Francisco Panera - Dolor

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Año 1990, Julen realiza una travesía en solitario por una cadena montañosa, eludiendo, por unas semanas, su inevitable ingreso en prisión al declararse insumiso al servicio militar. Su mochilla, además de un menguado equipaje, carga con el peso de una tragedia familiar: cuando era niño murieron su tío en una comisaría y su madre durante los tumultos de protesta.
La violencia en Euskadi, las amenazas, las torturas, el narcotráfico, falsedades que dibujan un mundo a conveniencia y la respuesta juvenil a través de la cultura musical de la época condicionan su entorno particular.
El empeño de la abuela de Julen por aislarle del clima de dolor estalla cuando recibe noticias de un padre desconocido, aparentemente relacionado con las muertes familiares.
El relato se abre, entonces, a una segunda línea argumental y aparece Dolor, un ignoto poblado minero, enclavado en el corazón de la cordillera cantábrica. Origen de sus antepasados paternos, brava saga de mineros empeñada en sobreponerse a un destino de escasez y guerra. Un lugar donde la desaparición de un niño condicionará su futuro.
Quizá Dolor no sea simplemente un topónimo extravagante. Desvela de forma metafórica algunos propósitos y actitudes. El viaje iniciático que emprende Julen le asoma a tal singularidad que le revela su tránsito por un sendero paralelo.
Y común a cualquier trama de la novela, aparece el Paisaje como elemento vertebrador del carácter. Concepto subjetivo al que se rinden algunos personajes, constatando la indiferencia del entorno para con sus anhelos. Impasible al contemplarlos confrontar contra el perdurar de un mundo que aparentemente nunca cambia.

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Pilar tenía dieciocho años y, casi desde su llegada, se fijó en él. Afloró entre ellos una amistad que hacía sospechar a todos los que vivían en la casa cuartel que aquel asunto podía terminar en romance, algo que a todos los uniformados les parecía bien.

Ciertamente, al padre de la chica le costaba más aceptarlo, pero tenía, a su vez, un muy buen concepto de Fernando, que ahora era disciplinado, obediente y siempre dispuesto a presentarse voluntario para lo que fuese.

Como otros padres, el sargento Isidro Matamoros habría fantaseado con casar a su hija con un hombre importante, con una buena posición, incluso mejor que la suya, pero cuando veía a los dos chicos conversar y escuchaba las risas de ella, se convencía de que ¡por qué no! Si su hija se convertía en la mujer de un guardia, de un buen guardia, por supuesto, porque ya se encargaría él de que así lo fuese Fernando, podía ser un enlace conveniente, y lo que también era importante, podría tenerla cerca. Fernando evitaba contrariar a su sargento, su relación con Pilar se limitaba a pequeñas conversaciones por los alrededores y nunca buscando lo íntimo de cualquiera de las veredas que por los sotos serpenteaban por las márgenes del Curueño.

La víspera de la festividad del Corpus, Fernando se armó de valor y le solicitó al sargento, permiso para acompañar a su hija a la romería. Pilar ya le había advertido a su padre de que así lo haría y, aunque se mostró huraño, lo cierto es que no le desagradó.

Y así fue como aquel día de primavera de 1930, Pilar conoció a los amigos de infancia de Fernando, a Ramiro y a Julio, que asistieron a la romería con otros mozos de Dolor y de Villanueva. Hacía mucho que no veían a Fernando. Sabían de él por alguna carta que cruzaban durante el año, por eso acudían divertidos, por si veían a Fernando vestido de uniforme. Julio estaba en mitad del prado de la romería escanciando sidra cuando sintió un dedo en su espalda, a modo de que alguien le estuviese encañonado. Una voz rotunda y sería sonó en su nuca.

—¡Identifíquese!

Se giró y tras una exclamación de alegría, en la que cada uno pronunció el nombre del otro, recibió el abrazo de Fernando mientras sujetaba en sus manos el vaso y la botella de sidra. Después fue Ramiro quien recibió la atención de Fernando. Durante un par de minutos hablaron los amigos atropelladamente, porque no se habían visto en tres años. Tras el efusivo encuentro, fue inevitable que Julio y Ramiro se interesasen por la chica que parecía acompañar a Fernando y permanecía divertida, observando la escena a pocos metros de ellos.

—¿Y esa moza? ¿Está contigo?

—Ven, Pilar, ven que te presento a mis amigos.

Pilar se acercó atrapando sus miradas, su pelo moreno y lacio se desparramaba en una larga coleta, por uno de sus hombros y las líneas lisa de su melena, enmarcaban un rostro bronceado, en el que unos ojos verdes centelleaban igual, pensó Julio, como algunos de los minerales cristalizados en las piedras, que sus compañeros de la mina arrancaban a la montaña y que él se encargaba de acarrear.

—Hola, soy Pilar —les saludó estrechando sus manos.

