—Esa es la cocina abierta. Siempre habrá comida preparada y caliente. Ese es el comedor —añadió señalando una tienda enorme abierta por los laterales para ventilarla y poder ver a los que se encontraran allí. En su interior, había una mesa donde cabían todos sin problema de espacio—. Ese es el dominio de Doc, la enfermería. Ese es el pabellón cubierto —indicó una nave enorme que estaba cerrada— con la piscina y el gimnasio, esa la pista de carreras —señaló a la espalda de donde estaban todos, indicando unas enormes jaibas de rayas—. Esas son vuestras tiendas con baños individuales, ¿qué pensabas, Marcos?, ¿Qué os traería a un cuchitril? —le gustó la mirada alucinada con que lo estaba contemplándolo todo—Tú mismo señalaste antes lo que pagáis por veintiún días de campamento. Lo mínimo que puedo hacer por vosotros es ofreceros lo mejor —añadió con orgullo en la voz. No podía evitarlo, se sentía muy orgulloso de poder ofrecerles todas las comodidades—. No encontraréis nada igual en ningún sitio. Ahora a las duchas, comeremos en treinta minutos y os quiero aquí a todos sin excepción —miró a Raúl—, quiero que te compruebes el nivel de azúcar y se lo digas a Doc, ¿OK? —el chico asintió — Y antes de indicaros las habitaciones, creo que todos os merecéis un fuerte aplauso y en especial Alex por el enorme esfuerzo realizado. Tengo que reconocer que me has sorprendido, nunca pensé que lo conseguirías.
Ella no pudo evitar sonrojarse y sentirse tontamente satisfecha por las palabras de él, mientras aplaudía como todos los demás.
—Así se hace, Barbie —gritó Raúl haciendo reír a todos.
Ella estaba tan cansada que ni siquiera le importó que la llamaran por ese estúpido mote.
Se sentía como si estuviese dentro de un cuento de las mil y una noches. Las habitaciones eran enormes jaibas con techos preparados por si llovía. Los baños estaban en un anexo a la tienda y la bañera en la que estaba sumergida hasta el cuello, estaba dentro de la habitación, separado de la cama por una especie de biombo gigante… era una preciosidad y no tenía nada que envidiar de esas cabañitas de lujo y eran muchísimo más originales. Pensó en la cama enorme que había visto cuando entró y suspiró pensando en tumbarse en ella y dormir los veintiún días que estarían allí. Se obligó a salir de la bañera y quitarle el tapón para evitar la tentación. Cogió una enorme toalla y, envolviéndose en ella, se obligó a caminar hacia la cama para vestirse… Se puso unos vaqueros cortos y una camiseta de manga larga; no se olvidaba que estaban entre montañas y que, en el mes de mayo, las noches aún eran frescas, aunque el día hubiese sido muy caluroso. Cogió el bote de crema hidratante cuando Ana entró en su tienda.
—¡Toc , toc! —dijo divertida desde la puerta y corrió la cortina para entrar— ¿Puedo entrar? ¡Dios! ¿no te encanta este sitio? ¡Ay, cremita! —añadió al verla con el bote en la mano. Lo cogió cuando Alex se lo tendió y se dispuso a echársela sobre los brazos que llevaba algo quemados del sol— A mí no se me ha ocurrido echarla —se acercó a ver lo que ella había sacado de la mochila grande y había dejado sobre lo que se suponía que era el mueble que haría de tocador. Se sentó ante el enorme espejo que tenía el mueble—, con todo esto —dijo haciendo un gesto para abarcar lo máximo posible—. Me resulta muy difícil pensar en que a partir de hoy llegaremos tan cansadas que no tendremos tiempo ni de mirar donde dormiremos. ¿Puedo preguntarte qué esperas encontrar aquí?
Alex la miró en silencio y pensó qué le podía contestar. La chica le caía bien. No la miraba como lo hacía Sara, como si fuese un insecto que no se mereciese un minuto de su atención.
—Para serte sincera, espero poder encontrarme a mí misma… —y ante la mirada extrañada de la otra mujer, añadió:— Digamos que necesito encontrar un camino que seguir, últimamente he estado un poco perdida.
