3. Constantes inamovibles
Un artículo de una franqueza contundente titulado «Las mujeres y el futuro de la Iglesia», del jesuita Joseph Moingt, lo constataba en 2011 6. Partiendo de la lenta pero inexorable hemorragia que ha alejado y sigue alejando a las mujeres de la Iglesia, señala que la mayoría de ellas, entregadas a la Iglesia, están lejos de ambicionar el presbiterado o de profesar un feminismo ofensivamente militante. Solamente desean ser reconocidas como partícipes de la misión, pero de forma diferente a los papeles ancilares que les valen el desdén más que la gratitud por parte de un cuerpo sacerdotal que saldría ganando si acogiera algo más de las mujeres como un signo de una vida cristiana auténticamente vivida. Porque, como recordaba además J. Moingt, son ciertamente las mujeres quienes, en la base, aseguran en la sombra, con una abnegación diaria, el servicio modesto pero vital de la acogida, la catequesis y las diversas formas de acompañamiento litúrgico. Son también ellas quienes, en el trabajo misionero, se mantienen en la brecha en los lugares más desprovistos de todo. No obstante, golpeadas por la dificultad de ser mujeres, sean religiosas o simples laicas, son descalificadas masivamente cuando llega el momento de distribuir las responsabilidades de tipo decisorio o incluso las simplemente consultivas. La realidad dominante –aunque a este diagnóstico se le puedan hacer objeciones sectoriales– es la de una concentración final de los arbitrajes espirituales, así como de las prácticas en manos de la jerarquía clerical. Y el problema se duplica: es esa omnipresencia de las mujeres en las funciones subalternas la que produce simultáneamente un efecto de ahogo ante un clero masculino que escasea y que vive a diario un modo de relación cada vez más exclusivamente femenino. El resultado de esta dramática situación es, como sigue escribiendo J. Moingt: «Algunas, desanimadas, se van; muchas otras, que frecuentaban la Iglesia sin estar a su servicio, humilladas por las prohibiciones y las exclusiones que golpean su condición femenina, la abandonan».
Y si se recuerda el lugar ocupado por las mujeres en la tradición/transmisión generacional, se pueden medir los desastres que se siguen de ello.
Por todo ello, el autor del artículo invitaba a «releer los evangelios en femenino plural», a extraer de ellos algo más de inspiración de lo que ordinariamente se hace. A reconocer que, si estos textos difícilmente aportan una confirmación de la exclusión de las mujeres del sacerdocio –«puesto que Jesús no pronunció jamás la palabra “sacerdocio”», como observa...–, por contra, bien leídos, permiten recuperar la práctica de Jesús, para la que vale la exhortación siguiente: «No tener miedo de cargar con el ministerio del Evangelio a cualquiera, varón o mujer, que tenga suficiente fe en sí como para ofrecerse para esa carga. [Ya que –añade–] solo él da la fuerza de llevarla y le hace dar fruto».
El alegato de J. Moingt terminaba reivindicando el principio paulino de excluir todo lo que excluye (Gál 3,28) para reintegrar algo de ese «sexo débil» en la Iglesia, para permitirle a esta última respirar con más libertad el aire vivificador de la libertad, la alteridad y la corresponsabilidad. A fin de, simplemente, ofrecer un espacio en el que puedan vivir holgadamente todos –hombres y mujeres– los que apelan a Cristo y al Evangelio. Ahora bien, la propuesta es indiscutiblemente difícil. El autor sabe perfectamente que su voz no hace sino tomar el relevo de otras que, antes que él, han abogado en el mismo sentido, agudizando los mismos problemas y las mismas resistencias, sin suscitar progresos reales. Una incursión por la literatura de los últimos cincuenta años impone, en efecto, la constatación cruel de una larga historia de estancamiento. Por ejemplo, en un artículo de 1965, X. Tilliette, SJ, deploraba ya –anticipándose a la constatación de otro jesuita, papa más tarde con el nombre de Francisco– que
la Iglesia no tiene una teología de la mujer en cuanto tal. [...] Su doctrina, en lo que se refiere a la mujer, está contenida implícitamente en el dogma mariano, la teoría del matrimonio y de la virginidad religiosa, la espiritualidad, algunos textos de la Escritura y muchas alocuciones pontificias [...] Excluidas por completo del magisterio y casi otro tanto de las ciencias sagradas, las mujeres no han participado en absoluto en la elaboración del dato revelado ni han tenido una palabra que decir en ciertos puntos de moral que, sin embargo, les afectan directamente. Y los moralistas no han desconfiado jamás de sus prejuicios masculinos. Junto a la sublimación de la mujer, subsiste en la mentalidad católica una vieja desconfianza mal reabsorbida, recuerdo de ásperas luchas por la continencia perfecta 7.
