Lola Toro - Veintiún días Alexa

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Veintiún días Alexa: краткое содержание, описание и аннотация

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Nueve meses después de su secuestro, el mundo de la famosa pianista Alexia Quiroga se desmorona. Su marido la ha dejado, ha perdido a sus amigas porque no puede soportar la manera que tienen de mirarla y su carácter se ha agriado lo suficiente como para saber que ya no puede seguir fingiendo que nada ha pasado. Decide aceptar un consejo de un amigo de la familia y se inscribe para participar en el Campamento de Resistencia Extrema más duro del país a cargo del exmilitar y prestigioso psicólogo Izan Sandoval. Lo de ellos es odio a primera vista, y cuando entra en escena Blue, todo se desmadra hasta límites insospechados. ¿Podrá Alexia encontrar lo que tanto necesita en ese campamento, aunque él la odie por encima de todas las cosas?

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Ella sintió que alguien la tocaba para despertarla y, al sentirse semidesnuda y no conocer el sitio donde estaba, hizo que su mente se retrajese y la llevase a otra habitación, otro día que quería olvidar y enfrentarse a una persona a quién odiaba con todas sus fuerzas. Se levantó con tanta rapidez que pilló a Izan totalmente desprevino, de hecho, pensó que jamás había visto a una persona pasar con tanta rapidez de estar totalmente dormido a moverse a la velocidad en que ella lo hizo. Cogió en su trayectoria unas tijeras que parecía que Fran había utilizado para algo y había dejado en una pequeña mesa auxiliar que estaba junto a la camilla y acurrucarse en el rincón más alejado de la sala, para amenazarlo con las tijeras abiertas sobre su cabeza, con la intención de defenderse si se sentía atacada. Se había llevado consigo la sábana sobre la que había estado tendida e intentaba taparse su pecho desnudo, mientras lo observaba a él analizando con ojos de animal acorralado, la estancia, buscando una vía de escape.

Por la expresión vacía de sus ojos, él supo que ella tenía un momento de flashback , y que ni sabía quién era ni dónde estaba.

—Alex, suelta las tijeras —se situó frente a ella a una distancia suficientemente lejos, por si le atacaba, pero lo suficientemente cerca para que pudiese verlo con claridad. No tendría ningún problema en desarmarla en cinco segundos, pero le preocupaba que se pudiese herir en el proceso.

—Suelta las putas tijeras, Alex —esta vez se lo dijo casi gritando ya que ella seguía sin dar señales de conocerlo.

—Alex, soy Izan, mírame, me conoces, ¿recuerdas?

Ella lo miró y poco a poco fue volviendo a la realidad.

—Izan, ¿qué sucede?

Doc los miró desde la puerta totalmente asombrado de la imagen que veía de ella intentando taparse con la sábana y defendiéndose con las tijeras y a Izan frente a ella mirándola con aire autoritario.

—¡Fuera! —fue lo único que le ladró sin volverse a mirarlo.

—Izan, ¿qué pasa? —insistió preocupado —Se te oye desde fuera.

—Ahora no, vete.

Doc, no demasiado convencido, salió, obligándose a recordar que tenía plena confianza en él.

Volvió a hablarle a ella con voz autoritaria.

—Alejandra, tira las tijeras.

Entonces ella si lo reconoció. Lo miró algo aturdida y cuando se dio cuenta de que llevaba unas tijeras para defenderse, las soltó directamente y se acurrucó en el suelo, presa de unos temblores que sacudían su cuerpo y que le impedían mantenerse sobre sus propias piernas.

Izan apartó las tijeras con los pies y se acercó a ella aliviado.

—¿Qué ha ocurrido? —él le apartó el pelo de la cara para poder mirarla a los ojos. Ella se encogió aún más en el suelo, intentando alejarse de él— Alejandra, dime que ha ocurrido —le insistió obligándose a hablarle con firmeza, pero con algo más de suavidad.

—No lo sé.

Izan le cogió la cara poniéndole los dedos bajo la barbilla, ella rehuyó su mirada.

—Yo no soy Doc, no voy a dejarte en paz hasta que me contestes. Quiero saber qué te ha ocurrido, ¿qué has visto? ¿quién creías que era, para necesitar protegerte de mí? —la estaba bombardeando con preguntas intentando obligarla a que le contestase y así obligarla a recordar y a que se enfrentase con el pasado, que tanto la estaba atormentando— Alejandra, contéstame. ¿Quién era?

Y contestó con lo que menos se imaginaba.

