22. El fondo de las tentaciones del desierto no es hacer pan de las piedras, tirarse de lo alto de una torre, o postrarse de rodillas ante el diablo, sino beneficiarse por vías impropias, imponer algo a otros por la fuerza o plegarse a los métodos corruptos de los déspotas. Es más un problema de medios que de fines, porque, como decía Gandhi, «los fines están inevitablemente conformados por los medios».
23. La plaza de directivo que se ha quedado libre en la empresa me apetece más que nada en el mundo. Sé muy bien qué puedo hacer para conseguir que mi jefe me la dé. Si alguien se entera quizá me considere un típico arribista, que adula a sus superiores con tal de medrar. Pero lo que está en juego es mi futuro. Esta es mi ocasión y no la voy a dejar perder.
24. Aparte de estas tentaciones que Jesús contó a sus discípulos, las demás no las conocemos, y solo las podemos imaginar. «La última tentación de Jesús» no fue la que se le atribuye en alguna película o novela, de sucumbir a las flaquezas de la carne, aunque también fue tentado en eso. Jesús era joven y sin duda no le faltaba atractivo.
25. El apóstol Santiago (1: 13-15) explica que el pecado nace (o es «dado a luz») al final de un proceso que empieza con la atracción de la tentación, y que se materializa en hechos consumados. Dada nuestra naturaleza pecadora, cuanto más avanzamos hacia ese desenlace, más cerca estamos de cometer lo irreparable.
26. 1 Juan 2: 16 llama a estos elementos seductores «los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la soberbia de la vida». Innumerables formas de seducción nos acechan y nos incitan a cometer errores que nos distraen de lo realmente importante y nos alejan de Dios.
27. «Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pedro 5: 8). «La suprema astucia del diablo y la más exitosa es la de hacer creer que no existe…» (Giovanni Papini, Historia de Cristo, pág. 50).
28. La Biblia dice que Jesús fue tentado como nosotros en todo pero que nunca pecó (Hebreos 4: 15). Luego no hay que confundir tentación y pecado.
29. «Muchos consideran este conflicto entre Cristo y Satanás como si no tuviese importancia para su propia vida, y para ellos tiene poco interés. Pero esta controversia se repite en el dominio de todo corazón humano […]. Las seducciones que Cristo resistió son las mismas que nosotros encontramos tan difíciles de resistir: […] la prueba del apetito, del amor al mundo y del amor a la ostentación que conduce a la presunción. Estas fueron las tentaciones que vencieron a Adán y Eva, y que tan fácilmente nos vencen a nosotros» (E. G. White, El Deseado, pág. 91).
30. Ya que somos seres caídos, nuestra victoria está en levantarnos cada vez que caemos, y aún mejor, en no volver a caer. La única manera de vencer la tentación es como Jesús la venció: con la ayuda del poder divino. «Pues en cuanto él mismo fue probado mediante el sufrimiento, es poderoso para venir en auxilio de los que son tentados» (Hebreos 2: 18, RVR1977).
31. Cristo, al ser el único hombre que nunca sucumbió a la tentación, es el único que conoce hasta el fondo lo que significa ser tentado (C. S. Lewis, Mero cristianismo, cap. 11).
32. Lucas 4: 13 dice que el diablo lo dejó «hasta otra ocasión».
33. «Una tentación vencida dará poder para resistir más firmemente la segunda; cada nueva victoria ganada sobre el yo allanará el camino para triunfos superiores y más elevados. Cada victoria es una semilla sembrada para la vida eterna» (E. G. White, La fe por la cual vivo, Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1958, pág. 60).
34. Amos Oz, Una historia de amor y oscuridad, Madrid: Ediciones Siruela, 2007, pág. 376.
1
La cita
Cae la paz de la tarde sobre la hondonada del valle. Las sombras extienden su abrazo por la encrucijada del vado y remontan pausadas las abruptas laderas. El chirrido de las chicharras empieza a remitir, y de las charcas, tras las adelfas en flor, sube en notas limpias el croar de las ranas.
