—Arrepentíos, porque el reino de los cielos se acerca y mostrad por vuestros frutos la conversión de vuestros corazones. Dejad que Dios os limpie de vuestro pasado, renaciendo, con el bautismo, a una vida nueva. Solo Dios puede salvarnos de nosotros mismos y transformarnos por su poder. Yo os bautizo con agua, para marcar la ruptura de un nuevo nacimiento, pero el que viene tras mí es quien os puede sumergir en la atmósfera del Espíritu.
De sus propios labios lo han escuchado. Para saciar su sed espiritual, los inquietos viajeros tienen que orientar el rumbo tras un nuevo guía, y ese no es el Bautista.
—¿Es que no eres tú el Mesías esperado? —Le habían insistido sus opositores.3
—No, no lo soy. Yo soy tan solo una voz que clama en el desierto para prepararle el camino. El maestro que está por venir es vuestro guía. Más aun: él es el cordero de Dios anunciado, el único capaz de salvar al mundo de sus pecados y de abrirnos a todos las puertas del cielo.
La pista no parece muy clara, pero los viajeros saben ya que la clave de lo que buscan no está allí, en el vado del Jordán, ni en las celdas de Qumran, ni en el templo de Jerusalén, ni en los piquetes de los sicarios, ni en las aulas de los doctores de la Ley. El rumbo a seguir lo va a marcar el Salvador prometido.
Su inquietud se enardece cuando el profeta les señala a la distancia, con su enjuta diestra, a un caminante que baja por la ladera del monte:
—Por fin, ahí llega. Es él. Seguidle dondequiera que os guíe.
Embargados por la emoción, los jóvenes acechan impacientes, a su encuentro. Aquel hombre que se acerca silbando, de rostro anguloso tostado por el sol, es el maestro a quien deben seguir.
Pero el peregrino no se sabe esperado y prosigue sin detenerse.
Aunque su paso es firme no parece tener prisa y a los jóvenes no les cuesta alcanzarlo. Intimidados por su proximidad, no se atreven a dirigirle la palabra y caminan tras sus pasos, cohibidos. Le siguen de tan cerca que el viajero nota su presencia, se detiene sonriendo y, con voz grave, pero acogedora, les pregunta:
—¿Qué buscáis?4
Los muchachos, tomados por sorpresa, no consiguen responder, porque no saben formular lo que buscan. Se sienten desorientados, confundidos, insatisfechos de su vida y desean encontrar un camino que le dé sentido y los haga felices. Pero no saben poner palabras al objeto de su búsqueda.
El Bautista había designado al maestro viajero con el enigmático título de «el cordero de Dios».5 Extraño nombre que, como una clave o un código secreto, parece destinado a aclarar un misterio. Sin embargo ellos, de momento, tienen pocos datos para resolver el enigma. ¿El cordero de Dios tan lejos del templo, al margen de los altares, ajeno al círculo de los sacerdotes y de sus sacrificios?
El singular caminante, que no huele ni a incienso ni a humo sino a tomillo y romero, repite su pregunta. Y esta no tiene que ver ni con ritos, ni con cleros, ni con teologías: tiene que ver con ellos, con su vida, con su aquí y su ahora:
—¿Qué buscáis?
Lo que buscan no es sin duda muy distinto de lo que buscan en algún momento de su vida otros jóvenes serios. Buscan, más allá de cualquier urgencia inmediata, lo que realmente les falta para orientar su existencia insatisfecha: un guía fiable, un amor duradero, alguien con quien compartir la vida, una vocación gratificante, una fe, un proyecto que les haga soñar.
—¿Qué buscáis? Insiste el viajero.
Y ellos, que no llegan a visualizar lo que buscan, salen del paso con otra pregunta:
—Maestro, ¿dónde resides?
Quieren saber dónde pueden encontrar al maestro cuando lo necesiten. Su pregunta equivale, de forma indirecta y quizá inconsciente, a la respuesta: «Quizás te buscamos a ti». Porque muchas veces, sin saberlo, buscamos algo cuando en realidad necesitamos a Alguien.
