Ella abrió los ojos por la sorpresa y miró a su enorme mochila donde llevaba todo lo que a su madre se le había ido ocurriendo, aparte de lo que ella pensaba que podía necesitar.
—¿Entonces…? —preguntó confundida
—Tendrá que cargar con su mochila los 50 km hasta el campamento base.
Una risita de Sara se oyó con claridad, los demás susurraron entre ellos sobre lo difícil de la hazaña
—Acepte mi consejo y márchese a casa —Izan no pudo disimular el alivio en su tono de voz— Esto no es para usted.
Ella lo miró al entender su tono de voz. Estaba claro que ese hombre no la quería allí. Pensó en que quizás tuviese razón y debiera volverse. Entonces pensó que había accedido a ir allí porque ya no podía seguir con su vida tal y como estaba. Necesitaba probarse a sí misma, que podía empezar de nuevo y dejar el pasado atrás. Sintió el calor de las lágrimas en sus ojos, había recogido lo poco que quedaba de ella y se había apuntado a esa mierda de Campamento porque pensaba probarse a sí misma, que podía rehacerse de sus propios pedazos rotos y probárselo a sus padres y a sus amigos y ahora… no pensaba darse por vencida.
Se irguió y se pasó una mano por los ojos para aclararse la cabeza y miró a Izan, que no se había perdido detalle de la batalla interna que había tenido con ella misma. Se sorprendió que tuviese aún los ojos llorosos. ¡Fascinante batalla interna! ¡Estaba claro que no se rendía con facilidad!
—No voy a marcharme, ya se lo he dicho. Doc, ¿puedo dejar aquí lo que no necesito de la mochila?
—Claro —le dijo Luis con la voz llena de sorpresa y orgullo —traeré una bolsa donde podrás dejar todo lo que no vayas a necesitar. Y lo tendrás aquí cuando regreses.
Él se apresuró a marcharse y ella abrió la mochila, que, para sorpresa de todos, estaba increíblemente ordenada, por lo que ella pudo ir sacando todo lo que pensaba que no iba a necesitar. Lo metió en la bolsa que acababan de darle y, tras repasar lo que le quedaba en la mochila que se llevaría, miró el sol que hacía, se recogió el pelo en una cola, se puso una gorra, unas gafas de sol, cerró la mochila, que se había quedado casi con la mitad del peso inicial y se la colgó sobre los hombros abrochándosela sobre el pecho para llevarla bien sujeta. Después de adaptársela sobre los hombros, se volvió hacia Izan, que como todos los demás, no había despegado sus ojos de ella.
—Estoy lista, podemos irnos cuando quiera.
Él sonrió entre divertido y asombrado.
—¿En serio cree que podrá llevarla durante 50 km?
—Sí.
No pudo evitar sonreír.
—No diga tonterías… mírese.
—¿Qué me pasa? —exclamó furiosa.
—Aunque pueda hacer la marcha con esa mochila, que no podrá, ¿ha visto sus botas?
—¿Qué pasa con ellas? —se las miró sorprendida— Me dijeron que son las mejores.
—No lo dudo, ¿alguien sabe qué pasa con ellas? —preguntó al grupo.
—¡Que son nuevas! —dijeron varios a la vez.
—Exacto. La primera regla de un marchador es que nunca te pongas botas nuevas en una larga distancia. ¡Te saldrán ampollas antes de mediodía!, y te garantizo que, si acabas la marcha de hoy, convertirán el resto de tus días en un infierno.
—¿Se está preocupando por mis pies? —estaba cansada de que se riera a su costa, el comentario consiguió lo que se proponía, borrar su sonrisa de golpe —¡Qué ilusión!
Él la miró con frialdad.
—Por mí, como si se le caen a pedazos, pero sólo conseguirá retrasarnos. No voy a parar por usted, está avisada.
Ella se estremeció por el tono glacial de su voz.
—No se preocupe, no los retrasaré.
—Bien, luego no diga que no la he avisado, Doc, reparte las botellas de agua que nos vamos.
Y el grupo se puso en marcha, con Izan a la cabeza y con Alex pensando que no los retrasaría, aunque se le fuese la vida en ello; total, sólo serían 50 km.
