Tras una breve charla, en la que el patrón puso a prueba sus conocimientos sobre el trabajo que debería realizar para ayudar a su padre, le sorprendió con una inesperada pregunta.
—Imagina que en la mina, tengo empleado a un hijo de puta que me está alterando el patio. —Fernando tragó saliva—. Y, claro, no puedo tenerlo en plantilla porque está todo el día enredando a sus compañeros, con que si hay que pedir más salario, menos horas de trabajo… Vamos, un cabrón que quiere vivir de la sopa boba, ¿me sigues?
—Sí, sí, señor.
—¿Qué hacemos con él?
—¿Despedirlo?
—Digamos que su mensaje ha calado entre la mitad de la plantilla y, si lo echo, son capaces de montarme una huelga.
—Si hacen huelga, podrá despedirlos a todos, o recurrir a la fuerza de la autoridad para…
—Quita, quita —le interrumpió—, eso sería llegado ya a un extremo desastroso, ¡a una huelga nada menos! Eso nunca ha sucedido aquí, en Dolor.
—Bueno, pues entonces intentaría ganármelo. Le ofrecería algo para que se olvide del asunto.
—El soborno es una opción y, aunque me jodería premiar así a un gañán de estos, podría asumirlo. Suele funcionar, pero no te lo voy a poner fácil. Imagina que es un tipo obstinado y no acepta por «integridad», me chifla esa palabra, es tan graciosa… in-te-gri-dad. O, peor aún, que sus compañeros se enteran de que les ha traicionado y ahora otro más hijo de puta aún, ocupa su lugar. Los mineros están muy enfadados y ahora sí que se plantean joderme con una huelga.
—Podría pasar lo que usted dice, pero también podría ser que no.
—No se deben correr esos riesgos. ¿Sabes lo que cuesta un cartucho de dinamita de los que usan los barrenadores?
—No.
—Pues cuesta lo que vale.
—Eso no lo entiendo.
—Si en época de necesidad, los alimentos se encarecen, como alguna vez ha pasado, adquieren un costo, pero no cuestan lo que realmente valen. Su precio se ha elevado por algún motivo.
—Ahora lo entiendo.
—No, si listo ya veo que eres. Bueno, pues con lo que cuesta un cartucho de dinamita, la cuestión puede ser arreglada. Se trata de buscar el momento y que el explosivo solucione el asunto. Si te pidiese que entrases a la mina detrás del hijo de puta, ¿sabrías librarme del problema?
Fernando sintió un escalofrío ascender por su columna al escuchar a aquel hombre cuestionarle si sería capaz de matar a alguien por encargo.
—Antes de que me contestes, te advierto de que tu padre, sí sabría qué hacer. La cuestión es saber si serías lo suficientemente hombre como para asumir la responsabilidad que te fuese encomendada.
Fernando sabía que el sentido de su respuesta, haría tomar una senda u otra a su vida.
—Creo que no, señor.
El patrón frunció el ceño. Abrió uno de los cajones del escritorio y de una caja de madera, extrajo un puro que encendió con parsimonia. En pocos segundos, una densa nube de humo flotaba entre los dos
—Eso está bien. Ser sincero siempre está bien, pero dime una cosa, realmente, ¿qué te gustaría ser?
Fernando contestó sin titubeos.
—Ferroviario, señor. Quisiera ser maquinista del hullero.
El dueño de la mina aspiró un par de caladas profundas para asegurar el perfecto encendido del cigarro y exhaló el humo sobre Fernando.
—Pues cuéntaselo a tu padre y cierra la puerta al salir.
Corrió como la pólvora entre los mineros la noticia de que el hijo del Mastín, no seguiría los pasos de su padre. Aquella noche, Fernando recibió correazos hasta que Gabriel se quedó sin fuerzas. No derramaron sus ojos lágrima alguna, acostumbrado como estaba a los golpes del padre. Siempre por su bien, como le decía cuando tras alguna fechoría de chiquillos o una mala contestación, le sacudía la cara con un par de bofetones, o como ahora, se quitaba el cinturón para castigarle. Pero esta vez, no se trataba de corregir una mala actitud, simplemente de que su progenitor descargase la frustración de quien eligió despertar el miedo y el desprecio entre muchos, a cambio del favor del amo. Su hijo se creería que no era como él, ¿acaso mejor? Eso se podría corregir.
