Por otro lado, Palacios se pregunta por los entramados de relaciones y sociabilidades que soportan los ejercicios político electorales en la Colombia del siglo XIX, cuestionando a Duverger. Su texto toma clara distancia de la mirada propuesta por la teoría económica de la agencia al preguntarse por las organizaciones en las que tales roles se desempeñan; sin embargo, la teoría permite al menos dos preguntas sugerentes:
¿actuaban los candidatos en calidad de principales o agentes, tanto al aprobar la legislación como al actuar con miras a conseguir votos? Aunque es fácil el interés de la autora por indicar el potencial de la norma, quizás conviene señalar que olvida que este importa allí donde sea aplicada. Al pensar su argumento desde el dilema principal-agente, podemos preguntarnos cuál era el rol de los funcionarios encargados de implementar esas normas electorales y si al hacerlo actuaban en calidad de agentes: ¿quién era el principal?
Por su parte, Sánchez tampoco interpela explícitamente el dilema principal- agente. Su trabajo sobre la hiperfragmentación partidista y los usos de Sartori para su estudio, permite reconocer el complejo entramado estructural en el que las relaciones principal- agente se configuran. ¿Los distintos tipos de organizaciones se corresponderían con distintas maneras de resolver la relación entre unos y otros? ¿Aumenta en unos y otros el riesgo moral? Ambas son preguntas que podrían sugerir futuros cauces de pesquisa.
Siguiendo con el texto de Arturo y Llano, se problematiza la naturaleza del dominio y la relación entre derecho y política a la luz de Bobbio. Si suponemos al gobernante como principal y a la burocracia como su agente, como lo propone Kiser (1999), la teoría principal-agente nos permite reconocer el uso de la norma para prevenir el abuso egoísta (por exceso o defecto) del funcionario; así, si se asume que el gobernante es agente de los ciudadanos, como sucede en ocasiones en las democracias representativas, se entendería que la norma sirve igualmente para reducir el riesgo moral, obteniendo un criterio para valorarla.
Finalmente, Llano y González logran reconstruir un imperativo en la norma para la convivencia democrática, un ethos no violento requerido para el encuentro democrático entre principal y agente propuesto por Arendt. En este sentido, la cultura podría ser vista a la luz de su texto como el principal recurso en la reducción del riesgo moral, vis a vis con incentivos organizativos de distinto tipo, reflexión especialmente pertinente en un país en guerra.
De esta manera, los autores de esta obra hacen un llamado vehemente a reconocer la vitalidad de los autores escogidos para el análisis politológico. Se espera que estos textos contribuyan a enriquecer el debate acerca de la necesidad de desarrollar perspectivas de análisis sobre la agencia adaptadas a nuestros contextos.
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11 Siguiendo a Duque (2014), el desarrollo de la disciplina en la región ha sido heterogéneo, alcanzando un mayor progreso a partir de los años 70 en Brasil, Argentina y México, seguido por Chile, Colombia, Uruguay, Venezuela y Costa Rica, países en los que existen avances, pero el proceso de institucionalización es aún incipiente; en los países restantes el desarrollo de la disciplina ha sido insatisfactorio.
2En esta discusión solo aspiramos a enunciar las principales apuestas de las teorías codeterministas y dos de sus críticos. Estamos, claramente, dejando de lado teorías que relegan a un segundo plano o hacen desaparecer al actor y la agencia en la explicación del universo social; piénsese, por ejemplo, en la teoría de sistemas de Luhmann o en aproximaciones postmodernas que postulan el predominio absoluto de la estructura lingüística y disuelven al sujeto en el lenguaje.
3Cabe anotar que Bell (2011) reconoce que otras vertientes del institucionalismo, como el institucionalismo constructivista, no están exentos de críticas similares. A juicio del autor, este último tiene tal énfasis ideacional (las instituciones delimitan el contexto de sentido de la acción) que se acerca al posmodernismo y termina desplazando el foco lejos de los agentes situados, que operan dentro de un marco institucional que limita y promueve determinadas agencias.
4Kiser (1999) recuerda que Weber, como individualista metodológico, considera que una explicación de la acción debe exponer los motivos de los agentes. Aunque distingue la acción en cuatro tipos, Weber (como se citó en Kiser, 1999) argumenta que será analíticamente útil comenzar asumiendo microfundamentos instrumentales: “con miras a un análisis tipológico científico, es conveniente tratar todos los elementos irracionales, afectivamente determinados del comportamiento como desviaciones de un concepto típico ideal de acción racional” (p. 157).
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