Del coche bajó una bota de montaña y una pierna, larga y torneada, que al momento reconoció que pertenecía a una mujer. Abrió los ojos por la sorpresa.
Ella bajó del coche y dijo algo al chófer, que se apresuró a sacar del maletero la gigantesca mochila reglamentaria del campamento, dejarla junto a ella, montarse de nuevo y salir a toda velocidad por donde mismo acababa de entrar sin mirar ni decir una palabra a ninguno de los que allí aguardaban.
Alex enderezó la espalda y se dio la vuelta mirando al grupo que estaba junto a ella con la misma intensidad con la que se sabía observada. Su manera de levantar la cabeza, con orgullo, le pareció a Izan que se estaba dando fuerzas para enfrentarse a ellos. Los miró uno a uno, dándose cuenta de la expectación que había despertado llegando con el coche y el chófer.
“¡Espero no arrepentirme de esto!”, se dijo mentalmente. ¿Cuándo aprendería a decirle que no a su madre?
Paseó la mirada por cada uno de ellos intentando devolverles un poco de la incomodidad suya por ser el centro de atención. Cuando miró a Izan, vio el desagrado en sus ojos y levantó una ceja inquisitiva… Izan le sostuvo la mirada y durante unos minutos ella se negó a dejarse intimidar.
“¡Dios, que no sea este el grupo al que voy!”. No se sentía preparada para enfrentarse a un hombre que la miraba con tanto desprecio
Miró agradecida a un monitor que pasaba junto a ella y se acercó rápidamente a preguntarle algo… lo que fuera para no tener que acercarse al hombre de ojos grises que no le quitaba la vista de encima haciendo que se pusiese aún más nerviosa de lo que ya estaba.
Izan suspiró aliviado cuando vio que le indicaba el edificio de recepción y ella se alejaba de allí con paso rápido. Se volvió a concentrar en su grupo, que aún la miraban alejarse.
—Acabo de enamorarme de esa diosa pelirroja —dijo Marcos, suspirando de forma dramática.
—Por Dios, ¡si es una Barbie! —contestó Sara, que no estaba dispuesta a dejar que ninguna otra le hiciese sombra.
—¿Por casualidad no será la persona que esperamos?
El tono de anhelo hizo sonreír a Izan.
—Creo que no. —“Menos mal”, pensó para sí… Su rechazo inmediato hacia ella le sorprendió. No solía juzgar a la gente tan a la ligera ni dejar que su mal carácter le aconsejara.
—¿Has visto el tamaño de sus piernas? —Marcos no estaba dispuesto a cambiar de tema y esta vez se lo preguntó a Samuel esperando que él lo apoyara— Creo que le llegaban a las orejas.
—¿Cómo puede gustarte ese saco de huesos? —insistió Sara.
—Las Barbies acaban de subir a mis muñecas preferidas —terció Raúl—. Esta es un bombón, aunque algo delgada para mi gusto.
Sara bufó dando a entender a todos lo que pensaba al respecto.
—Chicos y señoritas, ya está bien —Izan los miró a todos intentando zanjar el tema—, cambiemos de tema, ¿vale?
—Vuelve la Barbie —susurró Ana que estaba colocada frente a la entrada del edificio y la vio salir.
Todos se volvieron a mirar. Incluido Izan, que miró como Doc acompañaba a la mujer mientras hablaba con ella y señalaba a Izan con la mano.
Izan los miró con frialdad, ¡no podía ser lo que estaba pensando! Ella no podía ser… la persona que esperaban.
—Izan, te presento a Alex Quiroga… tu oveja descarriada.
Izan miró a Doc con frialdad. Lo conocía de hacía unos diez años. Habían estado juntos en el ejército y después trabajando juntos en ese campamento y no se dejaba engañar por su tono de disculpa.
Le lanzó una mirada que hizo dudar al otro hombre de acercarse más a él y lo miró con recelo. Pensó rápidamente lo que poder decirle para aplacar la furia que su mirada gris como los cielos de tormenta reflejaban en ese momento.
—Señorita Quiroga —saludó con frialdad sin acercarse a ella.
Si ella notó la entonación que usó en la manera de llamarla señorita, no se inmutó, pero sí notó el desagrado de su mirada, otra vez
—Discúlpeme un momento que tengo que hablar con mi socio.
