Lola Toro - Veintiún días Alexa

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Veintiún días Alexa: краткое содержание, описание и аннотация

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Nueve meses después de su secuestro, el mundo de la famosa pianista Alexia Quiroga se desmorona. Su marido la ha dejado, ha perdido a sus amigas porque no puede soportar la manera que tienen de mirarla y su carácter se ha agriado lo suficiente como para saber que ya no puede seguir fingiendo que nada ha pasado. Decide aceptar un consejo de un amigo de la familia y se inscribe para participar en el Campamento de Resistencia Extrema más duro del país a cargo del exmilitar y prestigioso psicólogo Izan Sandoval. Lo de ellos es odio a primera vista, y cuando entra en escena Blue, todo se desmadra hasta límites insospechados. ¿Podrá Alexia encontrar lo que tanto necesita en ese campamento, aunque él la odie por encima de todas las cosas?

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—Buenas noches. ¿Cómo van tus manos? ¿Te duelen?

Ella lo observó y no pudo discernir en él nada diferente a la noche anterior, antes de saber que se había acostado con Sara. ¡Maldita sea si le importaba!

Se encogió de hombros con indiferencia.

Él se sorprendió por el odio que sus ojos mostraban, sin reservas.

“¿Y ahora qué demonios le he hecho a esta mujer?”

—¿Algún problema conmigo? —decidió ir al grano, al fin y al cabo, ella no tenía pelos en la lengua y no disimulaba su odio la mayoría de las veces—Si tanto te molesta mi compañía, me voy.

—No eres el ombligo del mundo.

Ahí estaba, sin disimulos ni falsedades.

—Gracias a Dios que no. Entonces, ¿qué se supone que te he hecho ahora, para que me mires como si fuese un insecto?

—Quizás porque lo eres.

No pensaba decirle que lo sabía. Ni que él pensase que a ella le importaba con quién se acostaba. Y se enfadaba con ella misma por dejar que la noticia la molestase, sin saber siquiera el por qué.

—Si vas a insultarme, al menos me gustaría saber qué es lo que te he hecho… hoy.

Silencio.

—Vamos… con lo que te gusta poder echarme en cara lo mal que hago las cosas, o los pocos escrúpulos que dices que tengo.

No pensaba decirle nada.

Bastante ego tenía ya como para saber que le había molestado ver a Sara presumiendo ante ella por haber podido llevárselo a su cama.

¡Cómo si a ella le importase!¡Qué se fueran al infierno los dos!

Podía oír los engranajes de su cerebro pensando y decidió cambiar de tema, a ver si conseguía enterarse por otros medios.

—¿Has vuelto a tener pesadillas?

Lo miró sorprendida por su cambio de tema. Estaba tan acostumbrada a que él insistiese en un tema, como un perro con un hueso, que no se esperaba ese giro en la conversación.

—Sobreviviré.

—¿De qué tratan?

Ella se tensó y entrecerró los ojos mirándolo con atención.

Silencio.

—¿Sueñas con la persona que te secuestró? ¿Con seguir encerrada todavía? Es muy normal tener pesadillas después de pasar por un trauma como ese.

—Lo sé—intentó alejar su mente de los recuerdos que él intentaba que evocase.

—Lo que no es normal es no querer hablar de ello.

La miró con intensidad, intentando leer en sus ojos. Su cara estaba pálida a la luz del fuego y no mostraban nada de lo que podía estar pensando en ese momento.

—Alex, no desaparecerán nunca si no hablas de ello. No te vale el negarte a ti misma lo que pasó. Pasó. Eres una superviviente y una mujer increíblemente valiente y con una entereza envidiable. Pero esos fantasmas serán reales hasta que los dejes salir. Y te estarán atormentando mientras tanto. ¿Piensas seguir encerrada en esa habitación siempre?

Ella lo miró en silencio. ¿Podría contárselo a él? ¿Qué pensaría de ella si lo hacía? ¿La juzgaría? No se lo había podido contar a Doc porque pensaba que cambiaría la idea que tenía de ella y no soportaría ver pena en sus ojos. No quería mezclarlo con toda esa mierda. ¡Vergüenza, era lo que sentía y no la dejaba contarlo para que nadie tuviese que saber por lo que había tenido que pasar!

Negó con la cabeza en silencio y se volvió a mirar el fuego apartando sus ojos de él.

Izan pensó que se lo contaría, o al menos supo por su expresión que se lo estaba pensando. Aunque luego negó con la cabeza y supo que ese momento había pasado.

