Fernando tragó saliva asustado, levantó la mirada hacia aquella especie de oso y asintió.
—Vamos, Fernando, sal, que llegamos tarde a la escuela —advirtió Ramiro esperanzado en que Andrés le permitiese salir, seguro de que su amigo estaría pasando un mal rato delante de aquel. Entonces Andrés se volvió.
—Hoy no tenéis escuela, hoy venís conmigo y os enseño a cuidar un rebaño.
—Tienen que ir a la escuela —apuntó inquieto Julio.
—He dicho que no hace falta y, tú, mejor ve pensando qué harás de ahora en adelante porque te vas a quedar manco y no conozco mineros mancos. Podrías también aprender a cuidar un rebaño.
Julio frunció el ceño enfadado, retrocedió hasta la entrada de la cocina extendiendo su brazo sano para agarrar por la manga a Fernando y tirar de él hacia fuera hasta que su amigo pudo salvar el obstáculo de Andrés.
—Vámonos ya —ordenó Julio a Fernando que se mostraba asustado—, esos están locos.
Los huesos machacados de la mano de Julio soldaron de una manera anárquica, al albur del desorden en el que quedaron astillados tras el mazazo propiciado por Pedrín, aunque no le hacía gracia ninguna, acudía a que Elisa le examinase la lesión cada dos o tres semanas. Además de ajustarle el entablillado de la férula, no había una sola vez que no le recordase que quedaría manco por no haber ido a un cirujano.
Volvió a la mina, sí, pero los continuos dolores que padeció en su convalecencia no se lo permitieron hasta medio año después del accidente. Su mano izquierda presentaba ahora unos dedos desiguales. El índice y el corazón habían quedado rígidos. Presentaban una cierta curvatura, como si fuesen a sujetar algo, parecían una especie de garfio. Los otros dedos, aunque con grandes dolores, sí que los podía mover, pero algunas labores en el pozo le iban a ser imposibles desarrollar. Así pues, su trabajo sería desescombrar, empujar vagonetas, acarrear materiales o disponer herramientas para otros. Se podría decir que, a partir de entonces, su categoría laboral en la mina quedaba situada por debajo de la de cualquiera de sus compañeros, y justo por encima de los mulos que tiraban de las vagonetas.
Aguantaría unos años más, pero pocos, le decía a sus padres. Ramiro llevaba ya un par de años con los frailes en León y, tal y como preveía el maestro de Villanueva de la Cueva, su porvenir, gracias a los estudios, sería esperanzador.
Aquella cuestión comenzó a ser motivo de discusión con los padres. Él aducía que tampoco es que fuese tonto, que nunca se le dieron mal los estudios y que quizá con un poco más de esfuerzo que su hermano, él también podría haber ido a estudiar con los curas y librarse de la condena del pozo de la mina. Entonces, unas veces su madre, otras su padre, intentaban transmitirle tranquilidad e ir borrando tal idea de su mente, conscientes de que podría prender en su corazón la llama del rencor.
Además, apelaban a su mayor edad para que entendiese el papel de cada uno en un mundo en el que la gente como ellos apenas tiene una oportunidad por mejorar sus vidas, y sí que corren muchos peligros de convertirlas en una condena. Gracias al trabajo suyo y de sus padres, Ramiro podía estudiar. De no ser así, no solo su hermano perdería su oportunidad, sino que, incluso perderían el trabajo y el derecho a poseer la casa y la huerta. En tal caso, deberían descender a Villanueva y ocupar la casina que fuese de su abuelo Juan y que, ahora, Andrés y Elisa empleaban para recoger a sus animales. Emprender una nueva vida en una casa ruinosa trasformada en cuadra, sin más medios que un puñado de metros para sembrar.
