Lola Toro - Veintiún días Alexa

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Veintiún días Alexa: краткое содержание, описание и аннотация

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Nueve meses después de su secuestro, el mundo de la famosa pianista Alexia Quiroga se desmorona. Su marido la ha dejado, ha perdido a sus amigas porque no puede soportar la manera que tienen de mirarla y su carácter se ha agriado lo suficiente como para saber que ya no puede seguir fingiendo que nada ha pasado. Decide aceptar un consejo de un amigo de la familia y se inscribe para participar en el Campamento de Resistencia Extrema más duro del país a cargo del exmilitar y prestigioso psicólogo Izan Sandoval. Lo de ellos es odio a primera vista, y cuando entra en escena Blue, todo se desmadra hasta límites insospechados. ¿Podrá Alexia encontrar lo que tanto necesita en ese campamento, aunque él la odie por encima de todas las cosas?

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Tragó saliva y le acarició la mano sin importarle que Luis estuviese delante.

—Claro, por hoy haremos la vista gorda. Yo hablo con los demás, no te preocupes. Pero házselo saber ¿vale?

—Hablaré con ella… y tú me debes una —le dijo a Doc en voz baja —y la Barbie gruñona también —añadió cuando la otra se alejó.

No sabía bien por qué, pero había preferido engatusar un poco a Sara para que se olvidara del tema, que darle el gusto y quitarle el iPod a Alex, que era lo que tenía que haber hecho. Algo le decía que seguramente se arrepentiría más adelante de haberle concedido ese pequeño detalle.

—Bien, vámonos —anunció poniéndose de pie. Ella se levantó también y se estaba poniendo la mochila de espaldas a él. Izan se acercó, dispuesto a contarle que tenía que entregarle esa noche el iPod y se dispuso a enfrentarse a su mal humor cuando se lo dijese. Pero no se esperaba para nada su reacción cuando le puso la mano en el hombro para llamar su atención.

Se volvió tan rápido, que él no se dio cuenta hasta que ella le propinó un certero puñetazo en la boca y cuando le iba a propinar un segundo, atinó a cogerla la mano y apretársela.

—¿Pero qué demonios?, ¡mierda, mierda! —murmuró cuando sintió la sangre en su boca. Le retorció el brazo en venganza y entonces vio sus ojos totalmente aterrados y la sintió retorcerse para que la soltara —¡está bien, soy yo, soy yo! —y la soltó levantando las manos en actitud de rendición. Ella lo miró y vio como sus ojos aterrados poco a poco se iban enfocando en él hasta reconocerlo.

—¡Lo siento, lo siento, me has dado un susto de muerte! —lo miró consternada al verle la sangre en la comisura de la boca.

—Ya me he dado cuenta. —Él la miraba aún confundido por la reacción de ella. Le quitó los cascos que llevaba y los nocturnos de Chopin, alto y claro, llegó a sus oídos. ¿Quién demonios se ponía música clásica en un iPod? Había visto en sus ojos la mirada de un animal aterrado y había reaccionado como uno acorralado, dándole un buen derechazo, por cierto. Por un momento se preguntó qué le podía haber ocurrido para reaccionar así—. Venía a decirte que nos vamos y que ese maldito aparato me lo tienes que entregar esta noche, para evitar, entre otras cosas, que vuelva a suceder lo mismo con otra persona.

—Claro. —Ella se apresuró a apagarlo y a guardarlo y él supuso que era por su sentimiento de culpa por lo que había accedido sin discutir. Fuere cual fuere el motivo, había solucionado un problema con tan sólo un labio partido.

—Déjame que te ponga hielo en la boca. —Ella intentó tocarlo y él se echó hacia atrás no sabiendo bien porqué— ¡Lo siento mucho, de verdad! —se sonrojó y él pudo apreciar que tenía varias pecas dispersas sobre el puente de la nariz que la hacía aún más hermosa de lo que era.

—No importa, ya cojo yo el hielo. Por cierto, tienes que mirarte ese problema con la agresividad que tienes. —Él le sostuvo su mirada hasta que supo que lo había entendido— Cuando creas que estás preparada, habla conmigo, yo podré ayudarte —y se alejó de ella y se reunió con Doc, que lo esperaba con un trozo de hielo envuelto y se lo puso en la boca sin decir palabra.

35 km y ya no podía más.

