Pero Jesús no busca una vida fácil, al abrigo de su numerosa parentela:12 quiere una vida útil, aunque nadie le apoye. Su ideal no pertenece a este mundo y por eso no sigue los pasos de la mayoría. Tiene un sueño, un gran proyecto. Quiere intentar algo nuevo para construir un mundo mejor, cambiando la vida de la gente.13 Y aspira a compartir sus ideales, sueños y proyectos con la juventud mejor del país. No tiene ni experiencia, ni títulos, ni medios, ni influencias. Pero cuenta con Dios y eso le basta para sentirse optimista, animoso y fuerte.
Además, sus dos primeros discípulos ya están allí, esperando recibir su primera lección.
Esa lección, inicial y definitiva,14 la más importante de todas, consiste simplemente en descubrir el poder que transmite la presencia divina en la vida de quien la busca. Porque donde está Jesús allí está Dios. Y este se complace en acompañar a los que le buscan de veras, por jóvenes que sean y por desorientados que se encuentren.
No existe ningún lugar habitado en todo el camino desde el mar Muerto hasta Jericó. Sin embargo, el maestro lleva sin vacilar a sus nuevos amigos al lugar donde dice residir en ese momento. Sin duda, se trata del lugar donde se había alojado durante su visita al Bautista, unos cuarenta días atrás. ¿Una gruta de las que tanto abundan en la zona? ¿Un cobertizo de cañas, de esos que ocupan unos tras otros los viajeros al borde de la ruta? ¿O bien los conduce al lugar escogido donde plantar la tienda de campaña que lleva consigo en su mochila, como tantos caminantes?15 Los viejos textos no lo dicen. Pero precisan que los jóvenes fueron y vieron donde moraba el rabí viajero, y que compartió con ellos su precario alojamiento hasta el día siguiente.
Pronto decidirían quedarse con él para siempre.16
Jamás olvidarán la hora exacta de aquel momento decisivo: la hora décima, la penúltima hora de la tarde.17
El día declina sobre los caminantes. El sol se pone entre arreboles dorados. Pero en los corazones de aquellos tres jóvenes algo muy nuevo amanece.
Encuentro mágico, crucial, tanto para los aprendices de discípulos como para el nuevo maestro.
¿De qué hablarían en aquella inolvidable velada bajo las estrellas? Los escritos de los protagonistas no lo cuentan.18 Lo único que precisan es que el momento en que estos jóvenes encuentran a Jesús y deciden quedarse con él marca un hito en su historia. Porque con él encontraron lo que estaban buscando, muchas cosas que no buscaban, otras que buscaban sin saberlo y algo mucho mejor que lo que estaban buscando.
La lección que empieza a enseñarles el nuevo maestro tiene que ver con un verbo conjugable en todas las personas, en todos los tiempos y en todos los modos: el verbo amar.19 Verbo irregular e imprevisible donde los haya, porque no gusta de imperativos, le faltan tiempos perfectos, su presente suele ser imperfecto y su futuro condicional. Un verbo que exige ser practicado en todas sus formas y con todos sus sinónimos: querer, apreciar, acoger, apoyar, valorar, respetar, compartir. Pero como la conjugación de ese verbo no cabe en los libros, estos primeros discípulos deben aprenderla en la acción.
