La mujer en cuestión pareció dar por buena la explicación y se apiadó de Doc, que no había abierto la boca todavía. Le cogió la mano con cariño.
—Por favor, perdóname. Ya sabes cómo soy.
El hombre le apretó la mano y le sonrió, demostrándole que la había perdonado.
—Ahora aparca ese mal humor que es muy temprano y siéntate a desayunar. Vienen los demás.
Ella se sentó frente a Doc y esperó al resto, que se sentaron rápidamente a su alrededor.
—Buenos días, Barbie.
Marcos sonrió ante el gesto de ella al oír el odioso apodo.
—Estoy hambriento, ¿Izan, qué vamos a hacer hoy? Parece que va a llover.
—Eso parece. —Izan analizó el cielo unos minutos y volvió sus ojos a Raúl—. Hoy haremos pista americana.
—¿Lloviendo? —Sara también miró fuera, donde gruesos goterones comenzaron a caer de manera perezosa, cómo si no tuviesen decidido lo que hacer aún— No seas perverso Izan, podíamos hacer algo en el interior
Alex se imaginó por su tono de voz lo que le gustaría a ella hacer en el interior con él. Pero Izan no pareció darse por aludido, en ningún aspecto.
—Sólo es un poco de agua… Creo que no encogeréis… Coged fuerzas. Sobre todo, los que anoche no os dignasteis a salir de la jaiba para cenar, que, por cierto, ya sabéis que no quiero que os saltéis ninguna comida, sobre todo tú, Raúl.
—Dios, me acosté después del masaje y no he dado señales de vida hasta esta mañana. No sabía que estaba tan cansado.
—Pues excepto Samuel y yo, los demás estaban como tú.
Marcos apuró su café y miró fuera, pesaroso.
—Si esta lluvia aprieta un poco más, esa pista americana se convertirá en un lodazal antes de la primera vuelta.
—Pues que ilusión.
Alex no pudo evitar murmurarlo mirando a Izan con toda la intención y, al no recibir respuesta, añadió.
—No sabía que fueras un sádico. —Seguro que eso sí lo haría reaccionar, pensó molesta ¡Dios, se había levantado de un humor de perros!, comenzaba a dolerle la cabeza por no descansar bien. Se había pasado la noche en un inquieto duermevela que la había dejado cansada y con ganas de pelea.
—No tienes ni idea, pequeña Barbie —y la sonrisa lobuna que le dirigió no la tranquilizó en absoluto.
Marcos tenía razón en que la pista se convirtió en un lodazal con el agua que comenzó a caer con fuerza.
No tardó ni quince minutos en estar calados y helados hasta los huesos.
El ejercicio era un circuito circular donde había primero que correr 5 Km en la pista que lo rodeaba. Se suponía que para calentar las articulaciones antes de hacer los ejercicios específicos de la pista americana, que consistía en correr pisando entre neumáticos de coche 1 km. Luego tenía que pasar sobre un tronco suspendido, que atravesaba un enorme lodazal. Luego había que trepar por una pared casi vertical de unos cinco metros de altura, agarrado a una cuerda, que te ayudaba a trepar por ella. Volvías arrastrándote por una pista llena de alambres a la altura de las rodillas y acababas trepando con una barra sujeta a dos palos, que tenían una especie de escalones para poder trepar por ella, sólo ayudándote por el impulso de tus brazos. Por la enorme complejidad de ese ejercicio había una alternativa, que era subir por una cuerda deslizada de manera vertical, que tenía unos nudos cada metro aproximadamente, para ayudarte a trepar por ella. Alex dudaba mucho que sus brazos aguantaran para realizar ninguno de los dos últimos ejercicios.
Contempló a Izan que estaba con ellos, explicándole los ejercicios y se sorprendió al verlo tan tranquilo. Aunque estaba tan mojado como cualquiera de ellos, parecía encontrarse en su elemento. El agua no parecía molestarle en absoluto.
Ella contempló su camiseta, que, al estar mojada, se ceñía a su pecho como si no llevase nada puesto. Al perfilar todos esos músculos marcados, no pudo evitar que su boca se le hiciese agua. ¡Estaba para mojar pan! Y lo peor de todo era que él lo sabía y parecía totalmente inmune a las miradas lascivas que le lanzaba Sara y ella misma, lo que lo hacía mucho más sexi.
