—No, si yo solo estoy esperando a una persona, enseguida me voy.
Entonces el limpiador frunce el ceño. Si ese no viene a follar, que es a lo que vienen sus clientes, seguramente se trataría de cualquier enredo contra los que a diario tiene que bregar. Toxicómanos o ladronzuelos que buscan esconderse de otros como ellos, o de la policía, o puede que algo peor. .
—Pues a la puta calle, que esto no es un salón social.
—Tranquilo, Emilio, tranquilo, que está conmigo.
Juanito acaba de entrar en el local poniendo una mano en el hombro de Julen, como si le conociese de toda la vida.
—¿Contigo? ¡Joder! Pues no sé si es para preocuparme más.
—Anda, saca un par de cervezas. ¿Está la oficina abierta?
Emilio, dueño de aquel tugurio, deja la fregona apoyada contra una mesa y pasa detrás de la barra.
—Te lo dejé bien claro hace días, Juanito, aquí ya no te guardo nada —le advierte a la vez que con la mirada le señala hacia la mochila de Julen portaba a sus espaldas, mientras abre un par de botellines.
—¡Qué guardar ni guardar! ¿Lo dices por esa mochila? ¿Y qué hostias llevas en ese pedazo de mochila chaval?
Julen responde torpe, sabiéndose en una situación fuera de su control.
—Nada, mi equipaje. Me voy de vacaciones.
—¿Lo ves, Emilio? ¡Es un turista! ¿Crees que si me trajese un encargo, lo iba a recibir en una mochila de colorines y que se ve a medio kilómetro? Vamos, Emilio, no me jodas. Y oye, cabrón, esta cerveza parece meada.
—Pues te jodes. A ver cómo crees que va a estar si acabo de rellenar la cámara. Pide champán, hijo de puta, que eso sí que lo tengo frío.
Emilio echa mano al bolsillo de su batín para extraer un manojo de llaves que posa en la barra.
—Y aligerando. En un cuarto de hora os quiero fuera, que es viernes y antes de comer empezarán a llegar los «madrugadores» y no quiero que mis puteros vean trapicheos raros, que eso les baja la libido.
Juanito toma las llaves del mostrador y, de un gesto, indica a Julen que le siga. Cruzan por delante de las dos chicas antes de detenerse ante una puerta al fondo del local, justo al lado de los baños. Ellas desvían sus miradas para no toparse con la de ninguno de los dos. Ahora que ven al chico con Juanito, han perdido cualquier interés en él.
—Buenos días, reinas —saluda Juanito burlón sin recibir respuesta.
Gira un par de veces la llave en la cerradura, abre la puerta, acciona el interruptor de la luz y pasan a una amplia trastienda. Allí, además de acumularse cajas de champán y licores, les recibe una amplia mesa redonda en el centro, con media docena de sillas a su alrededor. Al ver la escena, Julen reconoce esos locales clandestinos, que en el cine negro son escenario de partidas ilegales o de reuniones del hampa.
—Deja la mochila y siéntate —ordena Juanito cerrando la puerta con llave a sus espaldas.
Julen con el corazón a punto de salirle del pecho, siente que algo debe decir para destensar aquel encuentro.
—Pues sí que está la caliente la cerveza, sí.
—¿Pero qué hostias haces con eso todavía? Habérsela dejado en la barra.
Juanito rodea la mesa acercándose a una cámara frigorífica.
—A ver qué guarda aquí este pájaro…
—Yo, yo no quiero nada, gracias.
—Ya, claro, que a ti te gusta la cerveza caliente. Pues mira, yo me voy a regalar un Benjamín.
En apenas unos segundos, Juanito ha descorchado la pequeña botella de cava, de cuya boca se premia con un generoso trago y toman asiento junto a la mesa.
—Recuérdame después que esconda la botella al fondo de la cámara.
