Ricardo conserva el concepto de instinto; y al igual que Freud sostiene que siguen vigentes los valores de la prehistoria presente en los tabúes sociales y en los valores contenidos en el Superyó; desarrolla hasta sus últimas consecuencias el resultado de la represión del complejo de Edipo y las de su sepultamiento. Ricardo niega a Freud que sostiene que el sistema totémico y el Superyó están en el fundamento de la cultura, afirmando en oposición a esa postura, que el sistema totémico y el Superyó están en el fundamento de la incultura y de la autodestrucción de la humanidad pues, al imponerse la represión de los propios deseos y más aún, la destrucción de los sistemas de Hm que los sustentan, por imperio del terror al presunto espíritu vengativo de un muerto, tal como habría ocurrido en los albores de la primitiva humanidad, se impone el renunciamiento a la aprehensión y valoración adecuada tanto de la realidad interna como de la externa y, en consecuencia, también se impone la imposibilidad de realizar las acciones específicas que permitan satisfacer las necesidades humanas más profundas, con lo cual el malestar cultural no sólo no se resuelve sino que además se ahonda cada vez más.
A la vez, Ricardo conserva la riqueza inherente al pensamiento de Freud: al desenvolverlo, ese pensamiento aparece en otro nivel conceptual, abriendo así nuevas perspectivas para acceder a las múltiples manifestaciones de la realidad en su plenitud.
La exposición se fundamenta en principios metapsicológicos elaborados por Freud. Los desarrollos que siguen son los que por su misma naturaleza esos principios exigen, sin recurrir a experiencias o razonamientos que pueden tener sentido dentro de otros campos del conocimiento. La experiencia clínica aparece reflejada en la especulación metapsicológica mediatizada por la actividad del pensamiento y tengo la convicción que en el diálogo que mantienen Freud y Ricardo con nosotros exigiéndonos concentración y trabajo elaborativo, esos principios no solamente permiten ahondar en la comprensión de la complejidad del alma humana y de la cultura que ha creado, sino que además, en la medida en que podamos incorporar ese diálogo, se abre la posibilidad de que surja el germen de un nuevo nivel de organización cultural apuntando a intentar que no implique al mismo tiempo una nueva defusión instintiva.
Las citas textuales de Freud, que se hallarán a lo largo de toda la obra, son extraídas de las Obras completas en castellano, editadas por Santiago Rueda y han sido cotejadas con las Gesammelte Werke y la Standard Edition.
El punto de partida más inmediato de estos desarrollos es el análisis que fui realizando de varios textos de Freud, los que, a priori, me parecía tenían más que ver con el problema de la relación del sujeto con la realidad y las perturbaciones de dicha relación; a estos desarrollos se unieron ciertas circunstancias ocasionales como el X Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis y el Simposio sobre Narcisismo realizado en la Asociación Psicoanalítica Argentina. Uno de los temas del Congreso era “Identidad e identificación en la cultura actual”, que relacioné en un trabajo presentado con otro de los temas: “El Yo y el Ello 50 años después”; el Simposio sobre Narcisismo me llevó a profundizar el texto correspondiente de Freud. El desarrollo de dichas temáticas me fue mostrando una secuencia que hacía emerger una problemática coincidente con mi inquietud inicial: la investigación de los distintos niveles de constitución de lo real en nuestra subjetividad o, lo que es igual, la constitución de nuestra realidad psíquica; a partir de dicha constitución, la dialéctica que se establece entre ésta y los diferentes niveles de realidad que la determinan (y que a su vez están determinados por ella), realidades que, en tanto exteriores a lo psíquico, constituyen las diferentes fuentes de sufrimiento humano: la naturaleza en general, el propio cuerpo, y la relación con los demás hombres. Cada uno de estos sectores es una realidad externa a nuestro aparato psíquico, exterior a ese nivel de realidad que es nuestro campo específico de estudio, la realidad psíquica.
Relación de exterioridad pero al mismo tiempo relación de interioridad: nuestro aparato psíquico, al formar parte de nuestra constitución biológica, entendida por supuesto como biología humana, forma parte de ese mundo natural al que, en otro nivel, se enfrenta bajo la forma de realidad psíquica. Y en tanto biología específicamente humana forma parte de un cuerpo en el que se halla inscripta la historia cultural de la humanidad, por lo que desde el comienzo aparece incluida en él la relación con los otros hombres (como un “en sí” aún no desarrollado y, por supuesto, menos aún sabido; el punto de partida es el narcisismo): es una psicología individual al mismo tiempo que social. Repito: cada uno de estos niveles de realidad que, como momentos de su constitución, forman parte de nuestra realidad psíquica, se enfrentan a la misma como oponiéndose a ella en tanto externos. Se establece así una dialéctica interno-externo en la que ya el sujeto narcisista, sin saberlo, se encuentra inmerso, dialéctica que, al mismo tiempo y ya en estos primeros niveles de desarrollo, se expresa en el lenguaje del principio del placer bajo la oposición placer-displacer. Sin embargo dicha discontinuidad entre lo interno y lo externo, en tanto tensión, deberá ser resuelta ineludiblemente a través de una acción específica.
La acción específica presupone el reconocimiento no sólo de los signos de realidad exterior, sino también el asumir, el hacer propias las diferencias específicas que surgen a partir del cuerpo bajo la forma de incrementos inespecíficos de excitación. Estas diferencias son asumidas ante todo a través de la alucinación, al relacionar dicha tensión de necesidad a percepciones específicas que provienen tanto del exterior como de la superficie del propio cuerpo; de este modo se crea una estructura elemental sensible, la realización alucinatoria del deseo que va organizándose ulteriormente en estructuras de fantasía a través de diferentes sistemas de relación cada vez más complejos; estas estructuras terminarán asociándose a un determinado tipo de percepciones que dan cuenta más adecuadamente de dichos sistemas de relaciones: son las percepciones acústicas verbales que, en tanto repetidas activamente, otorgan la posibilidad, a través del sistema Cc., de percibir nuestras propias cualidades psíquicas que son, en última instancia, los signos de realidad para todo aquello que provenga del interior de nuestro cuerpo.
Pero, a partir de determinado momento, sucede que a pesar de recibir esos signos de realidad tanto del propio cuerpo como del mundo exterior, los malinterpretamos o simple y llanamente los desconocemos: es la represión o defensa frente a los propios impulsos y el repudio o desconocimiento de la realidad, hechos presentes en nuestra estructura psíquica de adultos normales y que las neurosis y psicosis, respectivamente, denuncian.
Esto que las neurosis, las psicosis y, podemos agregar, los sueños nos muestran, abre el camino para el análisis de esa estructura que llamamos nuestro psiquismo normal, adaptado aparentemente tanto a nuestro propio cuerpo como a la sociedad en que nos movemos, pero que encubre no solo el drama de su constitución, sino los esfuerzos por mantener dicha organización aun a costa de pagar un pesado precio. Aquí se abren dos caminos a desarrollar, caminos para los que esta obra no pretende ser otra cosa que un inicio: el tema de la escisión del Yo, esa grieta producto de una doble actitud frente a la realidad y el de la defusión instintiva producto de la sublimación, con el sentimiento inconsciente de culpa y autodestructividad concomitantes.
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