De modo turbador, estas ideas siguen siendo absolutamente actuales cincuenta años más tarde, mientras que, al mismo tiempo, el mundo ambiente es presa de un ritmo de transformaciones aceleradas. ¿Hay que concluir que el discurso de estos decenios posconciliares no fue más que un tratamiento cosmético de un problema que solo la presión de evoluciones exteriores e irresistibles ha obligado a la Iglesia a hacerse cargo de él y sin que, en el fondo, la institución haya profundizado de verdad en su relación con las mujeres?
4. La trampa de los discursos aduladores
Así pues, ¿de dónde viene el hecho de que las mujeres no se reconozcan o lo hagan tan mal cuando el magisterio se expresa sobre ellas? En buena parte, la respuesta está probablemente en lo que la misma formulación sobreentiende santurronamente. Es decir, que se suponga que su requerimiento consiste simplemente en ser alabadas por voces masculinas que anteriormente las han ignorado. La verdad, evidente pero difícilmente accesible, es que se trata de algo del todo distinto. Se trata de existir como un «yo» propio y con voz propia, de hacer vibrar a la institución eclesial con aquello que viven y perciben del mundo, con las necesidades y los ritmos de la existencia que experimentan a través de su carne de mujeres, con lo que conocen de la experiencia de Dios en la andadura propia de su búsqueda espiritual y de su fidelidad. Un requerimiento que confluye con lo que escuchamos en las palabras del papa Francisco cuando invita a trabajar hoy en una teología «intrínsecamente femenina». No se trata de saturar con lo femenino la verdad teológica. Eso solo sería reproducir simétricamente, pero invertida, la tradición masculina anterior. Se trata de una necesidad distinta, la de acceder a una visión plenaria y, por tanto, de visión bifocal, de las cosas de la humanidad y de las cosas de Dios, lo que no es solamente de justicia, sino un requerimiento de principio desde el momento en que la reflexión glosa las Escrituras, que, desde su primera mención de la humanidad, califica a esta con su cualidad de imagen de Dios y con la articulación en ella de la diferencia de sexos.
Pero es precisamente a esto a lo que permanece ajeno el discurso, cuyo grandilocuente enfoque se recordaba hace un momento. Incluso animado por una preocupación declarada de estima, ese discurso permanece inoperante, incapaz de conectarse de modo concreto con las prácticas, y en especial de problematizar el ejercicio de las responsabilidades en la institución eclesial. No es posible aquí dejar de subrayar cuán sumida en la trampa está la lógica de la celebración, puesto que al final no es sino una nueva manera de inscribir a las mujeres fuera del campo en que se sitúan los varones. De un modo distinto a la denigración, pero con efectos comparables a los alejamientos y a las exclusiones de las unas y a la confirmación de la postura de dominación de los otros.
Hoy tenemos el medio de saber mejor –porque la realidad nos llega del exterior, como en un espejo– cuánto aislamiento, minusvaloración y encubrimiento de las mujeres puede conjugarse con discursos elocuentemente elogiosos. Sustraer a una mujer a la mirada del otro so pretexto de que ella sería un bien demasiado precioso como para existir públicamente, es una idea perversa, que recubre con un velo... de responsabilidad eso que las mujeres víctimas de este argumento deben denunciar como una enfermedad del psiquismo masculino en su relación con el cuerpo femenino 8. Por tanto, debemos tener el coraje de reconocer que ni siquiera los países de tradición cristiana están exentos de esta astucia del machismo. El énfasis queda al descubierto como el doble del desprecio. Así se comprende la protesta de la historiadora y teóloga italiana Lucetta Scaraffia en la temática del «talento femenino», una pieza maestra de la esencialización de la mujer y, en realidad, un «cumplido que sirve para no cambiar nada» 9. La otra trampa, a través de este elogio, consiste en convertir el altruismo y el olvido de sí a favor del otro –llamado la sustancia de este talento– en una especialidad femenina. De este modo se oblitera el hecho de que ese «a favor del otro» no hay por qué atribuírselo de entrada a las mujeres como su vocación. Ellas no ignoran nada de todo esto, como lo prueba la vida de las sociedades. Por el contrario, esa postura hay que enseñársela a todos como la verdadera vía de humanización, cuyo testimonio les corresponde especialmente a los cristianos, que la reciben como el principio de su vocación. Postura que concierne a todos y, por tanto, también a los varones, demasiado acostumbrados a hacer de la abnegación y la responsabilidad por el otro una tarea de las mujeres, reservándose para sí mismos los valorados y gratificantes papeles de mando.
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