Víctor Gerardo Rivas López - ApareSER

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Este libro tiene un doble objetivo: analizar el proceso de configuración de la realidad a partir de su percepción y estudiar ese proceso en la época en la que se redefine el sentido histórico de lo figurativo; a saber, la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. Por razones que se aclaran a lo largo del libro, el análisis toma como hilo conductor la gran transformación de la plástica en el período que acabamos de señalar (sobre todo en la pintura), aunque también recurre a la literatura, lo que permite abarcar la compleja relación del arte con la cultura y, más aún, con la comprensión del ser del hombre que la filosofía y el pensamiento contemporáneos han desarrollado en paralelo con el trabajo artístico. Los cinco capítulos del libro siguen un claro orden expositivo y argumentativo, aunque es dable leerlos por separado si uno solo quiere un acercamiento a la temática que en cada uno se elucida y que se enuncia desde el título respectivo.

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Por ello, no es igual saber algo sobre la historia de la filosofía o de la pintura a involucrarme con un pensamiento o un cuadro como modo de desarrollo integral o complejo de mi ser en el mundo fuera ya del ámbito de la filosofía o del arte (por ejemplo, en el ámbito de las relaciones políticas como las ha entendido el siglo XX). Y algo similar ocurre con un relato en el que tengo que discernir no ciertos rasgos estilísticos para cuya determinación basta y sobra algún formulario sino el modo en el que me descubre la contextualización existencial que implica la pérdida del amor que los personajes viven. Ir al cuadro o al relato, según esto, es ir a los modos en que se descubren los diversos sentidos del acontecer a mi alrededor y a través de mí y viceversa, es decir, como expresión mía respecto de ello. Las cosas (y yo como una de ellas) han entrado en una relación verdaderamente significativa conmigo que por la exigencia de apertura, de proceso y de certeza del imperativo (ir - a las cosas mismas) me veda de entrada el darles ese carácter meramente mental que signa todo lo subjetivo o (por otra parte) lo conceptual y regular que signa lo objetivo.

Esta necesidad de realización a través de determinaciones fenomenológicas se me ha hecho impostergable a partir del fenómeno básico de la configuración . En el mundo, las cosas proliferan en torno a perspectivas de muy diversas índoles: si las veo de modo espacial, al menos pueden estar arriba, abajo, atrás, adelante, a la derecha o a la izquierda; si las veo de modo temporal, en el pasado, en el presente, en el futuro; de modo vivencial, en la percepción actual, en el recuerdo, en la anticipación, en la fantasía o en el sueño (que finalmente son formas de percepción). Y la proliferación, por supuesto, no se da en planos paralelos sino en auténticos núcleos estético-existenciales en los que un futuro promisorio no solo estará adelante, también estará arriba, pues si estuviere abajo, lo único que me esperaría sería el fracaso: por eso la imagen de un futuro prometedor implica que uno alce la mirada para verlo, no que la baje, que es justo lo que hace Zaratustra al adentrarse en el amanecer. O sea que la figuración, más que depender de la inventiva personal, depende de la capacidad de captar las dimensiones en las que un fenómeno se hace significativo o en las que, por el contrario, pierde todo interés. Discernir el sentido de estos incesantes cruzamientos espaciotemporales es aún más arduo porque en ellos las cosas se despliegan como entidades cuya identidad es problemática pues, por ejemplo, un recuerdo parece estar en el pasado y en el presente a la vez y un espejismo parece estar frente a mí aunque a medida que me acerco a él desaparece (como en la alucinación, de la que adelante nos ocuparemos). Mas no es menester llegar a esos extremos: basta el apasionamiento del amor para que la presencia de alguien que está físicamente muy lejos se le hinque a uno en lo más hondo del alma y entonces tenga que preguntarse por la constitución del vínculo sentimental en el mundo. Ello me hace ver que la dificultad no es nada más que la cosa aparezca y se la determine de manera espaciotemporal, es que lo hace como devenir por encima de condiciones físicas o mentales más o menos objetivas, por lo que es natural que uno se desconcierte y no atine a expresar a veces ni siquiera algo que es obvio para uno mismo. Por otro lado, es bastante común que lo que más nos interesa se resista a nuestras capacidades expresivas, de suerte que entre más lo delimitamos y desarrollamos más difícil nos resulta exponerlo con claridad o sencillez. Y no hablo de, por ejemplo, expresar un sentimiento o alguna determinación emocional que a duras penas nos permite tomar distancia de ella; hablo de algo tan pedestre como esa conocidísima experiencia de recibir una instrucción de modo verbal para hacer algo como armar un aparato muy sencillo o dar un paso de baile y no ser capaz de realizarla si no ve uno aparte un diagrama o un ejemplo de cómo hacerlo; la de no saber cómo darle a alguien indicaciones para llegar del modo más rápido a un sitio cercano que está a dos o tres calles cuyo sentido vehicular implica cierta dificultad para trazar la ruta; o, para ser más directo aún, la de escribir esta introducción sobre un tema en el que me he concentrado durante varios meses y no saber por dónde empezar. Esta última experiencia, puesto que me toca de modo directísimo, me ha mostrado la extraordinaria dificultad de configurar las cosas, de abrirse camino en ellas sin que nos abrumen o terminen por desquiciarnos. Y es que la presencia de ellas se nos da a raudales, incluso en la vivencia del tedio que analizo en algún lugar adelante, en la que parece que se abriese un vacío a nuestro alrededor cuando lo que ocurre es lo contrario: lo real nos oprime con tal fuerza que no nos deja prácticamente ni respirar.

