–Buen trabajo, océano. –Echa un vistazo alrededor–. Solo espero que esa chica esté bien.
No respondo. Estoy distraída, miro las toallas de playa, las mantas y las sillas que llevaron a la costa. Me distraigo viendo a Jackson usar la punta de una toalla para quitarse el agua de sus orejas.
–Regresaré pronto.
Giro y subo por la arena, busco algo de soledad cerca del acantilado rocoso. Es demasiado temprano para que hayan empezado las infames sesiones de besos y es fácil que encuentre un rincón vacío entre las rocas. Me inclino contra una piedra y me llevo una mano al pecho. Mi corazón se acelera debajo de mi piel.
–Esto es solo un deseo –susurro–. Un cuento de hadas. Causado por el estrés de fin de año y todas esas fantasías de castigar a la gente cuando se lo merecen y… tal vez por una ligera conmoción cerebral.
A pesar de mis palabras racionales, mi cerebro lanza varios contraargumentos. La canción. El accidente de auto. La ola.
Pero cada vez que empiezo a pensar “tal vez fui yo” me reprimo. Realmente estoy considerando la posibilidad de que después de cantar una canción en un karaoke, ahora tengo… ¿qué? ¿Poderes mágicos? ¿Una especie de don cósmico? ¿La habilidad completamente absurda de ejercer los deseos de justicia del universo?
–Coincidencias –repito y empiezo a caminar en el lugar. Algo de arena entra en mis sandalias y sacudo los pies para limpiarla. Voy y vuelvo entre las rocas–. Todo esto es una sumatoria de coincidencias estrambóticas.
Pero…
Me detengo.
Demasiadas coincidencias tienen que significar algo.
Me quito el cabello de mi rostro con ambas manos. Necesito estar segura. Necesito pruebas.
Necesito ver si puedo hacerlo otra vez, a propósito.
Muerdo mi labio inferior y espío sobre sobre las rocas, evalúo la multitud en la playa. No estoy segura de qué estoy buscando. Inspiración, supongo. Alguien debe merecer ser castigado por algo .
Mi mirada aterriza en el mismísimo Quint. Está ayudando a algunos de nuestros compañeros a instalar una red de vóley.
Ja . Perfecto. Si alguien merece justicia cósmica por su comportamiento este año, definitivamente es Quint Erickson.
Pienso en todas las veces que llegó tarde. Todas las veces que su trabajo no fue suficiente. Cómo me dejó a mi suerte el día de la presentación. Cómo se negó rotundamente a rehacer el proyecto.
Aprieto mi puño con fuerza.
Y espero.
–Hola, Quint –lo saluda una chica de nuestra clase, caminando hacia él. Me enderezó. ¿Qué hará? ¿Lo abofeteará por algún melodrama misterioso que no conozco?
–¿Cómo estás? –dice Quint devolviéndole la sonrisa.
–Bien. Traje galletas caseras. ¿Quieres una? –Extiende una caja de lata.
–Rayos, sí, quiero una. –Acepta una–. Gracias.
–Por supuesto –le sonríe radiante antes de marcharse.
Estoy perpleja.
Quiero decir, supongo que la galleta podría estar envenenada, pero lo dudo. Quint se la devora y luego termina de instalar la red.
Lo sigo observando por otro minuto, completamente confundida. Pronto se hace claro que no le sucederá nada horrible. De hecho, una vez que el juego comienza, anota el primer punto para su equipo y recibe una ronda de festejos y choque los cinco.
Haciendo un mohín, finalmente relajo mi puño.
–Bueno. No funcionó –murmuro. La decepción es difícil de aceptar, pero no sé si estoy más decepcionada con el universo o conmigo por creer algo tan absurdo.
Hago círculos con mis hombros. Basta. Pasaré el resto de mi velada leyendo el libro que traje, comiendo malvaviscos y escuchando a Ari mientras intenta encontrar la correcta progresión de acordes para su última canción. Me relajaré.
Tomo mis zapatos y empiezo a ponérmelos.
–Por favor. Es tan nerd. ¿Saben que juega a Calabozos y Dragones?
