Los fisios se fueron marchando según iban terminando, ya sólo quedaban las chicas.
—¿Qué tal va tu brazo?
Samuel lo estiró para comprobarlo
—Ahora perfecto Izan, esta mañana de verdad que me acojoné cuando pensé que no podría acabar la prueba.
—Tu actitud este año es bastante mejor que la del año pasado —le indicó Izan—, estaré muy orgulloso de poder acreditarte como superviviente el último día.
—La verdad es que, si la pequeña Barbie lo aguanta, será una vergüenza no aguantarlo también.
¡Será toda una proeza si esa mujer lo aguantaba, con el montón de problemas añadidos que arrastraba!
—Os estoy oyendo —gritó ella medio en broma desde el último box.
Todos rieron.
—Pareces un pequeño pajarito capaz de llevarte el viento en cualquier momento, Barbie —le dijo Marcos para provocarla un poco—. Sólo hay que azuzarte un poco para que aparezcas una leona capaz de comerse el mundo de un mordisco.
“¡Si tú supieras!”, pensó Izan, pero se sorprendió de la verdad que había en esa definición. Solo esperaba que esa leona saliera a relucir cuando de verdad lo necesitara.
—Cuídate tu cabeza por si acaso.
Más risas.
—Barbie cuenta con mi devoción más absoluta —susurró Samuel algo avergonzado.
—¡Vaya, vaya! —Izan lo miró con ojos entornados, ¿le había salido un enamorado a la pequeña Barbie?
—Eres un encanto.
La voz de ella sonó más enternecida que otra cosa. No, ella no lo sintió como un enamorado, ¡más como quién descubre un nuevo amigo! Izan se sintió bastante sorprendido por el alivio que acababa de sentir.
—Chicas, ya que tardáis, estaremos fuera tomándonos un café.
—O durmiendo —añadió Raúl cansado.
—Yo estoy ya, pero me voy a dormir —Ana pasó junto a ellos sin pararse.
Sara salió también y le dijo a Marcos
—Anda, invítame a ese café.
—Creo que paga Izan —susurró divertido, porque era sabido por todos que todo lo que comiesen y bebiesen durante el campamento corría a cargo de la organización.
—Pues vayamos a hacerle gasto entonces.
Y se fueron dejando sólo a Izan que se preguntó qué hacía Alex que tardaba tanto. Y como la curiosidad le pudo se acercó a su box y vio que estaba tendida desnuda de cintura para arriba, boca abajo, mientras Fran le masajeaba la espalda y ella dejaba oír leves suspiros de placer, que a Izan le sonaron de lo más eróticos. Se sorprendió cuando en unos minutos se sintió duro como una piedra.
“¡Joder con la pelirroja!”
—Fran, yo terminaré con ella.
El hombre lo miró un momento y asintió sin decir palabra.
Ella levantó la cabeza y fue a quejarse cuando sintió sus manos firmes y frías sobre su espalda, inmediatamente se tensó.
—Relájate, sé muy bien lo que hago.
—Tienes las manos frías —Alex decidió poner esa excusa para no decirle que no quería que él la tocase y poder así avergonzarla con cualquier comentario jocoso.
—En un momento se calentarán —“como yo”, pensó algo avergonzado
—Eres un hombre bastante versátil —y como no podía levantarse así sin más, se obligó a dejar que él terminara para poder irse.
—No tienes ni idea —esa voz tan erótica y sensual, susurrándole en voz baja, le puso la piel de gallina, él no pudo más que notarlo y sonreír—. Relájate y disfruta. Mira que nudos tienes en los trapecios. Se puso a trabajar en ellos haciendo que ella ronronease de placer —¡Dios ese hombre tenía unas manos increíbles, algo ásperas, lo que indicaba que hacía trabajo manual, e increíblemente firmes!— Tienes que aprender a relajarte más, estás totalmente contracturada —encontró otro nudo y se centró en él haciéndola suspirar otra vez—, pareces un gato satisfecho —ella sonrió ante su tono divertido.
—Tengo que reconocer que tienes unas manos mágicas. —En ese momento se quejó cuando él encontró un punto especialmente doloroso —¡Izan, por Dios! —se tensó, pero esta vez de dolor.
