significaba. Pérdicas se dirigió al palacio para apoderarse del cadáver momificado de Alejandro que estaba expuesto en el salón del trono sumergido dentro de su ataúd de oro. Los partidarios de Filipo Arrideo le expulsaron con violencia, convirtiendo el palacio en un campo de batalla donde las mujeres y los eunucos corrían y gritaban huyendo de las dos facciones.

Perdida la contienda, Pérdicas y sus caballeros huyeron del palacio por una puerta falsa y se pusieron a salvo atravesando el puente del Éufrates.

Ya era de día cuando Ptolomeo creyó pasado el peligro. Corrió al palacio y llegó justo para presenciar cómo los partidarios de Filipo Arrideo le rogaban que les permitiesen matar a Pérdicas.

El rey miró a Ptolomeo buscando una respuesta, y este último se atrevió a decirle:

—No tengo ninguna simpatía por Pérdicas, pero como consejero que fui de tu hermano Alejandro, tengo que decirte lo que va a acontecer: si ordenas matarlo, será la guerra civil.

— ¿Es que acaso esto no es la guerra civil? —preguntó Filipo desolado señalando con una mano inerte el suelo. El rey se hallaba completamente solo, le iluminaba un pebetero que se extinguiría en breve, su luz era casi tan débil como aquella que se colaba por las celosías. Cuando Ptolomeo se acostumbró a aquella inquietante penumbra pudo ver cómo en el salón del trono se amontonaban varios soldados muertos; los eunucos y los esclavos habían desaparecido en las profundidades del palacio, nadie quería tocar los cadáveres.

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