Hay un cliente que no para de solicitar información al dependiente sobre cualquier artículo que toma entre manos. Un poco pesado, la verdad, y Julen toma un libro que el sujeto acaba de descartar, como va haciendo con todo lo que husmea. El vendedor dijo que se trata de un relato de viajes y puesto que él va a iniciar uno, le resulta interesante. Leyendo la sinopsis de la obra en la contraportada, se sorprende de que el relato se ambiente por los lugares hacia los que él va a viajar. Por eso se convence de que El río del olvido, de Julio Llamazares puede ser un compañero apropiado para su viaje.
Queda menos de una hora para que empiece el concierto y se ha adentrado por el casco viejo hasta el Muga, un bar que es todo un referente para los devotos del rock and roll. Dos, tres tragos y la caña que acaba de pedir está terminada.
—Pon otra, anda.
El camarero, un tipo alto y fornido con unas gafas de pasta que discretamente mueve la cabeza al ritmo del psichobilly de los Meteors, pone dos. Una para el cliente, otra para él.
Julen se sienta junto a una las mesas adosadas a la pared frente a la barra. Mientras disfruta de la segunda caña con más calma, comienza a prepararse un par de porros. Uno lo guarda en el paquete de Lucky para fumárselo en el concierto, que luego con los empujones de la gente al bailar será complicado liarlo. El otro lo enciende mientras ojea el libro que acaba de comprar. En la mesa de al lado, un par de chicas conversan tan alto que sus voces se imponen a la música del bar. Cuando posa la mirada en ellas, parece que estas estuviesen esperando ese gesto.
—¡Uy, mira!, el intelectual vuelve al mundo. —Eso le dice una a su compañera, sonriendo y dando un trago a un botellín de cerveza.
Julen disimula, perdiendo la mirada en los carteles de conciertos que pueblan las paredes del local. Así todo, las mira de reojo, ocasión en la que se cruzan sus miradas. Una es morena, rostro afilado, un pelo liso que justo roza con sus hombros y viste una minifalda vaquera. La otra es rubia, de pelo corto salpicado de mechones de distintos colores y lleva puestos unos vaqueros, que ahora que se levanta a la barra a por otros dos botellines, constata que le sientan como un guante. Las dos visten camisetas con la leyenda de algún grupo que Julen no llega a reconocer de un primer vistazo. Cuando regresa la chica de la barra, lo hace con tres botellines. Deja un par en su mesa y el tercero en la de Julen, al lado de la caña que casi tiene terminada.
—¿Y esto?
—Una cervecita fresca, que con todo lo que estás leyendo luego tendrás la garganta seca —le responde la rubia volviendo a sentarse junto a su amiga.
—Gracias, pero leer no seca la garganta, que yo sepa.
—Pero es que tendrás que contarnos qué es lo que pasa en ese libro para que no nos hayas hecho ni caso desde que te has sentado ahí.
Su compañera estalla en risas al beber, provocando alguna salpicadura de cerveza.
—¡Ay! Perdona, Itzi, pero es que eres una cabrona.
Brindan con sus botellines retomando su charla, aparentado ignorar a Julen, que ya no deja de mirarlas.
—Oye, Itziar, que, si quieres, te cuento de qué va.
—¿Y cómo sabes mi nombre? —se gira hacia él.
—Tu amiga te acaba de llamar así.
—¿Ves cómo está atento a nosotras a pesar de disimular? —le dice Itziar a su amiga.
—Ya lo veo, ya.
—Me estás vacilando, ¿no? —contesta Julen. Itziar finge meditar una respuesta.
—Puede.
—Me llamo Julen.
—Yo soy Miren —añade su amiga.
—¿Julen? Pues vaya. Nosotras que pensábamos que eras de fuera, por aquello de la mochila, ¿verdad, Miren?
—Nos parecías alemán o puede que italiano…
—Cómo se os va la olla.
Se levanta de la silla, acerca con él la mochila y toma asiento en la mesa de las chicas.
—Parece que ya vence su timidez —dice Miren.
—¡Pero qué timidez ni timidez! ¿Vosotras sois siempre así?
