1 ...7 8 9 11 12 13 ...22 —¿Qué pasa contigo, pequeña Barbie?
Cuando se levantaron por la mañana, aún estaba sentada en el mismo sitio.
Mientras desayunaban, Doc lo apartó para poder hablar sin oídos indiscretos.
—¿Qué ocurrió anoche? Os oí desde mi tienda
A Izan no le pasó desapercibido la preocupación en su voz
—Tubo un ataque de pánico… que no se molestó en negar que le pasaban a menudo. Y pesadillas… pero supongo que tú ya lo sabías.
Doc asintió.
—Tú eres el médico aquí…
—Y tú, el psicólogo —indicó Doc con rapidez.
—¿Y qué se supone que puedo hacer al respecto?... Ella no me soporta y difícilmente hablará conmigo. Y yo ni siquiera tengo claro que me guste —añadió en voz baja, más para convencerse a sí mismo que a su amigo.
—Nadie ha podido hacer que hable desde lo que le sucedió, ni psiquiatras, ni psicólogos, ni familia, ni amigos… entre los que me incluyo.
Eso despertó la curiosidad de Izan. Intuía que algo le pasaba y que su aparente fachada de mujer borde y en constante estado de alerta sólo era un método de defensa que su mente activaba para mantener a sus monstruos controlados.
—¿Qué le pasó?
Silencio.
Doc la miró cuando salió de su tienda, donde había entrado para cambiarse de ropa y ponerse el traje de baño, para el día que acababa de comenzar. Izan siguió su mirada y la posó en ella divertido. Apenas podía andar. Debía tener unas agujetas horrorosas y parecía abatida. Debía estar agotada sí se había pasado casi toda la noche sin dormir… su humor también debía ser terrible, aún peor que el que normalmente tenía.
—Doc, no puedo ayudarla si no me lo cuentas… y no está en el mejor sitio para el tratamiento psicológico que esperas que tenga con ella. Su vida va a ser un infierno estos días sin necesidad de tenerme a mí hurgándole en unos recuerdos que con tanta intensidad intenta olvidar. Además, debería preocuparte mi integridad física —añadió divertido—, si por un momento imagina lo que tramamos, me arrancará la cabeza de un mordisco y a ti también —le vinieron a la mente sus ataques de ira con Marcos y sonrió divertido.
—No sé qué más hacer por ella —se sirvió otra taza de café, mientras esperaba que llegaran los demás—, su humor ha cambiado mucho. No solía ser tan borde antes —ante su mirada de incredulidad, añadió:— Te aseguro que, aunque tiene mal genio, está empeorando mucho y cambiando su carácter. Apenas duerme. Ya has visto lo estresada que está, el peso que ha perdido, si sigue así…
—Se romperá —añadió Izan— y cuando pase, que pasará, necesitará de alguien que recoja sus pedazos y la ayude a comenzar de cero.
—Eres el mejor en este campo, Izan. Ella te necesita.
Por unos momentos recordó su cara de pánico de la noche anterior y su aire desvalido luego, junto al fuego, y supo que esa pelirroja gruñona convertiría su vida en un infierno en las siguientes semanas. Pero como profesional, no podía hacer la vista gorda aunque, como persona, no le gustara.
—Si quieres que la ayude, tienes que contarme qué le pasó. Secreto profesional, ya lo sabes.
—Si te digo que su nombre no es Alexandra… —dejó la frase sin terminar — Se llama Alexia...
—Y es concertista de piano —añadió él sorprendido, al recordar la música de su iPod. Ese nombre no lo olvidaría nunca —y estuvo secuestrada casi una semana. Ahora lo recuerdo. No seguí el caso porque entonces no estaba en España, estaba en el FBI y coincidió con un caso en Nueva Orleans, pero sí recuerdo lo básico ¿Pagaron rescate? —intentaba recuperar de su recuerdo lo que había oído esos días, pero no conseguía hacerlo.
—Nunca se pidió rescate, no fue por dinero. La familia lo hubiese pagado encantados. Ella es una mujer muy rica —dio un sorbo a su café antes de continuar—, da conciertos de piano desde los 15 años —aclaró para ponerlo en antecedentes.
