—¿Lo hiciste tú?
—¿Yo? Qué va, ¿no ves que nos conocíamos? De eso se encargaron otros.
Llegado a este punto del relato, Julen ya dudaba de todo lo que le contaba, consciente de que, aunque hubiese alguna parte de verdad y Juanito se mostrase despreocupado ahora que había pasado de ser policía a camello, casi todo estaba contaminado con mentiras.
—Tu tío, al final, cantó y, mientras llevaba a unos compañeros a mostrarles un zulo9, logró escabullirse, a pesar de que iba esposado el jodido. Como era de noche, no le acertaron con los tiros porque disparar, ya te digo que le dispararon.
—A mi tío lo encontró un pescador desde su barca, a los pies de un acantilado cerca del cabo Matxitxako.
—Por esa zona debía estar el zulo, sí. Imagino que cuando aprovechó algún descuido de mis compañeros y echó a correr, no controlaría bien la carrera escuchando como le disparaban y tendría la mala suerte de despeñarse por el acantilado. Como iba esposado, «los de siempre» dijeron que esa versión era falsa, cosa que a mí me la suda. Luego ya sé que en una manifestación de protesta hubo bastantes heridos y una mujer murió. Te juro que cuando transcendió a los medios su identidad, me quedé helado.
—No te creo.
Ahora la cara de Juanito era otra. O se trataba de un rapidísimo actor, o parecía seriamente afectado.
—Lo que creas o no, también me la suda. Hasta ese día, te juro que en la puta vida me había importado que ella tuviese o no un hijo mío, ¿me entiendes? Pero no sé, algo cambió. Vi una foto de su madre en el periódico, su cara estaba rota por el dolor, pero no se le adivinaba lágrima alguna. Aquella mujer que apoyaba la mano en un féretro cubierto con una ikurriña sujetaba con la otra a un niño, un crío sin padre y que acababa de perder a su madre. No era justo.
Julen tragó saliva incómodo. Toda la vida solicitando detalles de aquellos tristes episodios vividos por su familia y a los que su abuela intentaba esquivar, siempre diciéndole que no quería sembrar en él el odio, para que ahora brotase la rabia más profunda al escuchar aquellas palabras.
—Puto madero.
Juanito tomó la pistola con gesto tranquilo, amartillándola después.
—¡Qué! ¿me vas a pegar un tiro?
—Etarra de mierda.
—¡Qué hostias, etarra! ¡Y qué sabrás tú de mí! Eso somos todos los vascos que no os tragamos, ¿verdad? Etarras, terroristas… Llevarás muchos años viviendo aquí, pero no tienes de puta idea de por qué es la gente como es con vosotros.
Juanito descargó el arma con aire tranquilo y volvió a colocarla entre el pantalón y sus riñones.
—Tienes huevos, eso me gusta, joder y, mira, vamos a evitar enfadarnos, además, yo ya no estoy en esa pelea. No me quieren en la Policía. Primero decían que si tenía el síndrome del norte10, que si estaba quemado, luego cuando empecé con…
En esta parte del relato, su cara muda a un gesto totalmente diferente a los mostrados hasta ahora. A ojos de Julen, quizá el único momento en el que le parece sincero.
—Empecé con miedos, paranoias…
—La mierda que te meterías, seguro. Dicen que un montón de maderos sois cocainómanos.
—Dicen, dicen… ¿en serio te crees esas bobadas? Mira, puede que en mi caso fuese así, pero luego me limpié. Lo que pasa es que, claro, llegó aquella bronca con un capitán, le solté un par de tiros al techo de su despacho para acojonarlo y, bueno, digamos que más o menos me jubilaron.
—Qué bien, ¡y aquí estás! Convertido en camello —le espeta burlón.
—La vida, que es imprevisible, chaval. Podía haber vuelto a mi pueblo, pero el campo no es para mí. Además, conozco bien este mundillo, deformación profesional, claro. Un par de trabajitos más y me retiro. Me largaré para el sur, igual a Marbella, que aquí llueve mucho. Me echo una moza con buenas tetas ¡y a vivir! Que la pensión por incapacidad que me han otorgado estos cabrones no da para mucho.
Julen soltó un bufido a modo de burla.
