1 ...7 8 9 11 12 13 ...16 El ladrido mortífero de la ametralladora se interrumpió.
Los partisanos se movieron, algunos incluso levantaron la cabeza, pero enseguida llegaron disparos de fusiles de asalto desde distintos flancos. Algunas balas se clavaron en la mochila de Gabriela. Las muchachas se pegaron aún más al suelo.
—Parece que estamos rodeados —susurró Mónica.
—¡¡Código Zelenika!! —se oyó gritar a Medved.
—¡Código Zelenika! ¡Código Zelenika! —repitieron otras voces.
—¡No os mováis! —ordenó el Clavo, que se encaminó a rastras detrás de Dicho.
El Tornillo se fue culebreando en sentido contrario.
—¿Y ahora qué? —murmulló Gabriela cuando las dos hermanas se quedaron solas.
No en vano había estado sacando brillo Medved a los pupitres de la Escuela de Entrenamiento Especial adjunta a la II Dirección General de Contraespionaje del Ejército Rojo, responsable de las operaciones subversivas en la retaguardia del enemigo. Mientras que el resto de trepas del grupo búlgaro estudiaban como locos el Breve curso de historia del Partido Comunista de toda la Unión (bolchevique) y procuraban destacar con sus conocimientos del comunismo científico, él daba prioridad a la preparación práctica. Le parecían especialmente útiles las clases del teniente coronel Mináyev: «Tácticas de supervivencia en condiciones de cerco enemigo». La asignatura no tenía mucho prestigio, puesto que la supervivencia nunca había sido una prioridad de los mandos soviéticos, pero Mináyev definitivamente sabía lo que hacía. De forma metódica y concienzuda exponía planes, dibujaba esquemas, desarrollaba conceptos. La manera más segura de no caer en una emboscada es que tú mismo hagas una emboscada, enseñaba Mináyev. ¡Hay que estar siempre en posición de emboscada! Medved apuntaba en su cuaderno y grababa en su mente cada palabra. Tenía dos objetivos principales que no se atrevía a pronunciar ni siquiera para sus adentros por miedo a que alguien los intuyera. Sin embargo, estos objetivos se habían fijado en su mente, en cada impulso nervioso, como un hilo rojo. Eran los siguientes:
1. Conseguir marcharse para siempre de la URSS.
2. Sobrevivir hasta el final de la guerra y, a ser posible, después de la misma.
Mináyev había elaborado un sistema no muy original pero bastante eficaz para salir del cerco enemigo (SSCE: sistema para salir del cerco enemigo, con variantes del 1 al 5) que Medved había adaptado a las condiciones locales. El sistema incluía varios componentes básicos, el primero de los cuales eran tres latas de gas (de veinte kilos cada una) llenas de trinitrotolueno y clavos, hábilmente camufladas en el bosque, dispuestas a unos cien metros de distancia una de otra. Estaban conectadas mediante un cable al dispositivo de detonación a distancia Zvonok que Medved había traído en su mochila personalmente desde Moscú junto con el resto de aparatos subversivos. Entre los componentes del SSCE estaban también el «arco detonador de distracción», situado a un ángulo de ciento veinte grados con respecto al principal, así como la «misión especial», cuyo objetivo era provocar confusión adicional en el enemigo.
La instalación del sistema era considerada un gran logro para el destacamento, aunque hasta el momento no había sido puesto a prueba. Su manejo estaba en manos de cuatro camaradas en los que Medved tenía cierta confianza. Él era el único que estaba autorizado a declarar el código Zelenika, que ponía en marcha los componentes del sistema en un orden estrictamente determinado. El significado concreto de la palabra era objeto de discusión. Según algunos, la zelenika era una planta del monte de Strandzha, otros afirmaban que era una seta venenosa y los había que defendían que se trataba del protagonista de un cuento popular ruso. El comandante guardaba un silencio misterioso.
