María Victoria López López - Enfermería y ciencias sociales - posibilidades para la formación profesional

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Enfermería y ciencias sociales: posibilidades para la formación profesional: краткое содержание, описание и аннотация

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Enfermería y ciencias sociales: posibilidades para la formación profesional condensa buena parte de la experiencia de su autora durante más de veinte años como docente de asignaturas de las ciencias sociales para la formación en enfermería y como investigadora de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia. En este libro, María Victoria López comparte con generosidad y rigurosidad sus aprendizajes, reflexiones y preguntas sobre las relaciones entre la enfermería y las ciencias sociales, ubicadas en el ámbito de la formación profesional, como una manera de reciprocidad, de contribuir al avance del conocimiento y de generar nuevas inquietudes, no solo a enfermeros y enfermeras, sino también a profesionales y estudiosos de las ciencias sociales, y al público interesado en el cuidado y en la enseñanza de la enfermería.María Eumelia Galeano Marín

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En tal sentido, Torres y Torres (2017) destacan, a la luz de las nuevas perspectivas en los procesos de construcción de conocimiento y en la dinámica histórica de la construcción de la realidad social, el papel activo de los sujetos y la importancia de la subjetividad. Este planteamiento reafirma la tensión entre lo objetivo y lo subjetivo como constituyente de la realidad social, circunstancia que debe recuperarse para el estudio del cuidado enfermero y su contextualización en función de los grupos poblacionales a los cuales se dirige, de sus características culturales y del objetivo de cuidar, recuperar y mantener la salud de los seres humanos.

El cuidado a la salud requiere de un acercamiento diagnóstico que tenga presentes tanto las características objetivas de salud o enfermedad como las características específicas, subjetivas y culturales, de los lugares en los cuales se realiza el cuidado y de los grupos a los que pertenecen las personas que reciben cuidados. No se trata solo de lo estructural relativo al cuidado y a la salud, sino de interpretar y comprender a los sujetos sociales en su interacción, en su contexto, como algo en el presente, en el devenir, en el momento de la interacción. Esto implica recuperar, además de las orientaciones de la ciencia, su interacción con el pasado y el presente de los sujetos sociales, los cuales se adscriben a grupos poblacionales específicos, a la otredad.

Zemelman (1992a) diferencia, precisamente, tres momentos de análisis, no lineales, que se refieren a las formas de constitución del sujeto y que pueden ayudar a reconocerlo y a realizar adecuadamente el diagnóstico del que se habla. En primer lugar, está el momento de lo individual, de lo familiar, de lo cotidiano; en segundo lugar, el de lo colectivo, de la identidad, del horizonte histórico compartido, pero no como un agregado de individuos, sino como un espacio de reconocimiento común, y, en tercer lugar, el de la fuerza del proyecto con capacidad de desplegar prácticas dotadas de poder.

Identificar lo anterior supone considerar los aportes de las ciencias sociales, humanas y del comportamiento, así como propender por construcciones interdisciplinarias y transdisciplinarias para orientar una relación de diálogo en ejes problemáticos que rebasen lo disciplinar y conduzcan a soluciones más pertinentes, contextualizadas en función de la cultura y de vivencias que ayuden a precisar a quienes, como individuos, requieren de atención.

Todo esto hace que para los profesionales de las ciencias sociales sea una tarea central el “reencantar el mundo”, es decir, acercar los seres humanos a la naturaleza y comprender que ambos son parte de un mismo universo en el que se expresan discontinuidades, ires y venires, diversas formas de tiempo más allá de la sucesión de eventos; lo que hace necesario también “reinsertar el tiempo y el espacio como variables constitutivas internas en nuestros análisis y no meramente como realidades físicas invariables dentro de las cuales existe el universo social” (Wallerstein, 1996, pp. 81-82), de manera que las formas de crear conocimiento y de interactuar con él cuenten con estos elementos como contexto.

Ahora bien, hasta este punto se ha remarcado la importancia de reflexionar sobre la posición del sujeto cognoscente ante la construcción de conocimiento, lo que Zemelman (2001) denomina el sentido preteórico y que hace referencia a que el individuo se dé cuenta de las circunstancias, se ubique en ellas y asuma su postura frente a un horizonte de conocimientos que le es posible construir a partir de lo que vive. Sin embargo, no es menos importante en este análisis la posibilidad de cuestionar la relación que se ha construido con la ciencia, pues, como lo plantea Morin (1984), “la ciencia comienza hoy a desvelar sus verdaderos rostros […], no es ni diosa ni ídolo; tiende a confundirse cada vez más con la aventura humana de la que ha surgido” (p. 17). De manera que debemos descentralizarla para reconocer no solo sus aportes, sino también sus ocultamientos.