Siguió con la mirada algo que captó su atención y que había devuelto el desagrado a su cara. Cuando vio a Sara y la mirada que le dirigió, supo que ella la había visto salir de su habitación y se supuso lo que la otra le había dicho, para que ella lo odiara aún más de lo que lo hacía normalmente.

Sonrió con satisfacción. Estaba claro lo que Alex pensaba que había pasado entre ellos. Pero le sorprendió que a ella le importase tanto. Podía aclarárselo en un segundo, negándolo, pero decidió aprovecharlo para ver a donde lo llevaba eso.

¡No podía ser que ella estuviese celosa!

—Creo que tu amiguita te busca —le soltó agria

Izan sonrió aún más.

—Mi amiguita ya ha tenido suficiente por esta noche.

Y así era, aunque no tenía nada que ver con lo que Alex pensaba. ¿De verdad creía que podía liarse con una mujer como Sara? No sabía bien si sentirse halagado u ofendido por pensar eso de él.

—Estoy segura de que sí.

No pudo evitar soltárselo

—¿Estás celosa?

—¿De dónde demonios sacas esa idea?

—Todo ese odio contenido hacia mí me hace pensar que quizás no sea sólo desagrado.

—Más quisieras.

—Bueno, no quiero herir tu orgullo, pero ya te dije que me gustan las mujeres con curvas generosas.

—Claro.

No le gustó nada que menospreciara así su cuerpo.

Izan siguió con su burla.

—También me gustan las mujeres de carácter dulce y apasionados.

—Como ella —susurró Alex entre dientes.

—Exacto.

Se negó a reírse y siguió atormentándola un poquito más. Arrastrarla por el fango un poco le valdría para intentar apaciguar ese maldito carácter que tenía.

—Y me encanta el pelo negro y sedoso y no ese color rojo y escandaloso que tú tienes.

—Por supuesto —¡será idiota el tío!

—Y además…

—Ya basta…

Su ego no soportaba más que lo pisotease y sin saber bien lo que hacía, se levantó, se sentó a horcajadas sobre él en su misma silla y se abalanzó sobre su boca que la recibió más con sorpresa que otra cosa.

Le dio un beso que chisporroteó entre los dos, como el fuego que los calentaba. Ella le mordisqueó el labio inferior y luego se lo lamió con la lengua. Él gimió, la abrazó con fuerza y la cogió del pelo con brusquedad, para colocarle la cabeza en un ángulo más ventajoso para asolar su boca con la lengua. Ella sabía a pecado y levísimamente a café, y olía a melocotones maduros. Ante eso, él sólo podía aferrarse a ella y sentir en sus oídos el rugido de su sangre, como si fuese una moto a toda velocidad.

Ella, por su parte, no sabía cómo había perdido la razón para provocarlo como lo había hecho. En esos momentos se abrazó a su cuello y se restregó sobre su sexo, sin ningún reparo, intentando calmar un poco el fuego de su interior y de su entrepierna. Sintió su sexo crecer aún más, si fuera posible, y logró que Izan gruñera de frustración aún más alto y la abrazara más fuerte, pegándola aún más a su cuerpo.

Ella sentía que se derretía entre sus brazos y pensó absurdamente que ya formaba parte de su cuerpo. Sentía el sabor de Izan, potente y sexi en la boca, como si fuese parte de su propio sabor y sus respiraciones se acompasaron como si fuesen una sola.

Pensó, con el poco control que le quedaba, que tenía que poner distancia entre ellos. No pensaba llegar tan lejos. Sólo atormentarlo un poco por haberla menospreciado así. Y casi sin respiración, se retiró de él con la misma brusquedad con la que se había acercado. Se quedaron mirándose en silencio, frente a frente, mientras intentaban apaciguar su respiración y recuperar la sensibilidad de sus piernas.

Los ojos de Izan estaban oscuros, reflejando la tormenta interior que ella había provocado y ya no parecían serenos, sino peligrosos.

Los de ella estaban suaves y soñadores.

“¡Así que esto es lo que provoca el deseo en ella!”, pensó Izan fascinado. Acababa de comprobar otra cosa que ella hacía con la misma pasión. Besarlo sin pudor y sin barreras.

Y la deseaba con desesperación.

—Esto es lo que hago yo con mi pelo horrible, mi mal genio y mi cuerpo con pocas curvas.

Cuando notó que Izan iba a volver a besarla, se levantó con rapidez y entró en su tienda sin mirar atrás.

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