La teoría económica de la agencia como estrategia de evasión definitiva
La teoría económica de la agencia surgió a partir de los esfuerzos por estudiar la cooperación entre un actor (el principal) que delega en otro (agente) la realización de un trabajo o labor; por lo tanto, esta teoría intenta resolver […] el problema que surge cuando (a) los deseos o propósitos de principal y agente entran en conflicto y (b) es difícil o costoso para el principal verificar lo que efectivamente hace el agente (Eisenhardt, 1989, p. 58). De esta forma, la cooperación se torna costosa y aumenta el riesgo de incumplimiento.
La ubicuidad de este tipo de relaciones en la interacción humana, y particularmente en la política, ha sido un insumo fundamental en la construcción de hipótesis y modelos del comportamiento y la cooperación. En sus distintas versiones, la teoría económica de la agencia hace objeto de análisis a los acuerdos (contratos) de cooperación y presume el interés individual, la aversión al riesgo y la racionalidad situada de los actores, que no es más que su capacidad para establecer conexiones, medios y fines en contextos en los que la información es costosa. Por lo tanto, la teoría de la agencia ha sido muy útil para exponer dilemas en la cooperación como el riesgo moral (asociado a la falta de esfuerzo por parte del agente) y el riesgo de selección adversa (la representación errónea de las competencias del agente), así como las estrategias a partir de las que se les afronta.
Por su parte, Eisenhardt (1989) distingue entre la investigación principal-agente (desarrollada a partir de modelos formales), la cuidadosa construcción de los supuestos, la deducción lógica y prueba matemática de las proposiciones, y la teoría positivista de la agencia, interesada principalmente en la descripción empírica de las formas en que se resuelven los dilemas de la relación principal-agente en distintos entornos (p. 59-60). Ambas renuncian al debate ontológico y epistemológico estructura-agente y apelan al individualismo metodológico y la figura del contrato para caracterizar los intercambios entre principal y agente; de esta manera, el condicionamiento estructural no es considerado como determinante o parte integrante del componente creativo del comportamiento.
Pese a este desdén por el debate metateórico, la teoría ha sido utilizada más allá de la economía para construir hipótesis y analizar las formas en que intenta garantizar la cooperación en distintos contextos. Como lo documentan autores como Eisendhardt (1989), Shapiro (2005) o Kiser (1999), su uso implica relajar supuestos como el individualismo metodológico o la naturaleza diádica de los contratos. Así, la inclusión de organizaciones o redes como entramados en los que se sitúan principales y agentes y en los que, de hecho, ambos roles pueden desempeñarse simultáneamente, o donde existen historias compartidas que afectan los intercambios, solo enriqueció la mirada sobre un dilema omnipresente bajo la máscara de diferentes alias (Shapiro, 2005, p. 282).
Los dilemas que estudia la teoría de la agencia son usualmente interpelados por la ciencia política, en tanto esta se interesa especialmente por la delegación y el control del poder en distintos ámbitos. La distribución del riesgo entre principales y agentes es un asunto esencialmente político y se le ha pensado de cara a problemas tan disímiles como la relación entre políticos y electores, entre funcionarios elegidos y burócratas en las agencias estatales, entre ciudadanos y funcionarios, entre líderes y seguidores en organizaciones sociales y movimientos políticos o entre políticos y capitanes en las organizaciones que compiten por votos.
Pese al desdén con el que a veces se percibe la estilización de la interacción en los modelos matemáticos, lo cierto es que en ciencia política muchos análisis comparten sus supuestos. Por ejemplo, Kiser (1999) señala cómo incluso la construcción de los tipos weberianos de dominación podría leerse como un esfuerzo por modelar problemas de agencia en distintos contextos institucionales, en tanto cada uno supone conjuntos de estrategias específicas de reclutamiento, monitoreo y sanción, a partir de las cuales se piensan las relaciones entre el gobernante, sus gobernados y los funcionarios (p. 158). De esta forma, los supuestos de racionalidad4, individualismo metodológico y el uso de modelos abstractos5, así como los dilemas de riesgo moral y selección adversa son tematizados por este clásico de la sociología en la construcción de su teoría.