Mientras las balas silbaban por encima de su cabeza, Medved recordó la voz confiada del instructor soviético. Era un hombre apuesto, con la cara pálida y carnosa, limpio y aseado, de movimientos tranquilos y lentos que apuntaban a una vida reposada. De pronto le asaltó una idea en la que no había reparado antes. ¡Aquel tipo jamás había estado en una emboscada! ¡Ni siquiera había olido el campo de batalla! ¿Cómo podía saber cómo funcionaría el sistema en condiciones reales? No podía saberlo. Pero lo peor era que, evidentemente, le importaba un bledo. Fuera como fuera, para Mináyev la supervivencia no era una prioridad.
—¡Que te den, Mináyev! ¡Y a toda vuestra chusma! —maldijo Medved soltando una ráfaga con su subfusil destinada a proteger a Dicho y el Clavo, que gateaban hacia el rosal silvestre donde estaba escondido el dispositivo Zvonok.
Dicho extrajo la caja negra de baquelita y giró la manivela para conseguir tensión. El dispositivo Zvonok se parecía a un teléfono antiguo, pero en lugar de un auricular tenía un mango en forma de T. Del dispositivo salía un cable enterrado a poca profundidad bajo la hojarasca.
—¡Dale! —dijo el Clavo apuntando hacia los arbustos de enfrente.
Dicho agarró el mango con ambas manos y lo presionó con fuerza. Ambos se tiraron al suelo cubriéndose la cabeza con las manos a la espera de la explosión. Pero no hubo ninguna.
—¡Vuelve a girar la manivela! —ordenó el Clavo—. ¡Más rápido! ¡Más rápido!
De pronto, Dicho contrajo el gesto y lo miró con sus grandes ojos tristes, que ahora brillaban aún más melancólicos.
—¿Qué pasa? ¿Estás herido?
Dicho se limitó a levantar la manivela, que se había quedado en su mano.
—¡La madre que te parió! —El Clavo le quitó el dispositivo de las manos, agarró el mango y, desesperado, se dejó caer sobre él.
Las latas estallaron a la vez con un estruendo ensordecedor. La tierra se estremeció como una ballena herida. La onda expansiva produjo una granizada de cascotes mortíferos. Varios árboles se desplomaron crujiendo y con las ramas rotas.
En medio del silencio sepulcral que se impuso, los partisanos se lanzaron corriendo hacia el paso recién despejado en el bosque: agachados, avanzando en zigzag, como les había enseñado Medved. Solo Gabriela y Mónica se quedaron tumbadas donde las habían dejado. Les pitaban los oídos todavía por la explosión titánica; tenían la sensación de haberse caído en un sótano sumido en una oscuridad pegajosa. Entonces la cabeza blanca de Extra Nina asomó por encima de ellas:
—¡Venga, a moverse!
—¿Qué?
—¡En marcha!
Desde el extremo inferior de la pradera volvió a oírse la ametralladora, pero sus disparos sonaban distraídos y débiles. En la oscuridad vislumbraron la silueta diminuta del Arbusto, que llevaba el saco de pimentón sobre el hombro. Tras él corría Stoycho con la mochila de Medved.
Una bengala volvió a iluminar la pradera, donde solo se veía un desorden de cadáveres esparcidos. El tiroteo había cesado. El Tornillo oyó a su espalda los pasos cautelosos de unos soldados. Alguien susurró:
—Huyeron hacia allí, los cabrones…
El Tornillo tiró de la cuerda que tenía enroscada alrededor del dedo. Los protectores de las granadas de mano, amarradas en los árboles, salieron con un sonido metálico. ¡Clinc!
Los pasos se detuvieron.
—¿Qué ha sido eso?
«¡Fuegos artificiales navideños!», se rio para sus adentros el Tornillo y se tapó los oídos. Las bombas empezaron a reventar por encima de sus cabezas, provocando un nuevo torbellino de metralla, gritos y gemidos. El partisano aprovechó la confusión y corrió hacia sus camaradas. Poco antes de desaparecer en la maleza, a su espalda sonó un disparo solitario. La bala se deslizó por el lado derecho de su cráneo. El Tornillo se tambaleó y se desplomó sobre la hojarasca.
***
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