—Ya le gustaría —dijo ella sonriéndole con desagrado para molestarlo un poco más, “¡Jódete!”— he pagado por este campamento y aunque tenga que soportarlo no pienso dar marcha atrás. Me quedo. Solo espero no tener que tratarlo mucho estos días.
Ella pensó por un momento que deseaba golpearla. No sabía qué la obligaba a ser tan borde, pero él la había mirado con desagrado desde el primer momento en que llegó, como si fuese un insecto al que quitar de en medio y la había puesto tan nerviosa que quería hacerle sentir tan mal como se sentía ella. Solía pasarle cuando se asustaba. Y los ojos de ese hombre le decían que podía ser peligroso.
Doc se acercó a ellos con rapidez. La tensión entre los dos era más que palpable y aunque sabía que él no había hecho nada por disimular lo poco que le gustaba Alex, podía decir a su favor que era un hombre íntegro y un gran psicólogo, además del mejor en el campo de crear perfiles psicológicos. Caía bien a todos los que participaban en los campamentos, todos los años, y era un jefe muy respetado y querido, además de un amigo irreemplazable. Ella no estaba siendo justa por juzgarle tan mal, pero en su favor diría que él tampoco le había dado a ella un respiro desde que llegó.
—Alex, puedo asegurarte de que Izan es un hombre más que justo y que llegado el momento lo necesitarás. Está siendo una mañana de locos y como bien ha dicho antes, empezando el campamento, él es la ley y todos los que vienen aquí lo saben. Puedes ponerte en sus manos, yo pondría mi vida en sus manos, sin dudarlo un segundo —Lo miró unos segundos pidiéndole que dejase de atosigarla—. Él es el especialista en esto. Ni siquiera yo puedo hacerle sombra. En lo suyo, es el mejor —“Y hacerle esperar dos horas no ha sido lo más conveniente esta mañana…” añadió para sí mismo—, así que, creo por el bien de todos que deberías disculparte con él e intentar empezar de nuevo con mejor pie.
Ella lo miró un largo rato, antes de murmurar un “¡lo siento, puede que no hay sido justa con usted!”
El aceptó su disculpa con un ligero asentimiento de cabeza.
“¡Maldita seas, pelirroja, por conseguir sacarme de mis casillas con tanta facilidad!”, pensó. Hacía mucho que nadie lo conseguía. Se jactaba de ser un hombre con nervios de acero, bastante difícil de impresionar. Esa pequeña pelirroja lo había conseguido con unas palabras bien dirigidas. Aunque, para ser sincero, jamás lo habían acusado de no ser un hombre justo con todo el mundo. Rara vez sacaba a relucir el odio visceral que sentía por el tipo de personas que veía reflejadas en ella. Aceptó su disculpa, aunque sabía que entre ellos la guerra estaba declarada.
—Izan, continúa, por favor.
—Aquí soy la ley, les diré cuándo comer, qué comer y cuándo dormir. Cuando salgamos de aquí estarán en mis manos por propia voluntad. Esto es un campamento de resistencia extrema por lo que vienen aquí a superar sus límites, sus miedos y a conocerse mejor de lo que lo han hecho hasta el día de hoy. Os aseguro que sólo terminarán estos veintiún días quiénes sean capaces de controlar sus mentes, porque, créanme, físicamente en unos días todos estaréis deseando volver a casa. No importa la forma física que creáis que tenéis, sólo importará la fuerza de voluntad y vuestro amor propio. Estoy aquí para ayudaros, aunque no lo creáis —la miró a ella de manera rápida en claro aviso—, podéis hablar conmigo de todo lo que necesitéis a cualquier hora del día y de la noche. El dosier que habéis entregado hace unas semanas me ayuda a conoceros mejor, qué esperáis de esta aventura y cuáles son vuestros límites, que ya os advierto que todos los tenemos. Ahora entregaréis vuestros móviles y tablets si los tenéis aquí, en las normas generales está bien claro —indicó cuando vio que ella iba a protestar.
—¡Oh, venga ya! Izan —protestó Marcos al ver que, a una señal suya, un hombre con una camiseta con el logo del campamento se acercaba a recogerle los móviles a todos.
—Aquí no se viene a estar pendiente del teléfono.