Despacio se alejan los trémulos balidos de los rebaños que se retiran a sus apriscos. De los zarzales y mirtos llegan susurros de abejas, afanadas en los restos dulzones de las últimas bayas. Abajo, más allá del rumor de los cañaverales y de los lodazales erizados de juncos y papiros, serpentea el Jordán, limoso y verde.
Dos jóvenes aguardan impacientes, en el cruce del camino, bajo el precario frescor de los sauces.
Han llegado a este místico lugar siguiendo a otros muchos buscadores de Dios. Se diría que, en el fondo de esta depresión impregnada de historia, la más hundida del mundo, en el vacío que dejaron las urbes fulminadas por el fuego divino,1 duele más la lejanía del cielo y, por consiguiente, se siente más la nostalgia de acercarse a él.
Desde su precario observatorio los viajeros divisan, colgado en el último despeñadero del desierto, el monasterio que los esenios edificaron allí, frente al mar Muerto, para mantener siempre, a la vista de los monjes, los malditos efectos del pecado, y alejarse de él con sus ascéticos ritos.
Si Andrés y su amigo se decidiesen, podrían llamar a su puerta esa misma tarde y solicitar su ingreso en la comunidad, sucumbiendo a recientes tentaciones. Un novicio de su edad, arropándose con orgullo en su túnica blanca, les había exaltado, con ceño adusto y mirada ardiente, las virtudes purificadoras de la espiritualidad monacal:
—Para librarnos del mal debemos retirarnos del mundo. No hay salvación posible en Israel. No escuchéis a su clero apóstata: os engaña. Somos nosotros el remanente fiel, los que vivimos la santidad que exige el juicio divino. La verdad no la tienen vuestros corruptos doctores. Solo la enseña el Maestro de Justicia. Guardar sus preceptos2 es el único camino para entrar en el reino de Dios.
El muchacho parecía muy convencido. Pero ¿al reino de Dios se accede solo renunciando a los riesgos de la vida en sociedad? ¿Huir del peligro no es de cobardes? Sus amigos zelotes, con los que se reunían a veces en la clandestinidad, les insistían casi en lo contrario:
—El reino de Dios hemos de imponerlo y construirlo nosotros, rompiendo como haga falta el yugo del opresor idólatra. Tenemos que luchar con nuestras propias manos, con todas nuestras fuerzas, y hasta con nuestra sangre si hace falta, contra los enemigos de Jehová de los ejércitos si queremos que el Mesías venga a liberarnos de Roma y de todos los males.
Sus amigos zelotes eran también muy sinceros y fanáticos, pero valientes hasta el sacrificio. Uno de ellos había muerto mártir, crucificado por terrorista, hacía poco tiempo.
¿A quién seguir? Esa es la gran pregunta que atormenta la mente idealista de los jóvenes viajeros. ¿Qué camino lleva a la salvación? ¿El de la lucha a muerte contra los adversarios de Dios o el del aislamiento del mundo?
—Dilema necio —responden con altivez los saduceos—. El cielo es solo de Dios. Para los mortales no hay más «reino» que el que ellos se agencien. El Todopoderoso reparte bendiciones y castigos en esta vida, porque no hay otra. Premia o sanciona según su voluntad soberana, sin que sepamos en todo momento el porqué de sus decisiones.
A lo que los fariseos alegan:
—Grave herejía. La Torá deja bien clara la ruta a seguir: Dios salva mediante la observancia de su Ley. La justicia divina se revelará inexorable en el juicio venidero sobre tu conducta en esta vida. Tus obras te salvan o condenan. Tras la inevitable muerte, el Juez supremo decide si la balanza de tus buenas acciones, oraciones, ayunos y limosnas, supera el peso de tus pecados.
Perplejos ante esta encrucijada de caminos los jóvenes no saben qué dirección tomar. Por eso han viajado de lejos hasta aquí, el vado de Betábara, empujados por su desconcierto y por su sed de absoluto, a escuchar en persona al nuevo profeta. Interpelados por su mensaje han respondido a su llamamiento:
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