¿A quién quería engañar? No estaba preparada para eso. Sólo habían pasado unas pocas horas y ya quería tirar la maldita mochila y marcharse a su casa. No podía más con sus pies. Aunque pensaba que no le habían salido ampollas, cada vez le costaba más seguir andando. Culpaba al exceso de peso, lo que hacía que apoyar los pies fuese un calvario. ¡Ardiendo, los puentes de sus pies los llevaba ardiendo y no se veía con fuerzas de seguir los 15 km que le faltaban! Sus riñones le iban dando latigazos desde hacía varias horas y los músculos de sus piernas estaban rígidos. ¡Se moría por estirarlos un poco!

Miró de reojo a los otros del equipo que no parecían ir mejor que ella, ¡y eso que no llevaban la puta mochila!; pensó en tirarla por el barranco y la sola idea de librarse de ese peso la animó un poco.

Luis se rezagó un poco y se puso a su altura para caminar con ella. Izan ni siquiera se inmutó.

—Lo estás haciendo muy bien, debes sentirte muy orgullosa de ti. Mírate, seguro que nadie daba un duro por ti esta mañana y ahora todos te miran asombrados. Esto debe indicarte que eres mucho más fuerte de lo que crees.

—¡Ay, Doc, ya no puedo más! —y para poner más énfasis se paró en medio del camino e intentó agacharse para aliviar su dolor de riñones. Evidentemente el peso de la mochila se lo impidió.

—Claro que puedes. En la siguiente parada comeremos un poco y podrás descansar.

—¿Has decidido abandonarnos, ya?

Ni siquiera le había visto acercarse. Se tensó ante su tono divertido. ¡Le avergonzaba tener que darle la razón a él! Pero no encontraba fuerzas de poder seguir soportando tantas molestias físicas.

Izan, viendo que no le contestaba, decidió pincharla un poco más. Sabía que no soportaría los 50 km. De hecho, no esperaba que hubiese llegado tan lejos y debía admitir que tenía mucha más fuerza de voluntad de lo que pensaba y también mucha más ira. No había podido quitarse de la cabeza su cara cuando la asustó y la manera extrema de reaccionar. Todo eso había despertado su curiosidad.

Ese coraje podía usarlo en su contra, de todos modos, poco más tenía ella que perder.

—Ya te dije que te ahorraras el esfuerzo que has hecho, las mujeres como tú no necesitan sufrir tanto para conseguir lo que quieren. Les basta con llamar a su papaíto.

—Izan, cállate.

Ignoró a Luis que lo miraba enfadado.

—¿Qué sabrás tú de las mujeres como yo? —repuso con furia, pero no se movió del sitio y eso le dijo a Izan que no la había provocado lo suficiente.

—Que sois todas unas cobardes y cuando tienen que enfrentarse a algún reto que suponga un mínimo esfuerzo, se rinden sin haber intentado luchar siquiera.

—¿Es eso lo que hizo la persona que te importaba, rendirse sin haber luchado? ¿Por ese motivo odias tanto a la gente que dices ser como yo?

Izan se sorprendió de esa deducción tan certera. Nadie, excepto Luis, por qué él se lo había contado hacía tiempo, sabía lo que había pasado con su mujer. Lo miró sorprendido y él negó con la cabeza,

¡No, no se lo habría contado, ni a ella ni a nadie! Ninguna otra persona había sido capaz de asociar su odio con un hecho así. En ese momento la odió aún más por ser capaz de leer en él tan fácilmente.

—Márchate si quieres, al final nos estás retrasando —y esas fueron las palabras que la obligaron a continuar.

Izan siguió subiendo sin importarle lo que hiciera ella.

—Avisaré para que vengan a por ti —añadió sin volverse.

—No hace falta, seguiré.

—Vamos Alex —la animaron los dos hermanos al pasar junto a ella—, ya ha pasado lo peor —y todos juntos siguieron subiendo la montaña.

No recordaba cómo había terminado de subir al campamento base. Sólo sintió una inmensa alegría y un gran orgullo cuando se quitó la mochila y la tiró al suelo, sentándose ella allí, respirando hondo y sintiéndose más cansada de lo que se había sentido nunca. De hecho, pensó que no le importaría hacerse un ovillo y dormir en el suelo.

—No os tiréis al suelo —dijo Izan, indicándoles que se levantaran, todos sin excepción había seguido a Alex y se habían tirado al suelo soltando las mochilas junto a ellos— si os enfriáis, luego no habrá quién os levante. Sobre todo, a ti, Alex. Os enseñaré el campamento. —Comenzó a caminar despacio, esperando a que todos lo siguieran para comenzar a enseñarles los distintos espacios que había en el recinto cerrado que era el campamento base.

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