Izan agradeció el agua fría que lo enfriara de las miradas que Alex le lanzaba de vez en cuanto, cuando pensaba que no lo advertía. De las de Sara ya estaba acostumbrado. No era de extrañar en ella. ¡Umm! ¿pero de Alex? Era deseo puro lo que podía ver en sus ojos, no se imaginaba que ella lo pudiese desear. De hecho, estaba seguro de que, si se lo hiciese ver, ella lo negaría, ya que apenas lo soportaba y el sentimiento era mutuo. Pero estaba claro que el deseo tenía sus propias reglas y no tenía nada que ver con el sentido común. Lo de desearse era un rompecabezas que encajaría en su momento. Pero que estaba dispuesto a comprobar hasta donde los llevaría más adelante. Primero tenía que solucionar sus problemas más urgentes y luego se dedicaría a ella. ¡Dios, le apetecía tanto poder catarla como si fuese un helado, con largos lametazos lentos! ¡O zampársela de un rápido mordisco! Pero primero era lo primero.
—Si no tenéis más dudas, adelante. Primero son los 5 km a la pista y luego empezáis el circuito, no hace falta deciros que hay que acabar todos los ejercicios.
—¿Qué pasa en el caso de no poder terminar el último?
—Quién no acaba una prueba se queda fuera, esas son las reglas Alex, ya lo sabes.
—Pero no lo veo justo. Mira lo que está cayendo.
—Pues pon una queja.
—Eso es un maldito lodazal, ¿cómo crees que podremos arrastrarnos por ahí?
Izan la miró divertido antes de replicar.
—Sólo es barro, Alex.
—Pues entonces arrástrate tú, ¿no te jode?
La sonrisa de Izan se borró.
—Alex no voy a discutir contigo, cuanto antes acabéis, antes nos iremos todos a las duchas y nos pondremos ropa seca.
—No pienso arrastrarme por el barro, como si fuese un cerdo.
Y cruzó los brazos para dar más énfasis a sus palabras.
—Estás en tu derecho de hacer lo que quieras. Si no lo vas a hacer, coge tus cosas y lárgate —le espetó, molesto—. Resulta que la marquesita no puede mancharse con un poco de barro.
Lo dijo para provocarla. Estaba claro que su mal humor había empeorado bastante, probablemente por la incomodidad de la lluvia, pero no iba a concederle deferencia alguna. Las cosas eran así. Las normas estaban claras. Los ejercicios había que terminarlos con el tiempo atmosférico que hiciese. ¡Una pena después de todo! ¡Pensaba que tendría más aguante!
—Eres un arrogante, incapaz de ver más allá de tu maldito ombligo. Empecemos de una vez que pueda perderte de vista.
Izan sonrió, pensando en cómo iba a disfrutar haciéndola embadurnarse de barro.
—Gracias a nuestra querida Barbie, estáis todos penalizados con veinticinco flexiones que tendréis que hacer una vez terminado el circuito.
Ella abrió los ojos sorprendida y continuó con sus quejas.
—Eres una alimaña de la peor clase.
Izan volvió a sonreír, ¡esa mujer era increíble! Lo miraba con ojos furiosos. Le caía el agua de la cara, formando surcos mientras bajaba por su cuello, como pequeños ríos desbocados. Estaba tan furiosa que él pensaba que podría evaporar el agua de su rostro, por el calor que transmitía.
—Acabas de sumarle al equipo veinticinco flexiones más.
—Eres… eres…
Izan podía ver como su cerebro buscaba un insulto suficientemente malo, para poder gritárselo.
—Adelante Barbie, me muero por oír tu siguiente insulto.
—¡Barbie, por Dios, cállate de una vez!
Ella miró a Samuel entre sorprendida y apenada y entendió que no podría ganar esa batalla con Izan, lo que le provocaba más frustración que otra cosa.
¡Odiaba esa sonrisa arrogante y esa mirada de perdonavidas que con tanta frecuencia le dirigía!
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