Francisco Panera - Dolor

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Año 1990, Julen realiza una travesía en solitario por una cadena montañosa, eludiendo, por unas semanas, su inevitable ingreso en prisión al declararse insumiso al servicio militar. Su mochilla, además de un menguado equipaje, carga con el peso de una tragedia familiar: cuando era niño murieron su tío en una comisaría y su madre durante los tumultos de protesta.
La violencia en Euskadi, las amenazas, las torturas, el narcotráfico, falsedades que dibujan un mundo a conveniencia y la respuesta juvenil a través de la cultura musical de la época condicionan su entorno particular.
El empeño de la abuela de Julen por aislarle del clima de dolor estalla cuando recibe noticias de un padre desconocido, aparentemente relacionado con las muertes familiares.
El relato se abre, entonces, a una segunda línea argumental y aparece Dolor, un ignoto poblado minero, enclavado en el corazón de la cordillera cantábrica. Origen de sus antepasados paternos, brava saga de mineros empeñada en sobreponerse a un destino de escasez y guerra. Un lugar donde la desaparición de un niño condicionará su futuro.
Quizá Dolor no sea simplemente un topónimo extravagante. Desvela de forma metafórica algunos propósitos y actitudes. El viaje iniciático que emprende Julen le asoma a tal singularidad que le revela su tránsito por un sendero paralelo.
Y común a cualquier trama de la novela, aparece el Paisaje como elemento vertebrador del carácter. Concepto subjetivo al que se rinden algunos personajes, constatando la indiferencia del entorno para con sus anhelos. Impasible al contemplarlos confrontar contra el perdurar de un mundo que aparentemente nunca cambia.

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—Sube.

Desde fuera, la puerta del inmueble, quizá por haber sido cambiada recientemente, parece que custodia un portal en mejores condiciones que el de la pensión Salamanca, pero al entrar descubre que no. Por lo menos, no se encuentra a nadie dentro inyectándose heroína, aunque un par de chicas que caminan erráticas fumándose sendos cigarrillos por las inmediaciones dan la impresión de hacer la calle.

Una mujer de unos cincuenta años, «mi santa», como dijo Emilio, abre la puerta del primer piso examinándole extrañada antes de invitarle a pasar.

—Vienes solo, ¿no? —cuestiona dubitativa saliendo al rellano y mirando hacia las escaleras por si alguien le acompaña.

—Solo sería para esta noche. Me iría pronto a la mañana porque…

La mujer le hace callar con un gesto Ni necesita, ni quiere conocer la vida de sus clientes. Si Emilio dice que se trae asuntos con Juanito, que se encargue su marido de tratarlo. Por eso le ofrece la suite y no una habitación para una o dos horas, como demandan habitualmente los usuarios de la pensión El Paraíso cuando contratan los servicios de alguna prostituta. Camina tras ella por un pasillo largo, en cuyo final entran en una habitación muy sencilla.

—El aseo está en el pasillo y hay uno para toda la casa. Si quieres descansar, te recomiendo que tengas un poco de paciencia, los clientes suelen hacer algo de ruido y si, encima, le añades que hoy es viernes…

—Pero esta habitación… ¿no tiene ventanas?

—No.

—Qué raro.

—Es que aquí las habitaciones son raras, para hacer cosas raras. Y a ti te ha tocado la suite.

La ocurrencia solo le hace gracia a la casera, que además se ríe.

—Bueno, ¿la quieres o no?

—¿Y cuánto cuesta esto?

La mujer lo mira de arriba abajo, examinándolo de nuevo.

—Varía en función del día y del trabajo que tengan las chicas. Esto es como la Bolsa, precio según mercado, pero hoy es viernes y va a haber mucho trajín. Supongo que me arreglaré con el resto de habitaciones. Dame cinco mil pesetas y en paz.

—Su marido me dijo dos mil.

—¡Ves como ya sabías! ¿Para qué preguntas entonces? Y son tres mil, no vayas de listo.

La casera consiente y cobra las tres mil, aunque ninguno de los dos se muestra convencido de haber llegado a un buen trato. Otra cosa son los motivos que tenga Emilio para insistir en que le ofreciese la habitación al chico. La alcoba tiene una cama individual, una mesita, una silla y un par de cajas de cartón precintadas con cinta adhesiva en una esquina. No puede exceder de cinco o seis metros cuadrados. Una estancia con más pinta de trastero que de habitación y que le hace sospechar incluso de si no será rechazada por las prostitutas para sus servicios. Pero simplemente necesitaba un lugar para pasar la noche y ya lo tiene.