—Aguanta un poco —le dijo sin soltar el punto tan doloroso—, todo no es placer, pequeña Barbie, ya casi está. Ya deberías saber que todo masaje deportivo tiene más de dolor que de placer.
Ella cogió aire para no gritar y no le importó suplicarle.
—¡Por favor, por favor!
—Un poco más, mañana me lo agradecerás.
Y ella soltó el aire aliviada, cuando ese punto doloroso se le relajó bastante.
—Ya está, ¿ves?, mucho mejor ¿verdad?
Ella asintió y volvió a suspirar satisfecha, no supo si fue el masaje, el cansancio acumulado o las manos de él que parecían muy bien saber lo que hacía, que ella comenzó a relajarse y a disfrutar de verdad del masaje.
—Más, por favor —le pidió a Izan medio dormida, cuando sintió sus manos en la cabeza masajeándole el cuero cabelludo.
Él sonrió complacido. Tenía que reconocer que hacía mucho que no disfrutaba tanto dando un masaje. Había aprendido por pura necesidad, ya que se lesionó estando en el ejército y que luego decidió hacer un curso complementario. Se sorprendió de que ella confiase tanto en él, como para relajarse hasta casi quedarse dormida. Tenía los músculos largos y la piel extremadamente suave y, aunque podía sentir todos sus huesos por la poca grasa corporal que tenía, reconocía que tenía un cuerpo muy sexi. Todo lleno de músculos, ángulos y piel suave. Su pelo seguía oliendo a melocotón, supuso que sería su champú y, entre ese olor que lo envolvía, su piel suave y esos gemidos de placer que soltaba de vez en cuando, le estaba calentando la sangre como hacía mucho que no le pasaba. Ella ni siquiera le gustaba. Pero parecía que su cuerpo no pensaba lo mismo. Supuso que era debido a su falta de sexo de los últimos meses. Hacía tiempo que había roto con su última conquista y después de los problemas que ella le puso para admitir la ruptura, había estado un tiempo sin ganas de buscarse más problemas. Pensaba que lo estaba llevando bien, pero el pellizco que sentía en las tripas, al verla así, semidesnuda y pudiendo tocarla casi sin reservas lo estaba matando. Decidió terminar con su tortura y pasar a zonas más seguras.
—Me paso a tus pies, ¿de acuerdo?
—Mmm…
—Lo tomaré por un sí—murmuró él divertido.
Le quitó uno de los calcetines y después de echarse crema en las manos, comenzó a masajearle los pies con firmeza. Le miró el color de sus uñas, de un rojo muy oscuro y se sorprendió comparándolas con las uñas de sus manos, bien cortadas y sin pintar. ¡Manos de pianista!
Sus suspiros se reanudaron y él se puso aún más duro si era posible. ¡Piensa en otra cosa, maldita sea! ¡Si ella por un momento se imaginara lo que está pasando, te merendaría de un solo bocado! Aunque la verdad es que le gustaría ver cuál sería su reacción si se diese cuenta de que él la deseaba. Terminó con un pie y comenzó con el otro y, al no percibir movimiento alguno de ella, la contempló con curiosidad y se sorprendió al comprobar que estaba dormida. La contempló un momento de perfil, así como estaba en la camilla, y sólo pudo apreciar su pequeña nariz respingona y su generosa boca relajada. Contó las pecas que tenía sobre el puente de la nariz, cinco en total. Cogió un mechón de su pelo suelto y lo acarició entre dos de sus dedos para comprobar su suavidad y maravillarse de los tonos cobrizos que las luces del techo reflejaban en él. Era una mujer preciosa y, sabiendo lo que le había pasado, tenía que cambiar la primera impresión que tuvo de ella de niña de papá, mimada y consentida, que no sería capaz de luchar por nada que tuviese que hacer un mínimo esfuerzo por conseguir.
Terminó con el masaje y se pensó en dejarla allí, dormida sobre la camilla, pero decidió que no era buena idea porque cogería frío y no descansaría tan bien como en la cama. Así que decidió despertarla con suavidad. O eso pensaba él.
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