—Lo de Picos de Europa lo dirías por decir, porque tu ruta, si es que tienen sentido estos trazos, es por otro lugar.
Julen asiente.
—Cuando termines lo que tienes marcado, subes este collado y alcanzas este valle, ¿lo ves? Desciendes por este camino que va paralelo al este pequeño río que está lleno de cascadas. Así llegas a este pequeño pueblo y, desde ahí, carretera abajo, paralelo al río, llegas hasta este desvío. Por aquí, aunque no viene en el mapa, llegarías a otro pueblito que se llama Villanueva de la Cueva y desde ahí subes por este sendero que te indico y… ¡final del viaje!
Entonces hace una equis en el mapa.
—¿Y eso qué es?
—Eso es el epicentro y el origen de nuestra historia.
Entonces Julen se inclina sobre el mapa, para ver con claridad qué escribe Juanito al lado de la señal.
—Dolor…
—Dolor.
—Ángel me habló de ese sitio. ¿Y qué voy a encontrar ahí?
—No sé, quizá nada.
Juanito se encoge de hombros y enciende otro cigarrillo. Permanecen en silencio, Julen repasando el mapa y Juanito dibujando oes al exhalar el humo. Cuando el chico dobla y guarda el mapa junto con el lapicero en la mochila. Juanito apaga el cigarro poniéndose en pie.
—No creo que nos volvamos a ver, así que tómate esa ruta que te he trazado, como la herencia de tu viejo: un camino al pasado.
—Vaya, también te van los rollos místicos.
Julen se levanta para ponerse la mochila pero Juanito le detiene.
—Espera, es la hora de mi medicina y no está mal que estés delante.
Echa mano a la chaqueta extrayendo un pequeño estuche de lapiceros, de su interior aparecen una cuchara, una jeringuilla, una papelina de su cartera y un limón del mismo bolsillo de la chaqueta.
—¡Joder! ¿Te vas a preparar un pico?
—Has venido a conocerme, ¿no? Todo lo que te habrán dicho de mí será verdad. Todo lo que te he contado yo… puede que lo sea. Así, con suerte, no volverás nunca a buscarme, porque nunca volveré a ser tan amable contigo como hoy.
Juanito prepara metódico su dosis de heroína. Una porción que toma de la papelina con la punta de una navaja, depositada en la cavidad de la cuchara, después unas gotas de limón, el calor de la llama del mechero debajo de la cuchara, hasta que el preparado comienza a gorgotear.
Una vez listo, la jeringuilla aspira el líquido. Vuelve a echar mano de la pistola, acomodada en sus lumbares, dejándola sobre la mesa. Se desabrocha el pantalón vaquero, pues es demasiado ceñido para remangarlo y dejar al aire una de sus pantorrillas, por cuya cara interior cuando se los baja, busca la vena propicia y clava en ella la aguja.
El émbolo de la jeringuilla extrae un poco de sangre, entremezclando esta con la heroína disuelta en el zumo de limón. Después, el pulgar acciona el émbolo de nuevo introduciéndola en el flujo de sus venas, volviendo seguido a extraer y nuevamente a inyectar. Así un par de veces, hasta que da por finalizada la operación retirando la jeringuilla y recostándose en la silla. Su cara se muestra afable, feliz, pero también ofrece la arrogancia de aquel que, sabedor de que su actitud es reprobada, se muestra ante sus semejantes retando a que sean capaces de mostrarle un desprecio mayor que el propio hacia sí mismo.
Entre suspiros, Juanito toma su cartera, rebusca algo por ella y, cuando lo encuentra, se lo lanza a Julen deslizándose una vieja y pequeña foto plastificada sobre el tablero de la mesa como si fuese un naipe.
—Es tuya.
—¿Quiénes son? —pregunta Julen observando a aquella joven pareja que sonrientes parece que se acabasen de casar.
—Pilar y Julio, tus abuelos, mis padres. Fíjate en la cara de él, sois dos gotas de agua.
Julen observa con detenimiento la pequeña fotografía, constatando que el parecido es asombroso.