Entonces, Julio se marchaba dando un portazo, constatando que tenían razón, que igual sí que era un poco tonto por no pensar en eso y recurrir siempre al mismo argumento para justificarse inconforme con su situación. Salía de la pequeña casa, casi una cabaña que, como otras similares, en hilera y dispuestas en dos filas frente a frente, daban a Dolor el aspecto de un pueblo con una pequeña e única calle. Caminaba hasta donde el camino de descenso al valle se precipita en un empinadísimo sendero y allí apoyaba su espalda en el deteriorado cartel de madera que daba nombre al pueblo.
Miraba el abultado dorso de su mano lastimada, después perdía la vista en la mole caliza del Bodón, en la otra vertiente del valle, la mítica cumbre sagrada y ancestral de los primitivos pueblos que desde la noche de los tiempos ya habitaron aquellos parajes y sentía que su rabia era al menos tan inmensa como aquella montaña, que desafiaba tanto a los cielos, que incluso clavaba en ellos lo más agreste de su cresta, rasgando las nubes si era preciso.
1927
5. El cachorro del mastín
Fernando siguió estudiando en la escuela de Villanueva hasta los catorce años, la misma edad a la que Julio dejó los libros. A esa edad, la mayoría de chicos ya se había puesto a trabajar, bien pastoreando, ayudando en casa, o como Julio, bajando cada mañana al pozo de la Virgen Dolorosa, cuya plantilla se iba incrementando, al ritmo que las galerías seguían ramificándose por el interior de la montaña.
Observaba don Gil, con cierto desdén, a otros empresarios mineros que, constantemente, tenían que enfrentarse a protestas y huelgas, recurrir, en ocasiones, a sicarios para solventar las diferencias que se desataban con los representantes de los mineros. Y aunque, de vez en cuando, no podía evitar alguna pequeña disputa en los talleres auxiliares que tenía en las cuencas mineras de Sabero, a él eso no le sucedería en su idealizada mina, porque Dolor, como ya todo el mundo conocía a aquella pequeña explotación, era su reino particular. Había sabido dominar las voluntades de sus asalariados, contratando a sus hijos, a sus parientes, convirtiéndose en un siniestro benefactor.
Fernando no quería ser minero y tampoco otro mastín como su padre. Tan leal con el dueño de la mina, tal cual lo haría uno de esos perros con su amo, pero Gabriel, siempre que había ocasión, obligaba a su hijo a acompañarle en su trabajo, para que, así, fuese aprendiendo a mandar.
—No pierdas detalle de nada. Tienes que conocerlos bien para saber qué labores les puedes asignar a unos, a otros y para tenerlos a raya cuando se encabronen. Esta explotación, poco a poco irá creciendo y yo tendré que delegar algún día en un subalterno. Tú serás ese hombre.
Meses después, ante la insistencia de Gabriel, don Gil accedió a entrevistar al chico. El Mastín le aseguraba al patrón que su chaval tenía madera de líder, que le permitiese convertirlo en su aprendiz, que a punto de cumplir los quince años no se amilanaba ante los más fornidos y veteranos mineros a la hora de asignarles labores o reprenderles por cualquier motivo que lo requiriese cuando le había acompañado en la labor del padre, pero el dueño de la mina aunque le permitía a Gabriel que llevase a su hijo de vez en cuando al trabajo, tenía serias dudas. Una labor así, decía, debe encargarse siempre a un fiel perro de presa y, ciertamente, Gabriel era su Mastín, que no dudaba, si el jefe lo ordenaba, en dar un escarmiento a un empleado díscolo de la manera que fuese. Sin miramientos ni remilgos, de la que fuese. Ahora estaba por ver si Fernando podría estar a la altura de su padre.
—Vamos a ver, chico, pasa y siéntate ahí.
Fernando que había llamado tímidamente a la puerta del despacho del patrón, y asomaba la cabeza pronunciado un «¿Da usted su permiso?», obedeció, quedando su padre en el pasillo del barracón junto a la boca mina, donde tenían las oficinas el ingeniero, el patrón y dos administrativos.
No quedó satisfecho Gabriel de la manera en la que entró su hijo. Le había ordenado que lo hiciese con respeto, pero con gallardía y parecía que caminase hacia el cadalso.
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