En el capítulo 3 se destacan aspectos de la evolución histórica de la enfermería y su concepto fundamental: el cuidado. Se subrayan temas como la pertinencia del análisis histórico, los rasgos de la historia de la profesión, el cuidado como acción y relación social, y algunos enfoques contextualizados del cuidado.
Finalmente, a manera de conclusión, se presentan algunas tensiones, complementariedades y confluencias entre los campos de la enfermería y las ciencias sociales como campos de saber y de práctica, y como ámbito de formación profesional. Estas permiten identificar referentes de las ciencias sociales en la enfermería y tomar en cuenta la relación entre esta última y disciplinas de las ciencias sociales (sociología, psicología, antropología y pedagogía), no solo por los aportes explícitos en los cursos vigentes, sino también por algunas reflexiones acerca del currículo como categoría sensibilizadora del proyecto, que supera la técnica y lo vincula con las ciencias sociales orientadoras de ejes problemáticos de la salud y el cuidado.
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Acotaciones teórico-metodológicas
Referentes para la lectura de las ciencias sociales
Las ciencias sociales configuran un campo en el que confluyen distintos saberes disciplinares que se ocupan de la construcción de la vida en lo individual y lo colectivo, a la vez que comparten el estudio e intervención de problemas y respuestas que emergen en este proceso. Ello permite formular nuevas hipótesis o explicaciones, identificar escenarios, recoger distintas propuestas metodológicas y proponer conceptos que se retoman y se incorporan a la experiencia y al lenguaje cotidiano (Puga, 2009).
Desde una perspectiva crítico-social, se entiende que las ciencias sociales son expresiones formalizadas de acercamiento a realidades complejas, a la materialización de condiciones interconectadas como los procesos de individuación y socialización, y a las distintas formas, colectivas e individuales, de crear la vida, a lo largo del tiempo o desde lo cotidiano, con reconocimiento de determinadas regularidades y, a su vez, de incertidumbres y caos (Berger y Luckmann, 2008). Lo anterior lleva entonces a pensar las ciencias sociales como un espacio que se renueva a partir de relaciones dinámicas que suponen no solo cambios en los paradigmas explicativos de los que se sirve y en el papel de los sujetos, sino también el reconocimiento de una realidad siempre cambiante e incierta frente a la cual no suele haber salidas o explicaciones inmediatas.
El objeto de las ciencias sociales es comprender la realidad social en su carácter sociohistórico y cultural, razón por lo cual los sujetos se tornan en protagonistas del análisis, en cuanto constructores de distintos modos de vida y como seres que se forman en la interrelación con los demás y con los entornos económicos, ambientales, políticos e ideológicos, entre otros. Es precisamente en esta tarea interpretativa en la que los cientistas sociales enfrentan retos teórico-metodológicos para dar cuenta de cómo se construyen los datos de los criterios con los que se estructuran las preguntas y de cómo se interpreta la realidad. Al respecto Zemelman (2010) señala:
El primer desafío se traduce en tener que problematizar lo que se entiende por realidad socio-histórica […]. No es posible pensar en ningún tipo de estructura social, económica o política, como tampoco cultural, si no es como resultado de la presencia de sujetos en complejas relaciones recíprocas en cuanto a tiempos y espacios; lo que implica tener que enfocar los procesos como construcciones que se van dando al compás de la capacidad de despliegue de los sujetos, los cuales establecen entre sí relaciones de dependencia recíproca según el contexto histórico concreto (p. 356).
Esta claridad para las ciencias sociales, según Jaime Osorio (2012), abre dos caminos necesarios. En primer lugar, reconocer que toda observación y lectura que se haga de la realidad social estará cargada de teoría y de intencionalidades. Los datos son construcciones, razón por la cual es necesario dar cuenta de por qué se privilegian determinadas realidades, de los horizontes de visibilidad y los que quedan ocultos, así como de las posibles consecuencias que se generen por las rutas asumidas. En segundo lugar, posibilita encontrarle sentido a la transdisciplinariedad, pues, al margen del origen disciplinar, se requiere fortalecer diálogos académicos que, en la dimensión teórico-epistemológica y metodológica, rebasen las fronteras de los saberes para orientar a nuevas y, posiblemente, más complejas interpretaciones y acciones.
De esta manera, una condición esencial que direcciona el análisis y la contribución a la transformación de lo social, desde las ciencias sociales, es el reconocimiento del carácter dinámico de la realidad, de lo incierto, lo aún no dado, y del papel que tienen los sujetos como artífices de la construcción de relaciones susceptibles de transformaciones sociopolíticas, las cuales también generan impactos en distintas dimensiones de lo individual y lo colectivo. Tal como lo señala Edgar Morin (1984), contrario a lo que indica la ciencia formal y pese a las certezas innumerables, enfrentamos un proceso de conocimiento que se caracteriza por su complejidad, lo que trae consigo relaciones de incertidumbre y riesgos de error en su ejercicio.
En relación con la interdisciplinariedad, más allá de la aceptación de diálogo entre campos de saber, es importante insistir en la pertinencia de abogar por un “razonamiento de umbral” que lleve a abrir la mirada disciplinar y que dé la posibilidad de formular nuevas preguntas que trasciendan lo establecido por las disciplinas específicas. Romper esos esquemas hace posible reconocer nuevas realidades y construir conocimiento que no se limite a los ámbitos de sentido definidos originalmente en las disciplinas (León, 1995).
Asimismo, desde el paradigma crítico se concibe que la realidad va más allá de lo que existe y que es preciso avanzar en la reflexión sobre posibilidades y limitaciones de las ciencias sociales, de modo que se enfrente la rigidez con la que en ocasiones se produce conocimiento:
La realidad, como quiera que se la conciba, es considerada por la teoría crítica como un campo de posibilidades, siendo precisamente la tarea de la teoría crítica definir y ponderar el grado de variación que existe más allá de lo empíricamente dado. El análisis crítico de lo que existe reposa sobre el presupuesto de que los hechos de la realidad no agotan las posibilidades de la existencia y que, por lo tanto, también hay alternativas capaces de superar aquello que resulta criticable en lo que existe. El malestar, la indignación y el inconformismo frente a lo que existe sirven de fuente de inspiración para teorizar sobre el modo de superar tal estado de cosas. Las situaciones o condiciones que provocan en nosotros malestar, indignación e inconformismo parecen no ser excepcionales en el mundo actual (Santos, 2006, p. 16).
Según Santos (2006), se requiere que las ciencias sociales ayuden a comprender la realidad no como asunto externo a los sujetos, sino como parte de estos y como constructoras de sentidos en ámbitos posibles. De esta manera, dicho autor sugiere la creación de nuevos modos de producción de conocimiento en los que se pase de la teoría de la visibilidad a una práctica social en la que se valore la importancia epistemológica que tiene una construcción del conocimiento frente a las circunstancias histórico-sociales. Se trata de buscar aproximarnos a una epistemología amplia e incluyente que dé cuenta de posibilidades de ampliación de la ciencia. Esta puede surgir en lo regional o en lo local, aunque es en el contexto global donde la ruptura de las fronteras, con el intercambio de subjetividades e información, opera de forma más nítida tanto en lo económico como en la manifestación de lo sociocultural y en lo humano.
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