En semejantes circunstancias, la configuración se revela como el proceso de hallarles sentido vivencial o total a las cosas en cuanto fenómenos y no en cuanto substancias . Esto involucra, en primer lugar, que el fenómeno es un modo de aparecer que nos integra en un dinamismo que no alcanzamos a expresar pues desborda el modo natural de pensar la identidad, que como he dicho en los párrafos anteriores no es otro que el de una substancia que permanece por encima de cualquier cambio de acuerdo con un ciclo espiritual, natural o técnico que pese a cuantas mutaciones se observen en el ser concluirá por develar lo que ha sido desde su origen. En el caso del hombre, este modo substancial de concebir lo que somos se enraíza en una consciencia psicológica que toma como fundamento el yo que anteponemos a cualquier forma de hablar acerca de nosotros o de lo que hacemos. Sin mayor análisis de las diferencias que hay entre expresiones como “corro”, “deseo” u “pretermito”, las consideramos como pruebas de que hay una entidad unívoca y quizá muy difícil de determinar pero que siempre es la misma: esa entidad es nuestro yo, ser o consciencia. Y lo que vale para nosotros vale para cualquier otra forma de ser: la rosa que tengo enfrente se marchitará en unos cuantos días y al cabo de un tiempo terminará por desintegrarse como si nunca hubiese existido, más incluso cuando no quede de ella ni el polvo será lo que es, una entidad entre las innúmeras que conforman la realidad en un momento dado. Mas si vemos la cosa como fenómeno, como un modo de aparecer que por necesidad lo hace en un ámbito determinado desde el que señala a la inmarcesible diversidad de lo real, entonces el asunto cambia de aspecto: lo que me importa ya no es lo substancial, es lo dinámico o metamórfico de la rosa en cuanto un modo de reconfigurar su aparecer, y aunque desde una perspectiva lógico-ontológica es cierto que por siempre será una determinación de lo real que ha tenido lugar en tales o cuales circunstancias, desde una fenoménica o fenomenológica es todavía más cierto que en cuanto se hunde en el olvido desaparece por completo y es como si nunca hubiese sido pues ya no suscita configuración alguna. Lo que nos muestra un sentido particular de la finitud y el olvido que resulta sin duda mucho más definitivo que el que confiamos al supuesto orden metafísico de la realidad. La expresividad de lo real, es decir, su condición fenoménica, es pues un problema que hay que plantear y resolver no como operación subjetiva sino como auténtica forma de determinación existencial que responde y al unísono soluciona el problema de moverse en medio de un flujo avasallante que irrumpe, insisto, hasta en los momentos en los que el tedio parece aplastar nuestra consciencia con el peso insoportable del entorno.

En segundo lugar, y por extraño que parezca, abandonar la condición natural de la cosa sin caer en el mero caos perceptivo implica el privilegiar la figura humana como el eje alrededor del cual se ordena cualquier forma de sentido configurable y en relación con la cual se proyectan el espacio y el tiempo como lugar de realización y devenir de la identidad de algo en particular. Como es obvio, al hablar de las cosas a mi alrededor o en el desarrollo de mi propio ser a través de la configuración me refiero a lo sensible en cuanto se abre como hontanar de sentido al hombre más que como supuesta creatividad personal: en otros términos, hay que configurar un sentido que en su origen siempre se nos da. Para este desplazamiento de la creatividad individual por el dinamismo de lo sensible que lleva a la figura humana por encima de su representación anatómica me apoyo en la génesis del arte prehistórico, cuyo sentido se encarna a veces con tremenda fuerza, como ocurre en las Cuevas de Altamira o Lascaux y, sobre todo, en esas maravillas que son las Venus esteatopígicas que corroboran la genial intuición hegeliana de que el núcleo y a la vez el culmen de la configuración artística es la figura humana, sea que tenga que luchar con las excrecencias atávicas de lo simbólico o con las psicológicas de lo romántico y por más que lo clásico propiamente dicho haya durado solo un instante desde el punto de vista histórico y haya tenido inicialmente una dimensión reducidísima desde el geográfico en la cual hubiese quizá permanecido si no hubiese sido por el modo en el que se ha constituido la tradición occidental. Mas con esto no quiero dar a entender que mi interés por lo antropomórfico gira en torno a lo clásico entendido sobre todo como la espiritualización en el sentido idealista de la corporalidad humana. Lejos de ello, todo el desarrollo del libro se da contra la identificación de lo figurativo y lo clásico y más bien corresponde a lo que Hegel llama lo romántico por más que la similitud entre el idealismo y la configuración como yo la expongo termine ahí. Pues si me centro en la figura humana es por el afán de arrancar gran parte de la producción artística contemporánea del opresivo dominio de la ocurrencia y de la abstracción (formas bastardas de la creatividad) que hacen ver que a partir de Warhol prácticamente cualquier cosa es válida en el terreno del arte con tal de que haya modo de hacerla pasar por tal, es decir, de publicitarla. Yo pienso que eso no es cierto, que hay una raíz antropomórfica aun en lo que llamamos arte abstracto, por más que el antropomorfismo del que se trata no tenga nada que ver con las determinaciones naturales de la presencia humana, sean anatómicas o anímicas, y mucho menos con la espiritualidad que el pensamiento hegeliano postula. Como me esforzaré por mostrar a lo largo del libro, esto plantea retomar la enorme capacidad expresiva de esa presencia, que se ha reducido al impacto que la imagen de alguien nos provoca. Y aquí volvemos a la condición problemática de la cosa, en este caso de la presencia, que la fenomenología saca a la luz allende la tiranía de la objetividad o de la imagen en el sentido vulgar de esta palabra (proyección psicológica de la apariencia personal), que la configuración supera con lo expresivo de la figura.

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