—¿Por qué me la das?
—A mí ya no me hace ningún bien mirarla y, si los viejos me viesen, no creo que estuviesen muy contentos conmigo. Al salir, dile a Emilio que me quedo aquí un rato, que no sea pesado…
La voz de Juanito suena a calma, a la misma que el flujo tóxico sus venas lleva a cada una de sus extremidades. Julen gira la llave de la puerta y, antes de desaparecer, se vuelve a Juanito, que desparramado en la silla, con los pantalones bajados, le observaba sonriente.
Al salir de la trastienda, las dos chicas conversan animadas con un tipo elegantemente trajeado. No hay duda de que ya empiezan a llegar los clientes más madrugadores. Revisa la hora en su muñeca y son las tres y media. No es mala hora para llamar a casa del amigo con el que se iba a ir de viaje. Una mentira para no preocupar a su abuela, excepto en que sí había intención en dormir esa noche en su casa y aprovechar juntos la tarde para tomar unos kalimotxos por el casco viejo, una vez que ya ha pasado por el trance de conocer a su padre. En realidad, no se arrepiente, pero sí es cierto que espera no volver a verlo nunca más.
Emilio, el dueño del puticlub, que ya se ha despojado del batín, lo mira curioso desde detrás de la barra mientras saca brillo con una gamuza a unas copas de champán. Por lo visto, el proxeneta cuida hasta el extremo ciertos detalles sin atender al aspecto cochambroso de otras partes del local.
—¿Y Juanito?
Julen se acerca hasta la barra, le parece que aunque nadie allí se extrañe de nada, debe ser un poco discreto.
—Dice que no le molestes en un rato.
—¡Me cago en su puta madre! ¿Qué cojones está haciendo?
—Pues… se acaba de meter un pico y ahí está, tirado en una silla con los pantalones bajados.
Emilio resopla pero asiente. Seguramente, no es la primera vez que ocurre algo así.
—Está probando lo que le has traído, por lo que veo….
Julen no responde, rendido al empeño de aquel en que él es otro traficante. Al final de la barra hay un teléfono público. Julen saca del bolsillo del pantalón un papel en el que tiene apuntado el teléfono del amigo en cuya casa va a dormir esa noche. Introduce tres duros por la ranura de las monedas y aguarda varios tonos de llamada hasta que, finalmente, contestan. No pasa ni medio minuto de charla y termina discutiendo. El amigo, que por lo visto no lo es tanto, le dice que ha surgido la ocasión de irse a no sé dónde ese fin de semana, por lo que se excusa de ofrecerle alojamiento, tal y como habían acordado unos días atrás. Después de mandarle a la mierda, Julen cuelga el aparato.
Emilio ha estado escuchando mientras abrillanta las copas.
—Por las voces que has dado, parece que te han dejado tirado.
Julen no le hace caso. Está pensando en lo conveniente o no de regresar a dormir a Bermeo o pasar la noche en la misma estación hasta que por la mañana tome el tren.
—Si quieres una habitación barata…
—¿Aquí? ¿En este barrio?
—Vamos, digo yo. No va a ser el en Carlton.
—Lo digo porque como casi todo son puticlubs…
—¡A ver dónde duermes y desayunas en Bilbao por tres mil pesetas!
—Bueno, barato sí que es, pero así será de cutre el alojamiento, claro.
—¡Qué va! Si lo regenta mi mujer. Espera que la llame, a ver si hay sitio.
Emilio mete un par de duros en el mismo teléfono y aclara la cuestión en una breve charla.
—Dice mi santa que le queda una cama libre. Camina por esta misma acera hasta el comienzo de la calle, pensión El Paraíso, no tienes pérdida.
Julen se despide y sin demasiado convencimiento de alojarse en aquella zona, se dirige al alojamiento. Al fin y al cabo, no encontraría, por semejante precio, otro sitio para dormir.
—Quisiera una habitación… —dice a través del portero automático.
—¿Eres el que manda Emilio? —pregunta una voz de mujer por el telefonillo.
—Sí.
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