Lola Toro - Veintiún días Alexa

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Veintiún días Alexa: краткое содержание, описание и аннотация

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Nueve meses después de su secuestro, el mundo de la famosa pianista Alexia Quiroga se desmorona. Su marido la ha dejado, ha perdido a sus amigas porque no puede soportar la manera que tienen de mirarla y su carácter se ha agriado lo suficiente como para saber que ya no puede seguir fingiendo que nada ha pasado. Decide aceptar un consejo de un amigo de la familia y se inscribe para participar en el Campamento de Resistencia Extrema más duro del país a cargo del exmilitar y prestigioso psicólogo Izan Sandoval. Lo de ellos es odio a primera vista, y cuando entra en escena Blue, todo se desmadra hasta límites insospechados. ¿Podrá Alexia encontrar lo que tanto necesita en ese campamento, aunque él la odie por encima de todas las cosas?

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—¿Qué, ya no hay más insultos? ¡Lástima! Necesitas aprender qué batallas puedes ganar y cuáles no. Así te ahorrarás muchas frustraciones en el futuro.

Se mordió literalmente la lengua y salió a correr antes de lanzarse sobre él y golpearlo, que era lo que deseaba.

Aún estaba maldiciéndole en silencio cuando se dio cuenta que estaba arrastrándose por el barro, intentando no engancharse en los alambres de espinos que veía sobre su cabeza. Apretó los dientes y evitó pensar en el barro frío y pegajoso que se pegaba a su cuerpo sin piedad. Se imaginó poder estampar la arrogante cara de Izan en el barro y eso le causó una gloriosa visión, que hizo que mostrara una gran sonrisa.

Cruzar el tronco haciendo equilibrio no le causó ningún problema.

Se encontró peleando con la cuerda que había para poder escalar la pared vertical que tenía delante. Al tener poca fuerza en los brazos, se encontró resbalando hacia abajo por la cuerda, quemándose las manos en el proceso.

—Escucha Alex, te será más fácil si coges carrera y das un salto. Así te encontrarás con menos recorrido. Debes intentarlo como si hicieses rafting . Intenta andar por la pared, en vez de forzar tus brazos.

Miró a Samuel que estaba detrás de ella esperando su turno.

Tanto Marcos como Sara habían trepado por la pared sin esfuerzo. Se sorprendió de que los hermanos estaban escalando la cuerda final, con bastante estilo y sin ningún esfuerzo físico. ¡Malditos legionarios!

Ella cogió aire y se concentró mentalmente en lo que debía hacer para superar la pared.

Se dio cuenta de que estaba helada. Llevaba calada hasta la ropa interior, y sus zapatillas dejaban charcos por donde pisaba. Sus manos le ardían. Se las miró y vio los surcos rojos que las cuerdas le habían dejado. Sólo era la piel levantada, pero el agua que le chorreaba por ellas le hacía escocer mucho las heridas.

Cogió carrera y saltó en el último momento agarrándose a la cuerda y plantando los pies con fuerza sobre la pared. Cerró los ojos ante el dolor que sintió en las manos, al pelárselas aún más con el roce de la cuerda.

—Aguanta ahí —la animó Samuel desde abajo— e intenta subir caminando despacio por la pared.

Ella lo intentó y consiguió avanzar unos pocos pasos.

—Ya lo tienes, sigue así un poco más.

Los que habían terminado estaban a su lado animándola desde abajo, colocados todos junto a Samuel.

—Tira con los brazos y camina otro poco.

—No puedo tirar con los brazos —gimió pensando que, si soltaba la cuerda y volvía a caer, no le quedarían fuerzas para volver a subir.

—Tira un poco más y verás como sí subes.

—Vamos Alex, ya lo tienes.

Izan la observaba en silencio junto a los demás. Sabía el esfuerzo que necesitaban hacer las personas que disponían de buen nivel físico y veía el que estaba haciendo ella. Pensó nuevamente que, si caía, difícilmente podría volver a subir.

—Vamos Barbie, un último esfuerzo. No puedes rendirte ahora.

Ella lo oyó desde lo alto. Sentía los músculos de sus brazos empezar a temblarle por el esfuerzo de soportar su peso durante tanto tiempo. Y le vino a la mente la idea de que no quería marcharse. Estaba disfrutando con ese grupo que no le exigía nada. Le gustaba el sitio donde estaba y se sentía bien por no tener que estar en su casa encerrada y poder estar haciendo cosas nuevas, en un momento, en que lo daba todo por perdido. No quería volver al agujero en el que había estado metida en los últimos meses, así que sacó la poca fuerza que le quedaba y, cuando se dio cuenta, estaba sentada a horcajadas, en el borde superior de la pared, respirando con dificultad y mirándose las arañadas manos.