—¿Qué pasa, chaval? Te divierte, ¿a que sí? En fin, tampoco te culpo, y ahora sí que no te acepto un no por respuesta.
Se levanta de la silla, acercándose de nuevo a la cámara extrayendo otro Benjamín tomó un par de vasos de whisky que había sobre una repisa, repartiendo el cava en ambos. En esta ocasión, Julen no mostró ninguna objeción al convite.
—Podíamos brindar por el reencuentro padre-hijo, pero seguro que a ti no te van esas mariconadas, ¿me equivoco?
Julen ignora la reflexión mientras degusta un largo trago de cava helado.
—A mí tampoco —respondió Juanito a su propia idea bebiendo media porción del vaso que se había servido. Después, echó mano del paquete de tabaco, ofreciendo otro Winston a su hijo. Julen valora la posibilidad de echar mano del hachís que lleva para fumar algún canuto de vez en cuando, pero la desecha de inmediato, mejor estar atento a cualquier reacción de Juanito.
Los dos encienden sus cigarrillos permaneciendo unos instantes pensativos hasta que Juanito reanuda su relato.
—Después de verte en aquella foto del periódico, algo cambió en mí. Joder, esto no se lo he contado ni a todos los putos loqueros que me trataron, pero es verdad. Me di cuenta de que, por azar o por lo que fuese, a aquel crío y a su abuela se les había arruinado la vida. La cosa es que, con el tiempo, empecé a valorar la posibilidad de saber de ti, quizá ayudaros…
—¡Ja! ¿Pero te crees que mi abuela iba a aceptar algo tuyo?
—De estar en su pellejo, no lo haría. Ahí te doy la razón, pero bueno, pasaron varios años, andaba yo un poco con la guardia baja y fue cuando recurrí a Ángel para que contactase contigo.
Julen tiene cada vez más claro que aquel tipo padece algún tipo de inestabilidad mental. Apaga el cigarrillo a medio consumir. Los tragos que le ha dado al cava ya le pesan en la cabeza. Demasiado temprano para ingerir alcohol si no se está acostumbrado a hacerlo a tales horas. Su reloj marca las tres de la tarde y suspira lamentando las horas que aún restan para tomar el tren del día siguiente.
—Me marcho, aquí ya está todo hablado.
—Espera un poco, hombre, cuéntame ahora un poco de ti.
—Acabo de terminar el bachiller, he aprobado todo, ¿suficiente?
—Un tío listo, sigue.
—Tenía que haber pedido una prórroga por estudios para evitar tener que ir este año a la puta mili, pero no lo hice. Tampoco tengo aún claro qué quiero estudiar, o si quiero estudiar. Lo que sí tengo claro es que no voy a ir a la mili.
—Pues tendrás que ir, gilipollas, ¡qué si no!
—De eso nada.
—Uy, de eso nada… —imitó Juanito su voz en tono burlón—, el nene se nos hace objetor, o insumiso o… igual es de los que dice que la mili en ETA.
—No tienes ni puta idea.
—Pues te comerás unos años de trullo y listo.
—Qué cojones va a entender nada de antimilitarismo un camello y exmadero.
Juanito mudó de nuevo la expresión distendida que ofrecía en los últimos minutos a otra ciertamente grave. Julen que no le apartaba la mirada, en el fondo, se arrepentía de sus palabras.
—Sin confianzas. La próxima vez que me toques los cojones, te vas a arrepentir.
De nuevo, aquellos rasgos de bipolaridad aparecían en su hablar, recuperando un tono más sosegado.
—Y dices que vas a ir a la montaña, Picos de Europa, concretamente.
—Lo mismo me da ir a esa zona u otra. La cordillera es muy grande. Ya tengo hecho mi plan.
—Claro, parece que planificas todo muy bien. Entonces, seguramente, tendrás un mapa. Muéstramelo, conozco bastante bien aquello.
Julen duda, pero finalmente alcanza la mochila y de un bolsillo extrae el mapa que Piru le ha prestado. Juanito dedica un par de minutos a observarlo con atención. Después le hace a Julen un gesto de que necesita algo para escribir y el chico extrae del mismo bolsillo de la mochila un lapicero. Juanito prolonga una de las líneas que ya había trazado Piru.
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