Pasaron buena parte de la tarde juntos, rememorando aventuras del pasado. De vez en cuando, Fernando se volvía a Pilar y le preguntaba si quería bailar, si se estaba aburriendo, pero ella le decía que no, que le divertía escuchar todo aquello de sus vidas, que ella siempre había vivido en cuarteles y que nunca había logrado tejer una amistad con nadie, como ellos habían hecho.

Más tarde, cuando Fernando se despidió de los amigos, se perdió con Pilar paseando por los caminos para robarle un beso primero y pedirle relaciones formales después.

—¡Pero qué bobo eres!

—¿Yo? ¿Por qué?

—¿Qué es eso de que te gustaría algún día poder llegar a ser mi novio?

Fernando dudó.

—Bueno, pues eso, que…

—Anda, ¡cállate!

Pilar tiró de las solapas de su uniforme hacia sí, rodeó a Fernando con sus brazos por sus hombros y, muy despacio, fue acercando su boca a la suya. Cuando sus labios estaban a punto de rozarse, el cálido aliento de ella le susurró las palabras más hermosas que Fernando nunca hubiese escuchado.

—Sí, ya somos novios.

Fernando separó un poco su rostro del de ella para contemplarla. Entonces Pilar le besó.

—Desde que te vi por primera vez, me dije: «¡Ahí está el hombre de mi vida!».

Fernando estaba en una nube. Había estado casi toda la noche anterior en vela, planeando cómo expresarle a Pilar sus sentimientos y ahora todo se había venido abajo. No hacía falta ya porque ella, con su naturalidad, adivinaba todos los sentimientos que ella le despertaba. Y a cada frase de Pilar, Fernando asentía sonriente. La sensación que experimentaba entre su garganta y pecho era indescriptible.

—Pilar… no te estarás cachondeando un poco, ¿no?

Ella se rio.

—Cuando te vi me gustaste, me gustaste sin más…

—¿Entonces eso de que «ahí estaba el hombre de tu vida?».

Volvió a reír.

—Bueno, eso es verdad, pero podía ser solo un capricho. Después, al conocerte más en profundidad, he de decir que, además de guapo… eres bueno, y eso es lo más importante en un hombre.

Aún se alejaron más del bullicio de la romería para abrazarse, besarse, tocarse y fantasear con el deseo sexual que los dos reprimían. Muchos años después, Fernando recordaría aquella tarde como el momento más feliz de su vida.

A finales del verano, Fernando abordó al sargento para pedirle formalmente relaciones con su hija. Este, que ya se imaginaba que aquella cuestión llegaría en cualquier momento, había sido previsor.

Intuía que por estar tan juntos, la pareja acabaría yendo más allá de lo estrictamente correcto en sus encuentros y lo que menos quería, a pesar de que Fernando ya le gustaba como yerno, era casar a su hija embarazada. Un temor para el que la hija nunca le dio motivos de preocupación, pero el atractivo de Pilar era indisimulable, llamando a la atención de cualquier hombre, algo que le irritaba profundamente.

En el cuartel de Cistierna tenía un primo, sargento como él, con quien urdió su estrategia. Gestionó con la comandancia la necesidad del traslado de Fernando a aquella localidad, distante a unos cuarenta kilómetros. Lo suficientemente cerca como para que la relación entre los chicos no se rompiese, pero también lo suficientemente lejos para que cesasen los cada vez más frecuentes encuentros furtivos que mantenían. De esa manera, podría constatar si el interés de ambos, permanecía tal cual a pesar de la distancia tras un prudente lapso. Fernando recibió la frustrante noticia con entereza. Apenas lo vio el sargento Matamoros pestañear cuando le notificó su traslado, motivado por la necesidad de reforzar algunos acuartelamientos de la provincia, especialmente en los de la zona minera, donde a cada día el ambiente estaba más enrarecido, sucediéndose huelgas y frecuentes enfrentamientos con la autoridad.

—Deja esto de mi cuenta, Fernando, que conseguiré que vuelvas a reincorporarte a este puesto en poco tiempo —le tranquilizó el sargento.

—Y… disculpe. Eso, ¿cuándo sería posible?

—Diría que en no menos de un año y no más de dos.

La joven pareja tuvo que separarse. Por fortuna para ellos, cada diez o quince días Fernando volvía a La Vecilla, en cualquier tren, llevase pasaje o volviese de vacío desde Bilbao tras dejar la hulla fundiendo el mineral de hierro en los altos hornos. Se subía en Cistierna en la misma locomotora si era preciso y bajaba en el apeadero de La Vecilla. Allí entraba a la cantina que había frente a la estación donde estaría Pilar esperándole, pues mediante el teléfono, dejaba aviso de su llegada en el cuartel. Después, solía ser invitado a comer con la familia de la chica, daban un breve paseo y de vuelta al tren para regresar a Cistierna.

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