—No me llamo Alejandra, no soy Alejandra…

Izan la miró sorprendido

—Alexia, mi nombre es Alexia.

Y se refugió en sus brazos mientras seguía repitiendo su nombre como una letanía, ¡me llamo Alexia. ¡Alexia, Alexia!

—¡Lo sé… ya está… estás a salvo! —la abrazó con fuerza, dándole el apoyo que en ese momento necesitaba.

Entonces ella se zafó de él empujándolo con fuerza. Se sujetó la sábana sobre el cuerpo y salió corriendo hacia su tienda.

Izan se puso de pie y se pasó las manos temblorosas sobre la cara, y suspiró.

CAPÍTULO 5

Dia 3

El día siguiente amaneció triste y amenazando tormenta. Un viento frío soplaba del norte, lo que había hecho bajar las temperaturas casi diez grados, por lo que parecía más un frío día de marzo que de finales de mayo. Izan y Doc estaban tomando café mientras esperaba que aparecieran los integrantes del equipo para desayunar todos juntos, como hacían todos los días.

Izan esperaba a Alex con curiosidad para ver cómo se comportaba ella ante él tras lo sucedido el día anterior, ya que ni siquiera salió para cenar. Doc había entrado a comprobar varias veces cómo se encontraba y se la encontró todas ellas profundamente dormida. Izan se cayó que también se acercó de madrugada, para comprobar que dormía, no tan plácidamente como debería, por el estado en que vio las sábanas de su cama, pero dormía, al fin y al cabo, que era lo que más necesitaba para reponerse, tanto física como mentalmente.

—Dios, Izan, no esperaba que pudieses avanzar tanto en tan sólo unos días.

Él pensó bien lo que decirle, ya que había estado dándole vueltas la mayor parte de la noche.

—Creo que todo se debió a que cuando baja la guardia sus fantasmas escapan a su control y ya no sabe cómo controlarlos. Doc, ¡es una bomba de relojería!, no sé qué hubiese pasado si en vez de sucederle conmigo le hubiese pasado con cualquier otro.

—¿No pensarás en echarla del campamento? —le sujetó la mano, alarmado— Izan, no tendremos otra oportunidad como esta. Sólo necesitamos tenerla vigilada.

—Lo sé.

Miró a Doc, cansado. Se había pasado la mayor parte de la noche pensándolo y aunque por una parte pensaba que sacarla de allí era lo correcto, una parte de él se negaba a perderla de vista y no seguir su caso hasta el final. Sabía que podía ayudarla, aunque comenzaba a costarle dañarla, ya fuera psicológicamente, o de alguna otra manera. Se negó a pensar en el por qué. ¡Ella ni siquiera le gustaba como persona! Estaba llena de aristas y era mal hablada y desconsiderada. Siempre le habían gustado las mujeres suaves, con carácter menos hosco y curvas generosas. Pero cuando pensaba en sus ojos azules y ese pelo de un rojo encendido… ¡tenía que estar loco!

Y el motivo de su locura acababa de salir de su tienda y se dirigía a ellos con cara de pocos amigos.

—¡La mejor defensa siempre es un buen ataque! —murmuró Izan, divertido. Y sonrió con la única intención de molestarla.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Ella puso las manos sobre la mesa con fuerza y se agachó para que sus ojos se encontrasen al mismo nivel.

—Buenos días para ti también, Barbie.

Añadió el apodo por el placer de molestarla un poco más y ver sus ojos echando chispas.

—Vete a la mierda —susurró en un siseo.

—Esa boca—simuló reñirla para no reírse por la situación.

—A ti te mataré por bocazas —miró rápidamente a Doc para decírselo y volvió sus enfadados ojos otra vez sobre Izan.

—No te atrevas a dudar de su profesionalidad —Izan la cogió por uno de sus antebrazos con fuerza. Ella se sorprendió de la furia que demostraba y lo rápido que salió a defender a su socio—. Debería darte vergüenza pensar eso de tu amigo.

Izan pensó que, del pequeño secreto entre ellos, no tenía por qué enterarse.

Ella miró a Doc, y, al ver dolor en sus ojos, se arrepintió de inmediato.

—Lo siento, Doc. Pero me gustaría saber cómo se enteró, si no fue por ti.

—No te mereces ninguna explicación por desagradecida, pero te diré que estuve en el FBI unos años. No fue difícil rastrear un nombre falso y sumar dos más dos —cosa que sí era verdad que había hecho, una vez que su socio le contó todo sobre ella.

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