—Esta siempre, yo… a veces también —apunta Itziar. Las dos ríen
—Así espantaréis a todos los tíos —apunta Julen sonriendo.
—A todos los que hay que espantar, ya veremos cómo progresas —corrige Miren fingiendo poner el semblante serio.
—No te lo creas tanto, que yo también tengo mis filtros.
Las dos se vuelven a reír.
—Que tiene sus filtros, dice, Itzi. ¡Pero qué dices Iuliano!, si no has tardado nada en saltar de tu mesa a la nuestra.
—Y eso de Iuliano, ¿a qué viene?
—A que yo decía que eras italiano y ella no. Por tu culpa he perdido una cerveza.
—Bueno, pues la siguiente la pago yo y así quedas en paz con tu amiga.
—Ya veremos. Igual hasta pasa el primer filtro, ¿cómo lo ves, Itzi?
—Vamos a darle a Iuliano una oportunidad. A lo mejor resulta que no es un petardo intelectual.
Se divierten un poco a su costa, pero sin sobrepasar el límite que discurre entre lo simpático y lo provocativo. La conversación, después de la segunda cerveza, se acelera con respuestas ágiles y ácidas por parte de las chicas, a las que Julen corresponde con el mismo nivel de desparpajo.
—Por cierto, Miren, se nos va echando la hora encima —le llama la atención Itzi señalando a su reloj.
—Vaya, pues que temprano os mandan recogeros en casa, ¿no?
—No te pases de listo, que nos vamos a un concierto —aclara Miren.
—¿No iréis al gaztetxe a ver a MCD? Yo también.
—Pues sí, además, un par de tíos de la banda son colegas —responde Itziar.
Al cuarto de hora de haber empezado el concierto de M.C.D., el gaztetxe es un hervidero. El público entregado salta, baila y corea unas canciones que ya conoce.
La voz desgarrada de Rockan, el cantante, transmite toda su energía a los más entusiastas que se enzarzaban en un pogo11 que se circunscribe a los más próximos al escenario. Por mediación de las chicas, Julen consigue liberarse de la mochila para disfrutar del concierto, quedando el pesado bulto a buen recaudo justo detrás del batería.
—Ya te dije que los conocía, además, ahí tienes tu equipaje a la vista mientras dura el concierto —le dijo Itzi, alzando la voz para superar el estruendo de la música.
—¡Todo un puntazo, Itzi!, vaya día de locura el de hoy. Ni me imaginaba terminarlo así.
—¿Terminarlo? Si esto acaba de empezar.
En la penumbra de la sala, entre el humo de cigarrillos y canutos conforman una neblina también alimentada por el denso vaho que exhala la masa de espectadores. Itziar, sonriente, muestra una tez brillante por el sudor. Julen, ingenuo, acerca su boca a unos labios húmedos que parecen aguardar su beso. A punto de conseguirlo, Itzi se ríe y retira su cabeza hacia atrás colocando dentro de la boca de Julen algo que tenía entre sus dedos.
—Ahora bebe —ordena poniendo su botellín de cerveza en su la boca del chico.
Julen iba a protestar ante la extraña textura que percibe sobre lengua, pero al instante se despliega por su paladar cerveza caliente y, seguido, recibe un largo beso que le condena a tragar la cápsula verde.
—¿Qué me has dado?
—Nada, solo una meska.
—¿Una qué?
—Una meska… una mescalina, ¿no sabes qué es?
—Claro que sé qué es… ¡Pero tú de qué vas!
—¿A que nunca la has probado?
De repente, no sabe si volver a besarla o apartarla de un empujón, buscar la calle para provocarse el vómito y deshacerse de lo que acababa de tragar.
—Tranquilo, que no pasa nada, ¿vale? Es más fuerte que las anfetas, pero menos que un tripi. ¿Alguna vez te has comido un tripi?
—Sí, sí que me he comido algún tripi, pero las meskas no tienen nada que ver con las anfetas.
—Vale, Iuliano, era por si no controlabas el tema y te entraba un poco de cague.
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