Avanzar en este campo es una tarea en la cual se debe profundizar, pues romper con el culto exacerbado a la construcción de la ciencia ha sido el camino que ha permitido aceptar otras racionalidades, visibilizar y probar rutas distintas a la de la modernidad y la ciencia objetiva y reconocer el sujeto y la fuerza creadora de los grupos sociales como actores. Esta labor es pertinente tanto en las ciencias sociales como en otros campos, como la salud y, particularmente, la enfermería, desde donde se construyen realidades en medio de adversidades y esperanzas.

Un referente epistemológico a tener en cuenta sobre la relación entre la enfermería y las ciencias sociales que permite, a su vez, cuestionarla, se encuentra en lo que sugieren Jarillo y Arroyave (1995). Para estos autores, la definición de las ciencias sociales, al igual que la de otras áreas del conocimiento, no es disciplinaria, sino que se trata de procesos cambiantes y del reconocimiento de que, aunque la fortaleza de la definición de las disciplinas y su coherencia interna son necesarias, no son suficientes, pues ellas se validan en la aplicación y definición de los objetos que actúan. En este sentido, es preciso decir que la salud no es originariamente del dominio de las ciencias sociales, sino que es una construcción que se asume en la búsqueda de explicaciones relacionadas con la naturaleza y las características del objeto de estudio; es por ello que, para estos autores, lo central en la reflexión sobre la relación entre las ciencias sociales y la salud es el objeto, el cual, como se señaló, rebasa el alcance de las disciplinas, que si bien contribuyen a su comprensión, no abarcan plenamente el problema.

En este orden de ideas, para adentrarse en el análisis del objeto es necesario comprender que este se deconstruye y reconstruye, y que tiene singularidades enmarcadas en un contexto. Por ello, se precisa identificar los procesos que lo explican en su condición de único y, a través de las distintas disciplinas, contribuir con explicaciones que den cuenta de su complejidad y alcance. Es en esta búsqueda que cobra sentido e importancia reconocer la relación entre saberes.

Lo señalado lleva a considerar que las relaciones entre las ciencias sociales y la salud dependen del tejido que se arma entre los saberes a la luz del paradigma dominante y los subordinados. Así pues, cuando se piensa, por ejemplo, en salud, y se actúa según ella, en el caso de necesitar evidenciar una enfermedad para poder tratarla y para que sea posible demostrar su presencia a través de indicadores de medición cuantitativa y verificación, lo procedente es seguir los cánones de la ciencia. Es desde esta perspectiva que los aportes de las ciencias exactas, las biológicas y las naturales son centrales, mientras que el lugar de las ciencias sociales es complementario, pues ayudan a hacer diagnósticos de necesidades de atención o a solucionar problemas inmediatos. En este marco, la salud se torna un asunto predominantemente procedimental y las ciencias sociales un instrumento práctico en el escenario de las técnicas de observación, entrevistas, encuestas o estudios etnográficos que incorporen las posibilidades de una relación de diálogo a partir de algunas variables socioeconómicas que permitan tener elementos de contexto.

Ahora bien, si lo que se busca es comprender la salud como medio para la realización de la vida, se imponen diálogos interdisciplinares e interculturales que, como lo han sugerido algunos teóricos en salud colectiva como Saúl Franco (1993), requieren tener presentes no solo los saberes y las prácticas, sino también los significados y la visibilidad que tienen los sujetos implicados en el proceso vital humano, el de salud-enfermedad-muerte. A este proceso Canguilhem (1971) lo denominó “modos de andar por la vida”, para subrayar el carácter dinámico y cambiante de la relación salud-enfermedad, y para mostrar estos estados como formas históricas y biopsíquicas ancladas en el pasado y que, a su vez, prefiguran los futuros posibles. Es por ello que la reflexión sobre la vida no se orienta a un sujeto ideal, ubicado por fuera de la vida, sino a la vivencia subjetiva de la relación salud-enfermedad, al cuerpo subjetivo.

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