—¿Y si tenemos una emergencia? —anotó Ana no muy convencida.
—Si ocurre una emergencia, tenemos los teléfonos de contacto de vuestros familiares, que nos habéis dado vosotros y ellos saben dónde encontraros porque les habéis dado el teléfono de nuestra centralita, que estará operativa las veinticuatro horas del día.
Todos los años se sorprendía de que esta fuese la norma que más les costaba acatar a todos, con diferencia. No se percataban de lo pendiente que estaban de las tecnologías y de lo poco importante que eran, fuera de una emergencia propiamente dicha.
—Espero que entregaran todos los medicamentos que pudiesen necesitar en estos días, Doc, anota para qué los necesitáis y cada cuanto tiempo. Sé que tenemos a un diabético y por eso la insulina la tendrás tú, aunque siempre tenemos de reserva en nuestra farmacia, tenlo siempre en cuenta —miró a Raúl, que asintió rápidamente.
—Doc, por favor.
Izan miró a Alex que hablaba en susurros con el médico cuando lo tuvo delante. Él negó con la cabeza. Ella comenzó a sacar algunas cosas de su mochila y se las quedó mirando cuando él las cogió y las apuntó en el informe de cada uno, que tenía en una carpeta.
—Por favor —susurró nerviosa
Izan se acercó a ellos con curiosidad
—¿Hay algún problema?
—No —se apresuró a negar Luis—, me preguntaba si podía quedarse con las pastillas que tiene para los dolores de cabeza por la tensión, las necesita para dormir.
—Es un medicamento que se te dará si se considera necesario que los tomes, ya te digo que el estrés va a ser el menor de tus problemas.
—Por favor —susurró ella en voz baja—, tú no lo entiendes.
Izan la miró curioso porque ella hubiese pasado a tutearlo y dejar ver su debilidad ante él y vio tal angustia en sus ojos que se preguntó por el motivo que tenía para tomarlas.
—Te las daré si las necesitas, Alex, confía en nosotros, todo irá bien —Doc le apretó un brazo en gesto de consuelo.
Ella se quedó mirando su espalda con esa mirada desolada aún en sus ojos.
—Os aclaro que nos quedamos con los medicamentos porque hubo muchas sugerencias de que os ayudáramos a desengancharos tanto de los teléfonos como de muchos medicamentos. Resulta que, cuando cambiamos de rutina por unos días, no los necesitamos. Los guardamos nosotros y os los daremos si de verdad los necesitáis. Creedme que al final de mes muchos de vosotros nos lo agradeceréis.
—Otras norma básica e inquebrantable es que sois un equipo y se trabajará muchos días por el bien común y, aunque al final todo se basará en el aguante individual de cada uno, no toleraré ninguna falta de respeto para con los demás —miró uno a uno mientras hablaba—. No permitiré que se pise a nadie para beneficiarse uno mismo. No se tomarán drogas de ningún tipo y se beberá el alcohol necesario, sólo en las comidas y una copa por noche. El tabaco es algo personal y mientras no se fumen en las zonas comunes, donde se pueda molestar a los demás, cada uno que haga lo que quiera. No habrá donde comprar tabaco en estos veintiún días, así que espero que llevéis el suficiente para vuestro consumo. Sara, ¿has conseguido dejarlo? —miró a la mujer que estaba a su derecha y que recordaba en su dosier que seguía fumando, igual que el año anterior.
—No cariño, estoy en ello, es posible que vuelva a intentarlo estos días.
—Puedes hablar conmigo si lo necesitas —“y decirte que no me llames así”, anotó mentalmente Izan.
—Lo sé —Sara no disimuló su gesto de placer porque Izan recordara ese detalle de ella.
—Cada uno llevará su mochila pequeña con lo que habéis querido meter en ella. Las grandes, con el resto de vuestras cosas, se las han llevado los camiones que se dirigen al campamento base que está, como todos sabéis, a 50 km de aquí. Y eso nos deja un gran problema, señorita Quiroga —dijo volviéndose hacia ella y mirándola a los ojos—, ¿qué va a hacer con su mochila grande?, porque lo que deje aquí se quedará aquí hasta su regreso. Llegar tarde le ha privado de haber podido mandar sus cosas en los camiones como han hecho sus compañeros.
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