Don Gil le comunicó que no veía madera en Fernando para labrarse un futuro en la mina si no era con el pico y la pala. Por ello, le aconsejó que escuchase al chico y que, si necesitaba ayuda para lograr que entrase en la escuela de aprendices y convertirse en maquinista, si el chico demostraba tener aptitudes para ello, solo tenía que pedírselo. Gabriel simplemente le dio las gracias, asegurando que lo valoraría. En cualquier caso, la decisión ya la tenía tomada. Demostraría a don Gil que se había equivocado y, si algo tenía claro, era que el futuro de Fernando no discurriría por los raíles del hullero. Un par de semanas después, le comunicó a su hijo cuál sería su destino.
—Ahora que ha finalizado la guerra de Marruecos, habrá numerosas licenciaturas en el ejército y no es mal momento, según dice don Gil, para incorporarse a filas y hacer carrera, ya que también ha habido mengua de oficiales caídos en el frente. Entrarás en la academia militar y veremos de qué madera estás hecho.
Fernando mostró una tímida oposición, un gesto que le costaría sufrir una nueva serie de bofetadas y correazos, pero era el trámite necesario para asumir padre e hijo la nueva situación. Uno por ser obligado a golpes, otro por no entender la educación de un hijo de otra manera.
Don Gil realizó las gestiones pertinentes para lograr los propósitos de Gabriel y se mostró muy conforme con la decisión tomada. En cierta manera le sabía decepcionado y creía que en tal gesto, anidaba cierto revanchismo por demostrar que se había equivocado con Fernando. No le censuraría por ello, Gabriel seguiría su fiel mano derecha para gestionar con orden su mina y la izquierda también para realizar las labores menos ortodoxas.
1930
6. Pilar
Cuando Fernando abandonó Dolor para convertirse en militar, contrariamente a lo que habría imaginado, se sintió liberado, dejando atrás los lamentos diarios del padre por la desaparición de su hermano. A veces, el Mastín, tras la misa vespertina del domingo en Villanueva, se echaba la escopeta al hombro, metía una botella de orujo en un pequeño zurrón y se perdía la jornada entera por los montes hasta bien entrada la noche. No sabía Fernando si es que seguía buscando algún rastro de la desaparición de Gabrielín, o si iría a perderse por la montaña para, después de beberse la botella, descerrajarse un tiro. Así que verse libre de sus palizas, de sus lamentos y de aquel abatimiento que subyacía bajo un permanente enfado era esperanzador. Las historias de los mandos veteranos de la guerra de Marruecos dibujaron un porvenir de aventura en su imaginación. Un ímpetu que le empujó a entrar en la escuela de cadetes de infantería, aunque no llegaría nada lejos en su propósito. Contrariamente a lo que su padre le decía al patrón sobre las aptitudes de su hijo, Fernando se despistaba con facilidad y no salía de un arresto para meterse en otro. Además, los permisos de salida los aprovechaba emborrachándose con los más bravucones y montando peleas por allá donde fuesen. De no mediar una guerra, su carrera militar sería un fracaso. Pasados dos años asomó la posibilidad de hacerse guardiacivil. Entró en el cuerpo y, sorpresivamente, su primer destino fue muy cercano a su casa, incorporándose al puesto de La Vecilla. Sin él saberlo, don Gil, a petición del Mastín, había hecho valer su influencia para que no le destinasen en otra provincia, proceder habitual del cuerpo armado. Así que, por cercanía, retomó esporádicamente el contacto con el padre, también con sus amigos, aunque lo que le hizo realmente feliz fue conocer a Pilar, la hija del sargento de su cuartelillo.
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