Miró hacia abajo y sonrió cuando todos comenzaron a vitorearla.

—Ahora tú.

Animó a Samuel que hizo lo mismo que ella y, al coger impulso, sobrepasó casi la mitad de la pared. Ella lo animaba desde arriba y le dio la mano cuando lo tuvo a su alcance para ayudarlo a terminar de subir lo que le faltaba. Casi la tiró de la pared al sujetarse a ella, lo que hizo reír a todos.

—Bueno —le dijo cuando se sentó junto a ella encima de la pared—, sólo nos queda la cuerda vertical y no tengo ni idea de cómo voy a subirla.

—No va a desaparecer ni a subirse sola por más que la mires. Alex, vamos, no tenemos todo el día. Los compañeros están cansados.

—Calla de una vez. Yo también estoy cansada —le murmuró enfurruñada, y volvió a concentrarse en la cuerda, como si fuese un jeroglífico que pudiese resolver si lo miraba con atención.

Izan intentaba animarla a subir.

Ella lo había intentado ya dos veces y apenas había logrado subir un metro

—¿Te puede sujetar alguien la cuerda desde abajo?

—Ya sabes que no.

Lo miró molesta de nuevo. Él levantó una ceja divertido, invitándola a que lo insultase de nuevo. Ella resopló y él soltó una carcajada.

—Vamos pequeña, tú puedes hacerlo, hasta yo he podido.

Miró a Samuel que había podido subir la cuerda, no sin esfuerzo, en el primer intento.

—Alla voy —saltó agarrándose a la cuerda con las manos, pero al no encontrar el apoyo del nudo, se resbaló quemándose las manos de nuevo.

¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Dios! Se cubrió las manos bajo las axilas mientras daba vueltas sobre sí misma intentando que se le pasase un poco el dolor.

—Eso ha tenido que dolerle —susurró Ana apenada.

—Déjame verlas —intentó apartarse de él—, estate quietecita.

Izan se las cogió sin contemplaciones y miró las heridas hechas con la cuerda. La mayoría era sólo la piel levantada, pero había algunas más, donde la cuerda le había quemado con más intensidad que comenzaban a sangrarle un poco. La miró a los ojos sin decir palabra, quizás intentando adivinar cómo se sentía. Miraba las manos y sus ojos de manera alternativa hasta que suspirando la soltó.

—Difícilmente podrás subir con las manos en esas condiciones.

Ella lo miró asustada.

—¿Tendré que irme?

—Lo siento Barbie, pero son las normas.

Ella vio pesar en sus ojos. Se sorprendió al comprobar que no parecía que quisiese que se fuera y ella no quería irse.

—¿Puedo usar guantes?

Izan la miró confundido

—Podrías, si tuviéramos.

—Bien.

Y sin pensárselo dos veces, se quitó su camiseta mojada, ante la cara de sorpresa de todos. Era como si su hubiese puesto una diana en el pecho, ya que al llevar la camiseta antes, esa zona no la llevaba manchada de barro como llevaba todo lo demás, incluida parte de su cara y su pelo.

—Alex, ¿qué demonios estás haciendo?

—Tirad de ahí —les dijo a Marcos y a Samuel, que entendieron lo que ella quería hacer con la camiseta.

Con dos tirones la rompieron por la mitad y ella se envolvió cada mano en un trozo, improvisando unos guantes. Saltó a la cuerda y esta vez se sujetó con sus largas piernas a los nudos existentes y empezó a subir con lentitud, pero subía.

Izan no sabía bien lo que hacer. Se sobresaltó cuando ella se quitó la camiseta y se quedó con el sujetador deportivo y tuvo la loca idea de golpear a los compañeros que se la comían con la vista. ¡Esa mujer estaba loca y lo iba a volver loco a él!

No podía decirles que dejasen de mirarla. En ese momento sólo se podía ver su espalda y sus piernas sujetándose como un pequeño mono a la cuerda. Y seguía subiendo ante los silbidos divertidos de los demás.

—Barbie, hemos podido vislumbrar el tamaño de tus tetas. No estás tan delgada después de todo

—Ya te digo —Samuel la miraba sorprendido, como si de golpe le hubiesen salido dos cabezas.

—No seáis borde —recriminó Raúl a sus compañeros, aunque también la miraba desde abajo, sin apartar la vista de su espalda.

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