La obra se divide en nueve capítulos que contienen trabajos diversos reunidos bajo un rubro general. Se trata de ensayos y artículos de diferentes autores representativos de varias corrientes teóricas en las ciencias sociales, cuya virtud es la de transmitir puntos de vista complejos sobre el concepto de cultura. En cada caso se informa de la procedencia del artículo y, cuando así lo amerita, se acredita al traductor. Por cierto, el propio Gilberto Giménez ha traducido no pocos de estos artículos escritos originalmente en alemán, francés, inglés e italiano.
Precede a los nueve capítulos mencionados, un extenso texto del propio Gilberto Giménez que constituye el eje central de la obra. En éste, el autor discute con gala de erudición el desarrollo del análisis de la cultura en las ciencias sociales. Se trata de un ensayo complejo y exhaustivo que examina las tradiciones metodológicas y teóricas que han intervenido o intervienen en la reflexión sobre la cultura. Ha escrito un texto que permite al lector adentrarse a una problemática de suyo difícil y en ocasiones confusa, precisamente por la abundancia de definiciones y puntos de vista acerca del concepto de cultura, sin mencionar la cantidad de significados que se le asignan fuera del ámbito académico. Es particularmente interesante el acercamiento crítico que propone Gilberto Giménez en el examen de cada punto de vista. Ello en sí constituye una lección.
Es ampliamente conocido que el primero en ofrecer una definición antropológica del concepto de cultura fue Edward Tylor en 1871. En un párrafo memorable, Tylor resumió así su opinión: “... [la cultura] es ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, la costumbre y cualesquiera otras capacidades y hábitos adquiridos por el hombre en sociedad”.
La propuesta de Tylor rompió con el esquematismo biológico dominante en aquellos días en las ciencias sociales, y señaló con claridad que la transmisión de la cultura pasaba por las relaciones sociales. Años después, los antropólogos resumieron este punto de vista al afirmar que la cultura era la herencia no biológica del ser humano. En un siglo dominado por el evolucionismo y la biología, la propuesta de Tylor fue innovadora y permitió despojar al concepto de cultura de un significado de élite, aristocrático incluso, que servía a los fines del poder. Los “cultos” eran quienes dictaban las reglas del juego y dominaban el escenario político. Por supuesto, los pueblos no europeos se clasificaron como “incultos”, al lado de las clases bajas, obreros y campesinos. La propuesta de Tylor abrió la posibilidad de concebir la cultura como una capacidad compartida por todos los seres humanos. Tal definición de Tylor permanece en el trasfondo de la posición de no pocos antropólogos contemporáneos. Después de Tylor, Franz Boas se erigió defensor por excelencia del concepto de cultura, dando sus ideas lugar a desarrollos posteriores elaborados por sus alumnos, entre otros, Edward Sapir, Margaret Mead, Ruth Benedict y los propios Alfred L. Kroeber y Clyde Kluckhohn. Por supuesto, después del compendio de estos últimos, presentado en 1952, ha corrido infinidad de tinta, como lo demuestran los trabajos antologados por Gilberto Giménez. En la actualidad, la discusión del concepto de cultura en antropología pasa por los trabajos de Marvin Harris, Roy A. Rappaport, Clifford Geertz, Marshall Sahlins o Michael Carrithers y, por supuesto, el propio Gilberto Giménez.
En cierto sentido, el concepto de cultura llegó a las ciencias sociales como un resultado de la apertura del mundo y del encuentro de sociedades cuyas diferencias resaltaban. El colonialismo, en su amplia concepción, incubó interrogantes que no sólo se refirieron al uso del poder y a las características del dominio sino al lugar que en ello tienen las diferencias culturales. El concepto de cultura descubrió el valor de la variedad humana y el derecho de los pueblos a la diferencia. Prohijó también el uso de la tolerancia y la reflexión sobre nuestras capacidades creativas como seres humanos. Las críticas más sustanciales al colonialismo partieron del concepto de cultura y añadieron dimensiones antes desconocidas a las realidades provocadas por la desigualdad social. No son sólo las diferencias clasistas las que cuentan en la sociedad actual sino también las culturales. En otras palabras, en el contexto del colonialismo y sus secuelas, la diferencia cultural se esgrimió como argumento para justificar la desigualdad social. En otros contextos, como sucedió con el indigenismo mexicano, se confundió la desigualdad con la diferencia. Se ocultó el hecho de que la desigualdad social es la causa y raíz profunda de la pobreza, mientras la diferencia cultural es el potencial más importante para lograr la riqueza. El concepto de cultura abrió la puerta al análisis de estas situaciones e hizo posible un examen más complejo del pasado y del presente. Nunca como en nuestra actualidad, el concepto de cultura está en el centro del debate sobre la globalidad y los conflictos que afligen al mundo. Si desde algún concepto será posible el análisis de la dialéctica entre lo global y lo local, ése es el de cultura.
Uno de los aciertos más destacados de la obra de Gilberto Giménez es la inclusión de un amplio debate acerca del cambio cultural. En efecto, a lo largo de los años, la antropología elaboró una visión más bien conservadora y homogeneizante de la cultura. Pero las sociedades en general están en permanente movimiento, y las culturas no son la excepción. Aún más, el devenir cultural no es sólo cambiante sino hasta incierto. Tiene relación con el poder y el dominio. La cultura no está exenta de este contexto. También le concierne la dimensión política de la vida social. El cambio cultural es una dimensión que atañe a la reflexión sobre lo que en México hemos dado en llamar “lo nuestro”, a lo cual otorgamos una dimensión estática. Pero las culturas cambian no sólo al estímulo de la propia innovación sino con el contacto y el diálogo con otras culturas.
El trabajo de Gilberto Giménez aporta una reflexión amplia, casi exhaustiva, del concepto de cultura. Aprendemos con ella que finalmente la cultura es una capacidad humana que nos pertenece a todos. Esa capacidad es la de crear nuestro propio mundo y hacer nuestra propia historia. Hay también, como en todo lo humano, desviaciones en la cultura. Es decir, rasgos culturales, como con claridad lo señala Gilberto Giménez, que atentan contra el sentido de lo humano, contra la dignidad. Por eso, el análisis de la cultura no es posible a través de una visión apologética sino mediante un sentido crítico. En ese sentido, la obra de Giménez muestra la extrema complejidad de la cultura, al desplazar cualquier noción simplista que la sitúe en los márgenes de la vida social.
La reflexión acerca de la cultura, entendida como una capacidad humana universal, y las culturas en concreto, nos permite entender la variedad y la pluriculturalidad, además de la historicidad de las culturas. Como una totalidad, la cultura es resultado de la actividad humana en general. En su dimensión concreta, la cultura es el resultado de una actividad humana particular en un contexto histórico específico. Así, el ámbito de la cultura es el campo total de la actividad humana, en abstracto y en concreto. Como lo sugirió Tylor en 1871, las relaciones sociales son el factor activo respecto a la cultura.
El lugar por excelencia de la presente obra son las aulas, por su claridad, su carácter antológico y su vocación pedagógica. La obra es también una guía para la investigación y la promoción cultural. El estudiante de ciencias sociales encontrará en ella una fuente de información teórica y metodológica que plantea cuestiones básicas para la reflexión. Asimismo, para el profesional de la promoción cultural, he aquí una obra que ensancha los horizontes mostrándonos que la cultura va más allá de la sola erudición hasta alcanzar lo más profundo de la creatividad humana. La cultura no se reduce a las actividades artísticas o manifestaciones similares sino que se refiere a la capacidad creativa compartida socialmente.
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