—Claro.
Doc lo siguió sin inmutarse ante su mirada asesina, aunque pensaba rápidamente qué decirle para que el enfado de Izan se disipara. Por los años que llevaban trabajando juntos, sabía que el humor de Izan cuando se enfadaba era terrible y en ese momento no hacía nada por evitar que su mal humor saliera a flote.
—Izan, escúchame —pidió cuando estaban suficientemente lejos del grupo que los miraba con atención.
—Y una mierda, ¿por qué no me dijiste que Alex era una mujer?
—¿Qué más da que sea mujer? Eso nunca te ha importado —replicó molesto, dando un tirón del brazo que Izan le había cogido para casi arrastrarlo hacía donde estaban hablando. Izan lo soltó y lo miró de manera tan fría, que Luis estuvo a punto de dar un paso atrás. Cuando Izan miraba así, sabía que muchos hombres se habían acobardado. Conocerlo de muchos años le daba la garantía de estar a salvo con él.
O eso pensaba.
—Me importa que me hayas mentido.
—Yo no te he mentido —se defendió su socio.
—Ah, ¿no? ¡Alex!
—Que tu pensaras que Alex era un hombre no me convierte en mentiroso.
Izan volvió a mirarlo con frialdad, Doc no se amilanó.
—¿Dónde está el problema? —le preguntó suspirando cansado
—El problema es que me has engañado con ella y lo sabes. No voy a llevarla con nosotros.
Esta vez fue Doc el que lo cogió por el brazo sin importarle que lo mirara entrecerrando los ojos.
—No puedes hacer eso, ella ha pagado como todos los demás.
—Devuélvele su dinero.
—No podemos hacer eso y lo sabes. Puede demandarnos.
—Mírala —le gritó furioso Izan, volviendo a Doc hacia ella
—Ya lo hago ¿cuál es el problema? —la miró junto con Izan desde la distancia que los separaba y luego se volvió a enfrentarse a Izan de nuevo— ¿Por qué no te gusta, Izan?, ¿por qué no tienes un dosier que te diga lo que espera ella de este campamento?, te creía más inteligente.
—No pareces haberla mirado bien —le soltó Izan, dándole un ligero empujón que hizo que Doc resoplara, aguantándose su propio mal humor—, Esa mujer no aguantará ni un solo día. ¿Es que no lo ves? Se la llevará la primera ráfaga de viento que pase.
—Puede que te sorprenda, y si no es así —añadió Doc con rapidez—, pues ya te la quitas de encima. Pero tiene el mismo derecho a intentarlo que todos los demás.
—¿Por qué?
—Por qué, ¿qué? —dijo Doc, haciéndose el desentendido.
—¿Por qué está ella aquí, saltándose todos los procedimientos y todas las normas? —lo miró entrecerrando los ojos mientras especulaba con rapidez— ¿Quién es?
—Ya sabes quién es.
—¿Quién es para ti?
Doc evitó su mirada.
—No sé qué quieres decir.
—¡Doc!, no me tomes por tonto.
Silencio.
—No vendrá conmigo hasta que no me contestes y lo sabes. Podemos jugar a esto todo el día.
—Te recuerdo que no eres precisamente un hombre paciente —le soltó Doc divertido—. Y ya vamos tarde.
Izan levantó una ceja en respuesta.
—Sólo puedo decirte que alguien muy querido para mí me pidió este favor. Ella necesita esta oportunidad y te pido por nuestra amistad que la dejes salir con el grupo y que llegue hasta donde ella pueda llegar. No te pido un trato de favor —se apresuró a aclararle Doc, al ver que Izan se quedaba mirándola—, solo que le des la oportunidad.
—¿Por qué no tengo su dosier?
“Y la burra al trigo”.
Doc había ensayado mentalmente lo que tenía que decirle sobre ella, para despertar su curiosidad sin revelarle demasiado.
—Su historia personal es complicada. Esa chica necesita que no se la conozca, ni siquiera tú y sabes que aquí más tarde o más temprano los datos del dosier salen a la luz. Ella necesita anonimato… mírala Izan —le cortó Doc—, y dime, ¿qué ves?
Читать дальше