1 ...6 7 8 10 11 12 ...22 —Bueno, tampoco es para tanto —intervino Sara, que no le gustaba nada no ser el centro de la conversación—, esto es una carrera de fondo, aún quedan veinte días de sufrimiento.
—Lo conseguido por ella hoy no lo hace todo el mundo —añadió Doc, sonriéndole orgulloso.
—Claro, ¿tú que vas a decir?, es amiga tuya. Harás lo que sea por ayudarla.
Doc fue a replicar, pero Izan le indicó que callara.
—Escucha Sara, aquí jamás se ha beneficiado a nadie siendo conocido o sin serlo. Ofendes a Doc por pensar algo así, aun sabiendo como sabes que eso no es cierto. Te pido que te disculpes con él.
—No hace falta Izan, según pasen los días ella misma comprobará que aquí nunca se ha beneficiado a nadie.
Sara asintió con la cabeza y Alex se sorprendió al comprobar que era cierto que allí la palabra de Izan era la ley y que ninguno se atrevía a cuestionarlo. De todos modos, entre tanta y tan diversa gente, era normal que pusiera orden para conseguir que todos se llevaran más o menos bien o sería una guerra. Vio como Sara la miraba con mala cara por haber sido reprendida como una niña
“¡Eso te pasa por mala persona!”
Alex no pudo evitar sonreírle divertida, pero su sonrisa se borró cuando comprobó que Izan la había pillado mirándola. ¡Dios, ese hombre era capaz de acojonar al más valiente con sólo una mirada de esos fríos ojos grises, que ya estaba empezando a conocer! Por unos segundos estuvo a punto de gritarle “¡ha empezado ella!”
Cenaron pasta y ensalada y Alex se retiró a dormir según terminó porque se dio cuenta que comenzaba a dormirse sentada en la silla. No vio que los ojos de Izan la seguían hasta cerrarse el frontal de su tienda, ni el suspiro que dio antes de volverse y seguir hablando con Doc.
—Tu pequeña Barbie nos va a dar más de un quebradero de cabeza —Y no sabía en ese momento cuanta verdad había en sus palabras.
Izan despertó con el presentimiento de que algo iba mal. Aguzó el oído pensando que algún animal había podido traspasar el perímetro del campamento, aunque era bastante improbable. Volvió a oírlo, esta vez algo más alto.
Se levantó y se puso los vaqueros cortos que se había quitado hacía solo un momento, aunque no se molestó en abrochárselos. Se dejó la camiseta que llevaba cuando dormía y salió descalzo, atento por si volvía a oír el sonido, que aún no había logrado identificar. Volvió a oírlo, ¿eran gemidos de mujer? Se preguntó si Sara había encontrado acompañante para esa noche. “¡Así me borrará de su lista!”, pensó agradecido, y entonces oyó con claridad que los sonidos venían de la jaiba de Alex y frunció el ceño pensando rápidamente quién sería el afortunado; ¿Doc?, no pensaba que la relación entre ellos fuese de ese tipo ni parecía sexualmente atraído por ella. ¡Casi podía ser su padre! Se dijo que tenía que preguntarle qué relación era la que tenía con ella y con su madre, porque de pronto le picó la curiosidad. Decidió volverse a la cama, ¡Dios, estaba muerto!, con todo el trabajo de organizarlo todo, llevaba semanas durmiendo poco y el estrés de intentar llevar controlada a Alex le estaba pasando factura. ¡Esa mujer era una bomba de relojería! Si aún le quedaban esa noche ganas de sexo, demostraba tener pilas alcalinas.
Y la mujer en cuestión lo arrolló literalmente cuando salió como una tromba de la jaiba y se chocó con él, que estaba aún parado delante de su tienda. La abrazó para evitar que cayera al suelo.
—Alex ¿qué pasa? ¿estás bien?
—No puedo respirar —susurró, aferrándose a sus brazos con fuerza, intentando llevar aire a sus maltrechos pulmones.
Él oyó el sonido que hacían cuando intentaba respirar y pensó que estaba teniendo un ataque de asma.