Juanito luce barba de dos o tres días, lo que, junto a sus ojeras, le confiere un aspecto notablemente demacrado. Julen se da cuenta de que, al igual que él, es de nariz afilada y rostro anguloso. Viste una chaqueta vaquera que se quita al sentarse. La camiseta negra, bien ceñida, muestra una incipiente barriga, no demasiado abultada y sus mangas recortadas por encima de los bíceps podrían haber realzado los músculos de sus brazos, pero eso sería en otra época, porque Juanito está muy delgado. Completan su atuendo unos ceñidos pantalones vaqueros y unas zapatillas deportivas. Un aspecto que a Julen le parece forzadamente juvenil para los cincuenta y tantos años que tendrá aquel tipo.
—Y dices que te vas de vacaciones…
—Sí, a Picos de Europa.
—Qué sitio tan bonito, ¡sí, señor! Pero algo has dicho antes de que has hablado con Ángel.
—Si, me dijo dónde podría encontrarte.
—Hace mucho que no lo veo. Somos amigos desde niños, casi unos hermanos, pero quiere cuidarse de mí. No soy muy recomendable… para nadie.
Permanecen mirándose unos segundos. Julen busca en el rostro de ese tipo con pinta de macarra, algún otro rasgo común, además de la nariz. En cambio. Juanito está asombrado al tener ante sí prácticamente la misma cara que aparece en una vieja fotografía. La única que guarda de sus padres y ha plastificado, llevándola siempre en su cartera. Una foto cuadrada, de menos de diez centímetros de lado y que. en tonos sepia, muestra sonrientes a una joven pareja el día de su boda ante una iglesia.
—Ángel estuvo en Bermeo y me habló de ti.
—¡Que cabrón! Me dijo que tu abuela le echó de casa.
—Y es cierto, pero es que salí tras él y hablamos en la calle.
—Eso no me lo contó.
El hasta ahora porte altivo de Juanito, muda a otro dubitativo.
—¿Y qué cojones quieres, chaval? ¿Qué haces aquí?
—Bueno… después de aquel encuentro, me quedó la duda de conocer a… mi padre.
—No te equivoques, que yo no soy tu padre. Al menos lo que se dice un padre al uso. Que seas hijo mío no es más que la consecuencia accidental de los polvos que echamos tu madre y yo. Dicho esto desde el mayor respeto hacia tu difunta madre, no me malinterpretes, por favor, pero son cosas que pasan.
Juanito pega otro largo trago de cava.
—A ver, entiéndeme, por aquellos días yo estaba un poco «tocado» y no sé por qué enredé a Ángel para que contactara contigo. Supongo que me pilló todo con la guardia baja, pero ahora que lo pienso, no le encuentro sentido.
—Ya veo.
—Pero no pasa nada, chaval, nos hemos conocido y eso está bien.
—Eras policía.
Juanito cambia el gesto sonriente que acababa de esbozar, por otro serio. Se gira buscando en la chaqueta que cuelga del respaldo de su silla, el paquete de tabaco. Pone un Winston entre sus labios, y ofrece otro a Julen. Ambos, los encienden con sus respectivos mecheros, exhalan un par de profundas caladas y retoman la conversación.
—Ahora me dedico a negocios más lucrativos.
—Te expulsaron.
—Joder con Ángel, vaya lengua tiene.
—Tampoco dijo mucho, solo que se te fue un poco la olla, que te metiste en algún lío…
—¡Eh! Con calma. De repente te veo muy tirao palante. Con lo modosito que parecías hace un rato.
Julen, aunque está nervioso, sabe que, si quiere sacar algo en claro de aquel encuentro, debe mostrarse confiado.
—Y esos negocios lucrativos, imagino que será trapicheando.
—Qué va, soy tratante de obras de arte, ¡no te jode!
—No pareces haber estado tocado de la azotea.
—Te empiezas a pasar de listo y, si eso ocurre, saldrás escaldado. Así que eres montañero, ¿eh? Tu madre y tu tío también tenían esa afición, ¿pasa igual con tu tía Catalina?
Julen, ante la familiaridad que Juanito ofrece al hablar de su familia se sorprende, tardando en contestar.
—¿Cómo sabes tú eso? Y mi tía no se llama Catalina.
—Ya, claro, que los vascos decís Kattalin —se burla—. Pues sí, es verdad, sé bastantes cosas de tu familia y no pongas esa cara de pasmado. La cosa es que me parece un poco raro tenerte hoy aquí, cuando hace pocos días estuve con ella.
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