Los dos amigos querrían saber dónde escuchar las enseñanzas del nuevo rabí recomendado por el Bautista. No esperan nada ahora ni piden nada especial. No se sienten dignos de la atención personal de alguien como él. Solo quieren sumarse al grupo de sus eventuales seguidores. Aspiran a que les conceda acceso al privilegio del que disfrutan los discípulos de los pocos maestros que conocen en su entorno: asistir regularmente, después de las ocupaciones del día, al lugar donde el rabí comparte su saber. Tienen tantas inquietudes que, en una breve entrevista, a orillas del camino, no pueden recibir lo que anhelan. Desean estar a solas con él, sentarse a sus pies y recibir sus enseñanzas.6
Su pregunta tímida y respetuosa, indica, además, que esos muchachos son más jóvenes que aquel al que ya llaman «maestro».7
Jesús entiende bien su pregunta. El también sabe que «residir» es más que detenerse un momento. Residir es morar, habitar, vivir, permanecer. Y él no tiene la intención de quedarse allí, junto al desierto. Por eso no les indica un lugar, sino una presencia:
—Venid y ved.
Es decir, «seguidme».
Para sorpresa de los viajeros, el nuevo maestro no se confina en ningún domicilio fijo. Habita en el «venir» y en el «ver» de quienes le siguen. A él se lo encuentra viniendo y viendo: saliendo de donde estamos y descubriendo lo que no veíamos. Acercándose a él y observándolo bien.
El viajero dice a sus compañeros de ruta que para encontrar lo que buscan les basta con venir y ver.8Si para venir hay que ponerse en marcha, para ver basta con abrir los ojos. La esencia de su búsqueda reside plenamente en dos verbos de acción, que él conjuga como dos invitaciones: a acercarse a él y a mantener bien abiertos los ojos del alma.
Además, a Dios, que es a quien ellos buscan realmente, se lo encuentra en todas partes, incluidas las más inesperadas. No hace falta acudir a espacios sacralizados a ese fin, donde algunos quisieran acotar los privilegios del encuentro. Porque hay gentes que en cuanto se enteran de algún lugar donde alguien tuvo alguna vez una vislumbre de lo divino, inmediatamente se lo adueñan y construyen sobre él un oratorio, un templo, una basílica o un monasterio, que guardan celosamente bajo su propia tutela.
Para encontrarle, basta con seguirle. Y eso es lo que están haciendo Juan y Andrés.
Con esta cálida acogida, con su intrigante mensaje y con el atractivo entrañable de su voz, Jesús desconcierta a quienes están acostumbrados a que se les guíe con órdenes y prohibiciones. Los descoloca y desorienta, porque el propio Bautista les había incitado a la conversión esgrimiendo amenazas de hachas y de fuegos.9 Jesús propone una transformación que va en la misma dirección pero por otra vía, aunque a veces use también imágenes fuertes. Así inaugura un nuevo tiempo en la experiencia espiritual de estos jóvenes. El discurso del Bautista sirvió, en su momento, para suscitar en ellos el temor del juicio divino, pero para el nuevo maestro lo que estos chicos necesitan ahora no es temblar de miedo, sino estremecerse de entusiasmo.10
El conoce el fondo de su sed y lo que puede transformar sus vidas. Por eso los invita a seguirle no con órdenes ni exigencias, sin recurrir ni de lejos el temor al castigo, sino con una simple y cordial bienvenida, haciéndoles desear las aventuras del descubrimiento. Su pedagogía positiva suscita en estos jóvenes las ganas de progresar, de avanzar y de crecer.
El recién estrenado maestro acaba de encontrar a sus dos primeros discípulos.11
Ha renunciado a la rutina fácil de su profesión de artesano para seguir la difícil vocación del educador. Ha dejado de construir y amueblar casas para ponerse a construir y amueblar mentes, un desafiante llamado que se impone a su espíritu con toda la fuerza de lo que viene del cielo.
Al cerrar su taller de carpintería, su entorno familiar y sus vecinos insistían en que cometía un grave error. Siendo tan buen profesional y con su excepcional talante, dejar la modesta seguridad de su clientela, arriesgando así su futuro, les parecía una locura. Así ocurre siempre. Si las mayores resistencias a hacer algo grande suelen venir de nosotros mismos, la oposición más reticente a asumir nuevos riesgos puede surgir de nuestro entorno más cercano y de quienes más nos quieren.
Читать дальше