Me congelo, no tengo que mirar para saber que es Janine Ewing, su voz se escucha sin dificultad en mi pequeño rincón. No puedo verla o con quién está hablando, pero solo podría estar hablando de algunos chicos. Jude y sus amigos, Matt y César, de nuestro año o Russell, un chico de segundo año que se unió a su grupo hace unos meses.
–¿En serio? –dice otra voz femenina. ¿Katie?–. ¿Ese extraño juego de rol de los ochenta? ¿El que juegan esos niños en Stranger Things ?
–Ese mismo –responde Janine–. Es como… ¿En serio? ¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo?
Espío por una apertura entre las rocas y veo a Janine y a Katie a tan solo unos metros, descansan entre una mezcla de toallas playeras estridentes en bikinis y gafas de sol. Y… oh. Maya también está con ellas. Juntas lucen como una publicidad de protector solar y no de mala manera. Maya en particular luce como una estrella de Hollywood en ascenso. Es el tipo de chica que podría estar en un comercial de maquillaje. De tez oscura cálida por el sol poniente, grueso cabello oscuro al natural y rizado encuadra su rostro y con pecas tan encantadoras que podrían inspirar sonetos enteros.
Como es de esperar, Jude no es el único chico en la escuela con un enamoramiento por ella.
–¿Calabozos y Demonios no es una especie de juego de adoración del diablo? –pregunta Katie.
Pongo los ojos en blanco. Maya, baja sus gafas hasta su nariz y le lanza una mirada a Katie que sugiere que concuerda conmigo sobre cuán innecesario fue ese comentario.
–Calabozos y Dragones –replica–. Y estoy bastante segura de que ese rumor lo inició la misma gente que decía que Harry Potter era demoníaco.
Tengo que admitir que, si bien cuestiono frecuentemente la devoción ciega de Jude hacia ella, Maya tiene sus momentos.
–Aún así. –Acomoda sus gafas en su lugar–. No fastidies, Jude me cae bien.
Mis ojos se ensanchan. Pausa. Rebobina. Le cae bien Jude. ¿Eso significa que le gusta ?
Me emociono. Estiro las orejas para captar cada palabra de lo que están diciendo. Si puedo regresar con Jude con evidencia empírica de que sus sentimientos son correspondidos después de todo, estaría cerca de ganar el premio a la Mejor Hermana del Año.
–Por supuesto que te cae bien –dice Janine–. ¿A quién no? Es tan bueno.
–Tan bueno –concuerda Katie tan enfáticamente que suena casi a un insulto.
–Pero también está tan… –Janine no termina. Necesita un largo momento para encontrar las palabras para explicarse–. Como, tan interesado en ti. Es un poco extraño.
Suelto un gruñido de incredulidad. ¡Jude no es raro!
Hundo la cabeza detrás de la roca antes de que miren hacia atrás y me vean, pero su conversación no se detiene.
–A veces se queda mirando –concede Maya–. Solía creer que era halagador, pero… no lo sé. No quiero ser mala, pero uno creería que recibió la indirecta de que no estoy interesada, ¿no?
Hago una mueca.
Allí terminó mi plan.
–Parece un poco obsesivo –añade Katie–, pero ¿de manera dulce?
Vuelvo a espiar entre las rocas con el ceño fruncido. ¡Jude no está obsesionado! Por lo menos, no tan obsesionado.
Le gusta Maya. ¡No es un crimen! ¡Debería estar complacida de haber llamado la atención de alguien tan amable e increíble como Jude!
–De vuelta, me cae bien Jude –dice Maya–, pero me hace sentir un poco culpable, saber cómo se siente cuando… bueno, nunca sucederá.
–¡No tienes por qué sentirte culpable! –asegura Janine–. No has hecho nada.
–Sí, lo sé. Supongo que no es mi culpa no estar interesada en él.
Katie hace un gesto de silencio repentino, pero está acompañado de una risita casi cruel.
–Shhh, Maya, Dios. Está justo allí, te oirá.
–¡Oh! –dice Maya y se cubre la boca con una mano–. No lo sabía.
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