Con asombro descubren que la personificación del verbo amar ha salido a su encuentro en el camino de su búsqueda, y los está alcanzando allí donde están, en esa imprevista acampada.20 Si amar de veras es buscar el bien del otro, querer su felicidad, estos discípulos descubren en Jesús el amor encarnado, la solidaridad en persona, la demostración práctica de lo que es querer de veras, sin condiciones: no un sentimiento efímero, sino un motor de acción. Principio vital que impregna su persona y que les hace reconocer en su maestro a alguien que viene de Dios.21
Juan, probablemente el discípulo más joven, alude años más tarde a ese sentimiento tan indefinible como nuevo que empezó a experimentar aquel día ante la asombrosa capacidad de empatía del maestro, «la emoción de sentirse aceptado y comprendido y no atreverse a expresar la gratitud por tanto afecto».22 Y desde entonces se designa a sí mismo con el más atrevido título honorífico que nadie haya ostentado jamás: «El discípulo al que Jesús quería».23
Así que la gran lección del nuevo maestro a sus primeros discípulos y a todos los que les seguirán es aprender a conjugar el verbo amar. Empezando allí mismo y siguiendo en sus casas, en su barrio, en las poblaciones donde habitan, en los talleres donde trabajan, en los espacios donde se divierten y, por supuesto, en los santuarios donde adoran. Si el verbo divino se ha acercado a ellos por amor, practicar el verbo amar será también desde ahora el camino de acercarse al otro y de elevarse al cielo.
Los jóvenes descubren así, en compañía de Jesús, que para encontrar el sentido de su vida no necesitan buscar un lugar sino una persona. Que para sentir la presencia de Dios no hace falta recogerse en la solemnidad de un templo; su cercanía también se encuentra en el abrazo refrescante del agua en un baño al atardecer. Que para entrar en comunión con el sustentador de todas las cosas no es preciso participar en el ritual de un sacrificio; se puede comulgar con él al compartir con gratitud unos cachos de granada y un puñado de dátiles. Que para acercarse al creador del universo no se requiere ninguna iniciación mística; basta con dejarse llevar por la emoción en la contemplación pasmada de las estrellas.
Los viajeros han encontrado al maestro que buscaban. Pero este los desconcierta. Rompe todos sus esquemas. No cabe en ninguna de sus categorías. No saben como definirlo: consejero admirable, maestro amigo, camino y meta, amor en persona, gozo sereno, verdad y vida…
Sus palabras son a la vez tan sencillas y profundas que cada una de sus reflexiones parece inagotable, de modo que nunca llegan al fondo de sus pensamientos.
Hay, además, algo que los sobrecoge y asusta. Porque el maestro acaricia, con pasmoso realismo, el sueño imposible de los profetas y reformadores más ambiciosos: cambiar el mundo.
Y ellos desearían formar parte de ese sueño.
Pero ¿serán capaces de seguir al maestro en tan impensable proyecto?
1. En la depresión del mar Muerto se sitúa la vega de Sodoma y Gomorra, consumida según la tradición por fuego caído del cielo (Génesis 19: 1-28).
2. Sobre la comunidad esenia de Qumran, ver Flavio Josefo, Guerra de los judíos, tomo 1, Barcelona: Orbis, 1985, págs. 122-126.
3. Juan 1: 19-28.
4. Estas son las primeras palabras de Jesús registradas en los evangelios (Juan 1: 35-39).
5. Juan 1: 35-37.
6. E. G. White, El Deseado, pág. 112.
7. Mis estudios de los evangelios me han llevado a la conclusión de que estos primeros discípulos de Jesús eran menores de 30 años. La primera y principal razón es que le llaman «rabí» (maestro). Jesús tenía entonces en torno a 30 años (Lucas 3: 23) y nunca había ejercido todavía de maestro, sino de carpintero. En aquella sociedad patriarcal (de tradicional gerontocracia), no se entendía que un maestro fuese más joven que sus discípulos, ni que se atreviera a ejercer antes de los 40 o 50 años. Si estos chicos se dirigen a Jesús llamándole «rabí» era porque se veían claramente más jóvenes que él. Hasta el final de su ministerio Jesús los sigue llamando paidia (Juan 21: 5), término griego que significa ‘niños’ o ‘chiquillos’, una apelación que sería impensable en aquella cultura si ellos hubiesen sido mayores que él. Lo más probable es que tuviesen en torno a 20 años. Su juventud explicaría su enorme disponibilidad, que les permite seguir a Jesús a pleno tiempo durante más de tres años, lo que hubiese sido muy difícil si hubiesen tenido familias que mantener (Lucas 18: 28-31). Ver E. G. White, El Deseado de todas las gentes, pág.73.
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