Volvió a mirar al cielo, lamentándose del inclemente sol que la hacía sudar y que le había pegado la camiseta a la espalda donde llevaba apoyada la mochila, que comenzaba a pesarle mucho más de los kilos que pesaba.
“¿Cuánto serían?, ¿20 Kilos? ¿15Kg? Parecía llena de piedras en vez de muda de ropa y productos de aseo”
Iba caminando detrás de Izan y de Luis, que miraba hacia atrás de vez en cuando, lanzándole miradas de aliento. Hubiese preferido ir de las últimas en la fila porque así podría ir a un ritmo más cómodo como veía con envidia que hacían los demás, que caminaban sin importarles alargar la fila y descolgarse un poco unos de otros. También iban hablando entre ellos. Se les oía reírse de vez en cuando.
Pero Izan sabía perfectamente lo que hacía cuando le había dicho que ella fuese tras ellos. Así la obligaba a llevar un paso, que, aunque no llegaba a ser rápido, sí lo era bastante más del que ella hubiese preferido llevar.
El maldito sol, la estaba matando.
Se lamentó de no haberse acordado de echarse la crema protectora, cosa que solventaría en cuanto se parasen a descansar. Llevaban ya casi 10 km, porque en el km 5 se habían encontrado a un grupo del campamento esperándolos a un lado del camino de tierra por el que iban, para renovarles el agua, pero como habían salido con retraso, gracias a ella, como Izan se encargó de recordarles a todos de nuevo, no permitió que nadie se sentara. Por lo que supuso que iban a llegar al km 10 de un momento a otro.
La posición que llevaba le permitía observar a los dos hombres por detrás sin que ellos se percataran de ello. Los dos tenían constituciones parecidas, eran altos y delgados, aunque Izan tenía la espalda algo más ancha que Luis y el pelo más corto y con bastante menos canas, debía tener unos quince años menos o así.
Conocía a Luis de toda la vida. Era un amigo de soltera de su madre, así que estaba más que acostumbrada de verlo en su casa y compartir con él muchos de sus éxitos laborales y su gran fracaso matrimonial… También fue una gran ayuda cuando ocurrió lo de su secuestro. Fue la única persona que consiguió que ella le hablase del tema. Pero como recordarlo le dolía tanto, al final se dio por vencido y dejó de insistirle. También fue el que animó a su madre a que la apuntase a ese Campamento, prometiéndole que le vendría muy bien… Ella lo dudaba, pero era cierto que tenía que hacer algo con su vida y por no discutir con su madre…
Oyó a los dos hombres reírse y volvió a centrar su atención en Izan. Llevaba botas de montaña y pantalón corto multi bolsillo, por encima de las rodillas, casi igual que todos ellos. Camiseta negra y mochila a la espalda. Llevaba un tatuaje muy sexi en el gemelo derecho, de lo que parecía ser un árbol de la vida. Estaba moreno por el sol. Se fijó en sus antebrazos y notó los músculos que se adivinaban bajo la camiseta. Era un hombre alto, de 1,85 o así y sabía que había sido militar. Se preguntó si su pelo corto era un recordatorio de esos días. Era un hombre al que las mujeres se volverían a mirar por la calle ya que sus ojos grises destacaban en su cara seria casi tanto como esos labios llenos y sexis que parecían que no sabían sonreír nunca, pero cuando lo hacía, se curvaban de tal manera que su rostro se transformaba de una manera increíble. Sí, sin duda esos ojos de mirada fría de perdonavidas y esa sonrisa perezosa conseguirían a todas las mujeres que se propusiera. En ese momento se volvió a mirarla, como si hubiese notado el escrutinio al que lo había sometido durante los últimos minutos.
—¿Todo bien?
—Cómo si te importara—refunfuñó malhumorada.
El calor la ponía de mal humor.
Él soltó una carcajada, ¡Dios, era una mujer preciosa!, aun estando evidentemente sofocada por el calor, sus ojos azules parecían echar chispas y esa boca de labios gruesos que parecían demasiado grandes para esa cara, solían hacer un mohín divertidísimo cuando se frustraba y él no podía evitar provocarla.
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