La otra asintió, dando su respuesta como nueva.
—Tú eres militar ¿no? —preguntó a su vez, recordando algunos retazos de lo que Doc le había contado sobre los integrantes del equipo de ese año.
—Legionaria —miró el reloj y dijo:— vamos tarde. Si no salimos ya, vendrá la caballería a por nosotras. Me encanta que seas tan borde y ver cómo provocas a Izan —le susurró como si fuese un secreto—, parece que no está acostumbrado a que le cuestionen la autoridad y creo que va a ser muy divertido veros con las lanzas levantadas.
—Bueno, me alegro de que te vaya a servir de entretenimiento —y añadió para cambiar de tema—. No me has dicho por qué estás tú aquí.
Ambas mujeres se levantaron para salir
—¡Oh!, lo mío es más sencillo. Es un reto personal y una apuesta con mi hermano. No hay motivos ocultos en nosotros.
—Chicas, vais tarde, os estamos esperando.
Raúl iba a asomar la cabeza en la tienda cuando se encontró con ellas que salían.
—Barbie, me encanta tu pelo.
Ella lo miró sin saber si enfadarse con él o no, por llamarla de esa manera. Le caía bien el hermano. Le caían bien los dos hermanos para ser unos desconocidos… ya que no le gustaban los desconocidos. ¡Dios, ya no le gustaba nadie! Se dijo para sí ¡Ni siquiera se soportaba a sí misma la mitad de las veces! Se tocó su pelo que, al habérselo lavado, aún lo llevaba mojado y suelto sobre su espalda. Era totalmente ajena a las miradas masculinas que atrajo su largo pelo suelto del color del bronce fundido y a la de envidia que le dirigió Sara cuando vio que incluso Izan la seguía con la vista.
Ya había caído la noche y una brisa fresca hacía que las ramas de los árboles, que había en el recinto, se balancearan. Ella miró el cielo, donde las estrellas comenzaban a asomar tímidamente. Se oían grillos cantar y una lechuza ululó no demasiado lejos de allí.
¡Este sitio es precioso!, no le importaría salir a pasear por los alrededores, aunque sus piernas se quejaban en voz alta.
Entraron en la tienda que hacía de comedor donde todos estaban ya sentados a la mesa. Ella se sentó junto a Luis, que le sonrió orgulloso al verla. Los dos hermanos se sentaron a continuación. Izan estaba sentado conversando con Sara, que la miró con fastidio por hacer que este desviara la vista hacia ella
“¡Todo para ti, gilipollas!”
Marcos estaba sentado a continuación de Izan y la miró con ojos de lobo hambriento.
“¡Cómo la Mata Hari pasa de ti cuando tiene a Izan cerca, vienes a echar las redes aquí!”, pensó con hastío.
—Lo tuyo ha sido una gran sorpresa —Samuel la miró con ojos amistosos. Estaba sentado junto a Marcos y decidió que ese hombre parecía ser buena persona—, creo que nadie apostaba por ti esta mañana.
—Eso indica, pequeña Barbie, que las apariencias engañan.
Ella miró a Marcos con ojos asesinos.
—¡No me llames así! —”Ya estamos otra vez”.
—¡Oh, venga ya!, el chico lo ha hecho todo el tiempo y de él no te has quejado.
—Pues no me gusta que me llames así, ya te lo he dicho, ¿te llamo yo gilipollas a ver si te gusta?
—Desde luego que borde eres.
¡Ya empezamos! Izan vio como los ojos de ella se iban oscureciendo según aumentaba su nivel de enfado. Decidió intervenir antes de que la liaran más.
—Basta ya ¿podemos cenar en paz?
Marcos levantó las manos, indicando que la conversación había terminado por su parte.
—No me gusta ese estúpido apodo, estoy cansada de decirlo.
—Es un piropo, Alex —añadió Raúl disculpándose —, eres una mujer muy bonita y tu aspecto físico parece el de una muñequita. Nunca hemos querido burlarnos de ti—añadió algo turbado—, aunque hoy nos has sorprendido a todos. No eres tan débil como pareces.
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