Sobre este libro
Aunque es evidente que este no es un libro sobre el debate agencia- estructura en ciencia política, es claro que la discusión sobre esta relación define los capítulos aquí presentes; sin embargo, lo hace sin tematizarla, ni convertirla en objeto de indagación. Ante esto, es posible, por ejemplo, sugerir que la discusión sobre el principio de legitimidad que proponen Arturo y Llano en su texto sobre Bobbio o aquella que desarrollan Llano y González en su exploración del ethos democrático a partir de Arendt, están necesariamente referidas a formas particulares de conceptualizar la relación entre estructura y agencia. A ambos subyace la pregunta por el tipo de cultura (la estructura) que exige el ejercicio democrático y por cómo la agencia puede transformar la violencia y convertirla en fundamento subyacente del ejercicio legítimo de la autoridad.
Por su parte, Sánchez y Palacios, al interesarse por las instituciones electorales y los sistemas de partidos interpelan, aunque tácitamente, el debate agente-estructura, así sea solo al pensar el impacto de estas instituciones (esas meso estructuras) en el comportamiento de políticos y electores. El texto de Palacios reta simultáneamente la mirada historiográfica que sospecha de la agencia y la mirada politológica, proclive a identificar los efectos causales de los sistemas electorales para explorar las oportunidades que ofrecen las nuevas reglas para innovar en las formas de organización del ejercicio político.
Finalmente, el texto de Vargas y Tovar, al investigar la cooperación entre expertos y actores del común en la construcción de los problemas públicos, interpela a un debate propuesto por Imbroscio (1999) acerca de la conexión entre la democracia y la forma en que se conceptualiza la relación entre estructura y agencia. Según este autor, el juicio determinista tiende a promover una menor sensibilidad democrática (responsiveness), en tanto asume que existen límites insalvables en el grado en el que los expertos pueden rendir cuentas y responder a las demandas de los ciudadanos. Como sugiere su texto, la cooperación demanda un sustrato teórico en el que se privilegie la agencia sobre los constreñimientos estructurales.
El modelo principal-agente desarrollado por la teoría económica de la agencia, evita el debate agente-estructura. Aun así, la teoría y los dilemas que propone al analizar la cooperación pueden ser utilizados para interpelar argumentos científicos, de forma similar a como es usado por Kiser (1999) para caracterizar la teoría weberiana. El modelo, al igual que el tipo ideal weberiano, permite revisar la terminología, valorar la construcción de distintas hipótesis o suscitar preguntas que alienten la indagación. En tal sentido, conviene demostrar su uso interpelando a los argumentos de los textos incluidos en este volumen, sin pretender exponerlos para ser sometidos a un juicio riguroso, sino para exponer los usos de una teoría. De esta forma, el diálogo atento compete al lector de cada pieza.
El texto de Vargas y Tovar permite utilizar el modelo principal-agente para interpelar, ya no el modelo weberiano (Kiser, 1999), sino las relaciones entre comunidades y agencias estatales. Kiser (1999) analiza la relación entre el gobernante y la burocracia, mientras que otro cuerpo de literatura ha analizado la relación entre votantes y funcionarios elegidos, utilizando la teoría económica de la agencia. Por su parte, Vargas y Tovar reconocen los fallos en ambos tipos de relaciones y optan por elaborar una propuesta que promueve el rol de los actores ordinarios, no expertos como un “principal subsidiario”, capaces de participar en la definición de los problemas públicos de los que se ocupan las políticas públicas, por medio de la actividad crítica. Ante esto, la propuesta desde la sociología pragmatista de Luc Boltanksi permite especular sobre las posibilidades que esto ofrece para la reducción del riesgo moral y la selección adversa. Una cuidadosa consideración de los distintos tipos de relaciones principal-agente y los distintos roles como principales y agente que burócratas y actores del común asumen en su interacción, podría ayudar a apreciar las distintas dificultades que subyacen a los intentos de unos y otros por cooperar.
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