—Entonces, ¿qué…?
—Alguien se obsesionó con ella. Comenzaron a llegarle anónimos hablándole de amor. Le mandaban poesías, flores, ese tipo de cosas. Ella se sintió halagada al principio, y eso fue todo por un tiempo. Luego ella se casó y lo que en principio fueron flores y poesías...
—Se convirtieron en amenazas —terminó Izan. Había visto muchos casos en el FBI. Sabía cómo debió sentirse. Acosada, vigilada y poco a poco la tensión comenzaría a pasarle factura.
—La policía nunca encontró al autor de los anónimos —continuó Doc— y nunca encontraron al secuestrador, o secuestradores —lo miró con seriedad—, pero parece que fue uno solo.
—¿Qué le hicieron? —se sorprendió de su propio tono de voz. Una ira fría bullía en su interior y una mirada asesina se instaló en sus ojos.
—Nadie lo sabe. Ella jamás ha contado nada. Ni quienes eran, ni donde la tuvieron, nada ... y ese mutismo es lo que hace todo mucho más frustrante. La imposibilidad de poder ayudarla.
—¿Por qué la soltaron?, si no hubo pago de rescate…
—Escapó, y para resumirlo todo te diré que su carácter cambió, su marido la dejó y no ha vuelto a tocar el piano desde entonces y ahora cambia esa mirada que vienen hacía aquí… recuerda que tú no sabes nada.
“¿Su marido la dejó?”, “¿cómo podía ser alguien tan miserable?”. Pensó cómo debió sentirse ella por esos días. Había hablado con gente que había sido secuestrada y todos decían haber necesitado mucha ayuda, tanto psicológica, como de sus familiares y gente más cercana. Ella se encontró sin el apoyo del que tenía que haber sido su pilar más firme y sin querer hablar con nadie… Se preguntó como una persona podía vivir con todo eso dentro sin haberse derrumbado todavía. No le extrañaba los síntomas que padecía, lo que le extrañaba era que siguiera aguantando.
La miró mientras se acercaba, junto con los demás. Parecía cansada y no era de extrañar puesto que sólo había descansado unas horas después del día agotador que tuvieron ayer. Alex sonrió por algo que le dijo Ana, con la que parecía haber congeniado.
—Venimos a pedirte que tengas piedad de nosotros —soltó Raúl, cuando todos estaban ante él—, Alex tiene tantas agujetas que apenas puede andar.
—Eh —dijo ella mirándolo reprobatoriamente—, habla por ti.
—Es cierto —añadió Ana—, sólo hay que mirarte.
—Dejad de escudaros en ella, que tiene boca y voz propia —la miró con detenimiento. Tenía ojeras marcadas y los ojos cansados por la falta de sueño. Evitaba su mirada como si se avergonzara de que él la hubiese descubierto la noche anterior.
—¿Servirá de algo si me quejo? —preguntó esperanzada. No le gustaba como la miraba, como si pudiese leer sus más oscuros secretos. Se estremeció como si una descarga eléctrica la hubiese recorrido.
—No, pero tengo algo que os alegrará. Cuando terminemos luego en la piscina, pasaréis todos por los fisios. Intentaremos recuperaros a ver si así dejáis de quejaros como nenazas.
—Nenazas no sé —terció Marcos divertido—, pero tenemos una Barbie, por si eso sirve de algo.
Consiguió que todos se echaran a reír. Alex se encaró con él sin que a Izan le diese tiempo a poner orden.
—Y también tenemos un capullo cursi y bocazas, por si también sirve de algo.
Todos dejaron de reír al presagiar tormenta.
—Seguiré llamándote así cada vez que me dé la gana, porque eres una arpía grosera y maleducada. No aceptas una broma, ¿cómo piensa Izan que vamos a hacer un equipo con una borde como tú?
Izan se puso en medio para intermediar. No había manera de conseguir que esos dos se llevaran bien y ambos tenían razón. Ellos necesitaban formar un equipo sólido, pero entendía que a ella no le gustase el apodo, aunque reconocía que su manera de hacérselo notar era bastante exagerada.
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