Por las horas que son, ya debería haber comido, pero el cava le ha revuelto las tripas y se tumba sobre la cama a ver si se le pasa el malestar. Pierde la mirada en las curiosas formas que ha dejado la pintura al desprenderse del techo, al tiempo que se reprocha haber dado a Juanito la posibilidad de justificarse. Conocer al padre, por indeseable que este fuese, responde a un impulso natural, eso piensa. Lo sorprendente es que los trapicheos de Piru hayan relacionado a ambos. Ahora comprende el abatimiento de Kattalin aquella tarde de domingo cuando estuvieron hablando de sus ideas de futuro.

Parece ser que alguna de las chicas que hacía la calle en el portal ha conseguido subir a un cliente, porque desde la habitación de al lado llegan indisimulados jadeos y el rítmico sonido de un somier. Por unos segundos, fantasea con la posibilidad de pasar un rato con alguna de ellas. A él, como a casi todos los chicos, claro que le gustaría tener más relaciones sexuales de las que ha tenido, pero nunca se ha planteado pagar por ello. Hasta ahora, se lo ha sabido ganar con las dos chicas que ha estado.

Acaban de follar al lado, y casi como si fuese una prueba de relevos, llegan sonidos similares desde otra estancia más lejana. Si aquel jolgorio va a ser así todo el día, y quién sabe si por la noche, resultará insufrible, pero el cava también le provoca algo de sopor, así que se relaja sobre el camastro y se queda dormido, sumergido en un sueño denso, confuso, tan profundo que la dueña de la pensión debe aporrear a conciencia la puerta del cuarto para despertarle.

—Qué… ¿qué pasa? —pregunta impreciso.

—¡Abre!

Mira su reloj y constata que casi ha dormido un par de horas. No hace falta que invite a entrar a la casera, nada más que gira la llave de la puerta, ella y una de las chicas que estaban en el portal entran.

—Siéntate en la cama y no montes escándalo —le ordena.

—Pero… ¿qué pasa?

—¿Que llevas en la mochila?

—¿Cómo?

—Regístrala —ordena la casera a la chica.

—¡Pero qué hacéis! Vaya puta obsesión la de tu marido y la tuya con mi mochila.

Julen, que obediente permanece sentado, intenta incorporarse, pero la mano izquierda de la casera que se posa en su hombro le hace refrenarse. La otra mano asoma amenazante de uno de los bolsillos del batín de raso que viste portando una pequeña pistola.

—Estate quieto. Entiende que debo tomar mis precauciones.

La chica finaliza el registro, encogiéndose de hombros.

—Nada, está limpio. Solo hay ropa y un poco de costo.

—¡Joder! Deja ya mis cosas y no toques mis porros. ¿Me queréis explicar de qué va todo esto?

—No te alteres. Ya me parecía que Emilio patinaba contigo. Con esta pinta de pardillo montañero va a resultar que es lo que eres.

—No entiendo nada.

—Pues que han venido un par de nigerianos a buscarte.

—¿Quiénes? ¿A mí?

—Dicen que te has reunido con un camello con el que tienen cuentas pendientes y sospechan que en esa mochila lleves algo que sea suyo.

—¡Pero qué dice! ¿Esto qué es, un programa de cámara oculta?

—No, hijo, esto es La Palanca. Sabrán que has estado con Juanito y te han seguido hasta aquí, o alguien les ha dicho dónde estás. Al ver que no salías a la calle, pensarán que no venías solo a follar, por eso han preguntado si estabas aquí alojado. Les he dado largas, pero no creo que los negros tarden en volver.

—Esto es increíble. Pero si he venido aquí porque tu marido me ha dicho, ¿por qué no lo llamas para que lo aclare?

—Ya lo he hecho, pero no me lo coge, así que, dime ¿qué te traes con ese cabrón de Juanito?

—Es alucinante ver lo popular que es Juanito por aquí y, por lo menos, señora, podría dejar de sujetar esa pistola que, aunque la tenga dentro del bolsillo me pone nervioso.

La mujer deja por fin el arma dentro del bolsillo y cruzando los brazos, espera la respuesta de Julen.

—Bueno, pues… pues resulta que ese tipo es mi padre y, ¡joder! No sé por qué tengo que contaros hoy a todos mi puta vida.

—Será porque te lo he pedido amigablemente con una pistola, o porque te andan buscando unos mafiosos.

—¡Vale, joder! Ya le digo, es mi viejo y no lo había visto en mi vida hasta hoy y si algo he sacado en claro del encuentro es que no quiero tener nada que ver con él.

—Pues los nigerianos buscarán a su jefe y, si vienen con él aquí, no les voy a poder impedir que entren. No creo que te siguiesen, porque no tendría sentido preguntar si estabas aquí. Seguramente se lo habrá chivado alguna de las putas del bar.

—Joder, pero qué familia tan divertida que sois. Vale, pues que vean la puta mochila y se convenzan de que no tiene nada de su interés.

—No será tan sencillo. Seguro que querrán apretarte un poco las tuercas, por si se te ocurre contarles algo.

—Joder, esto no puede estar pasando. Pues llame a la Policía, ¡qué se yo!

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