Ella cayó de rodillas cuando sus piernas le fallaron y él se arrodilló frente a ella. Estaba pálida como una muerta y un sudor frío le bañaba la cara y las manos; al ver sus ojos de pánico y su respiración acelerada y superficial lo entendió.
—¡Mírame, Alex, mírame! —le cogió la cara para obligarla a centrarse en él.
—No puedo respirar, no puedo…
—Alex, estás teniendo un ataque de pánico, sí puedes respirar —la zarandeó un poco para que le prestara atención. Ella lo miró con los ojos más aterrados aún, al notar como sus costillas se contraían con fuerza y no dejaban pasar el aire—, tienes que respirar más despacio, si sigues hiperventilando te puedes desmayar. ¡Más despacio, Alex! —ella no le hacía caso y siguió intentando llevar aire a sus pulmones sin demasiado éxito. Volvió a zarandearla por los brazos para que lo mirara. Cuando consiguió su atención, le indicó cómo debía respirar— Respira conmigo, inspira, espira… otra vez, inspira… ¡más despacio, joder! Espira… así, otra vez… inspira, lo estás haciendo muy bien, espira…
Sintió como comenzaba a relajarse y dejó de oír esos lastimosos jadeos que hacían sus pulmones para coger aire. Poco a poco, el pánico abandono sus ojos y el color comenzó a volver a su cara. Aún estaba arrodillado con ella en el suelo, donde había caído y la sujetaba por los antebrazos. Miraba sus ojos azul noche y se sorprendió al notar motitas doradas en su iris, como pequeñas estrellas en el firmamento. En ese momento se dio cuenta de que olía a melocotón.
—Tus manos están muy calientes —comentó ella en voz baja
—Las mías no están calientes Alex. Son las tuyas que están heladas.
Ella siguió intentando llevar aire a sus pulmones. Había dejado de ver puntitos rojos delante de sus ojos y podía ver a Izan mirándola con preocupación. ¡Tiene unos ojos preciosos!
—¿Estás mejor? —le levantó el mentón con el dedo para echarle un último vistazo antes de atreverse a soltarla.
—Sí, gracias —ella se soltó y se levantó con cuidado.
—¿Sueles tener ataques de pánico muy a menudo?
Por la manera de mirarle, él supo que estaba pensando en mentirle por lo que ya tenía la respuesta que buscaba.
—A veces.
—¿Y pesadillas?
Silencio.
—Sé que has tenido una pesadilla porque te oí desde mi tienda—ella levantó una ceja sorprendida—, tengo un sueño muy ligero. Por unos segundos he pensado que te habías buscado compañía esta noche.
La carcajada de ella le sorprendió. No se reía muy a menudo y tenía una risa clara y rica en matices. Le encantó. Sonrió con ella.
—Estoy demasiado cansada para pensar en eso… y algo desentrenada.
Se sorprendió casi tanto como él por hacerle esa revelación.
—No lo creo en una mujer como tú —y evitó recorrer su cuerpo con la mirada, sabiendo que podía llevarse un mordisco.
—Demasiadas espinas, ¿recuerdas? —queriendo cambiar de tema, miró la tienda con aprensión.
—Vuelve a la cama—la animó él, viendo el cansancio reflejado en su cara.
—No podré volver a dormirme. Creo que me sentaré un rato a ver las estrellas —se dio la vuelta para dirigirse a dónde antes habían encendido un fuego en una especie de bidón y aún se veían algunas llamas encendidas.
—Hablar de las pesadillas te hará bien.
—Quizás otro día —se excusó ella sin volverse. Ni loca iba a contarle a él nada de lo que le sucedía.
—No te quedes hasta tarde, que mañana tendremos un día duro.
—¿No hay posibilidades de tenerlo de descanso? —preguntó mirándolo esperanzada.
—No, Alex, no lo hay.
Y sin más se dirigió a su tienda con un “¡Buenas noches!” de despedida.
Fue a la cocina a por una botella de agua y cuando Izan volvió sobre sus pasos para acostarse la vio aún sentada junto al fuego, sola. Parecía triste y desvalida, nada que ver con la imagen de mujer dura y valiente que se empañaba en mostrar a todos.
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