Anne-Marie Pelletier - Una Iglesia de mujeres y varones

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Aunque a lo largo de los últimos tiempos la Iglesia ha experimentado en su seno algunas modificaciones positivas en la relación entre varones y mujeres, no llega de modo manifiesto, en lo profundo de sus reflejos institucionales, a desprenderse de una misoginia visceral que desespera a muchas cristianas. La vida de la Iglesia continúa cargando un desprecio rampante sobre las mujeres. Como reverso de desconfianza y miedos, ese desprecio alimenta formas de violencia larvada, como esa condescendencia que, en la vida diaria, humilla a muchas mujeres en las parroquias o en la vida religiosa y que es causa de injusticias cuyo testimonio herido y púdico se empieza a recoger hoy de boca de cristianas de otros continentes, entregadas en cuerpo y alma a la obra de la caridad.

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Subrayémoslo: estas difíciles verdades se hallan, ciertamente, en el horizonte de las páginas que se van a leer. Pero sería caer en un error confundirlas con una carta de pésame, reivindicación obsesiva de cristianas feministas –¡una expresión sospechosa en ambientes católicos!–, inmovilizadas en la preocupación por ellas mismas, con las injusticias que sufrirían por parte de una institución eclesial de la que solo saben sospechar y a la cual denigran. Desvaríos de mujeres, en suma. Es sabido que esta expresión sirve como objeción contra la palabra de las mujeres en boca de los discípulos, incrédulos el día de la resurrección, según el relato del evangelista Lucas (en el que, por otra parte, recibe el más mordaz desmentido en un momento evidentemente decisivo). Más allá de hacer un alegato a favor de las mujeres, aquí se va a tratar de la vida de la Iglesia en su conjunto. Porque esa es la apuesta: que la novedad del Evangelio alcance y recupere esa relación fundadora de humanidad, que reúne a varones y mujeres en la misma tarea de ser realidades vivas y, en su caso, realidades vivas al servicio del Espíritu. A Paul Beauchamp, lector de las Escrituras, incomparablemente sensible a la intersección de lo antropológico y lo teológico, le gustaba decir: «El amor divino se juega en lo que ocurre entre los seres humanos en el campo de su diferencia».

Este esencial enunciado supera con mucho su aparente modestia. Si en su contexto inicial apunta a la relación de los cristianos con el misterio de Israel, vale en grado eminente para el lugar de cita del varón y la mujer, porque, al situar la diferencia en un punto de extrema sensibilidad, el cara a cara de lo masculino y lo femenino es por excelencia el lugar de la cita con Dios.

Verdad que trágicamente quiere ignorar el discurso de algunos en la Iglesia, cuando se atreven a argumentar con la idea de que la preocupación contemporánea por la promoción de las mujeres constituiría un peligro que desestabiliza tanto a la Iglesia como a las sociedades. Es, evidentemente, el modo de desear un pronto retorno a un orden más tradicional 5. Aunque, lejos de este propósito extremo e indecente, hoy se invoca con complacencia un «malestar masculino», fácilmente explotable, para poner sordina a las palabras de las mujeres. Es indudable que la ruptura de las imágenes y los papeles a los que los varones y las mujeres estaban amarrados durante los siglos precedentes afecta de modo traumático a las identidades y, en más de una ocasión, hace casi angustiosamente incómoda la condición masculina. Es indudable que este problema atañe también al mundo eclesial, en el que los varones –laicos, sacerdotes y religiosos–, privados de sus atributos tradicionales, se sienten amenazados o disminuidos por todo lo que las mujeres han ganado en autonomía. Y así, en Francia, conocen en el mundo católico un claro éxito las peregrinaciones que ofrecen a los varones la ocasión de un repliegue sobre ellos mismos. Pero sigue existiendo el problema de identificar con claridad lo que puede ser una justa recuperación de la seguridad para la masculinidad rota por la coyuntura. Harvey Mansfield, pensador del conservadurismo norteamericano, invoca una virilidad como valor en cierto modo caballeresco 6, que, en realidad, muy pronto ha buscado sus representaciones en la vuelta a una virilidad conquistadora, «indomable», según el título de una obra que se vendió muy bien en los años dos mil en Estados Unidos y otros lugares 7. ¿No llega incluso a invocar las figuras guerreras del Dios de la Biblia, conquistador y vengativo, para estimular las energías masculinas y devolver a los varones una afirmación belicosa y ofensiva de sí mismos, que los restablezca en la conciencia de sí? Desde un punto de vista cristiano, esto debería suscitar algunas verificaciones. Más allá del problema de un inquietante fundamentalismo escriturario, es difícil confirmar esta problemática alegando como razón que la persona de Jesús –varón, como es sabido– permite reconocer una justa masculinidad en ruptura con todos los tópicos de una virilidad en equipo de combate, conminada a demostrar sin cesar su capacidad de performance, en particular en la relación con las mujeres. Los evangelios, que narran a Jesús en sus gestos y palabras, en sus encuentros y sus amistades, así como en las confrontaciones con sus adversarios, deconstruyen drásticamente este juego de representaciones que pesan de hecho como un destino tiránico sobre el imaginario cultural masculino. Designan, como en un negativo, la figura de una ternura que se revela como la paradójica omnipotencia de Dios, que Paul Beauchamp –por citarlo otra vez– detecta en el origen y en el final de la historia según las Escrituras. Y a la que todos, varones y mujeres, están invitados a encontrar junto a Cristo y a encarnar en la singularidad de su carne.

En estas condiciones, es concebible el interés y la urgencia que existe en que los cristianos estén atentos a la palabra del papa Francisco, que convoca a un trabajo de fondo que permita articular una sana identidad masculina, capaz empero de conjugarse correctamente con lo femenino en un mundo en vías de recomposición.

Las páginas que siguen se estructuran en cuatro momentos. El primero lo ocupará un balance del modo en que se ha vivido la relación entre la institución eclesial y las mujeres a lo largo de los últimos decenios (capítulo 1). A continuación, se tratará de ver cómo la coyuntura actual, que le da a las mujeres una visibilidad inédita, engendra una dinámica fecunda que permite una relación muy saludable de la lectura de las Escrituras (capítulos 2 y 3). Luego, ya que nuestra investigación se lleva a cabo en el seno de la tradición católica, haremos un alto bastante largo en la cuestión del sacerdocio, y más en concreto en la relación entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común, tal como sugiere pensar la condición de mujer en la Iglesia: realidad crucial que lleva mucho más allá del debate sobre el acceso de las mujeres al sacerdocio ministerial; puesto que implica la puesta en práctica de una eclesiología vivida dentro de la amplitud de miras de Lumen gentium y, por tanto, de la gran tradición, libre de las estrecheces de las problemáticas jerárquicas, aún tan poderosas en las mentalidades (capítulo 4). Y, por último, centrando nuestra atención en algunas mujeres especiales –desde Etty Hillesum a la figura revisada de María, pasando por voces contemporáneas como la de Svetlana Alexiévitch–, haremos justicia a algunos aspectos de la vida vivida en femenino, que permiten identificar una singularidad que pretende no pensarse en clave de un «genio femenino», sino más bien retomando la idea de un «signo de la mujer», que ya había centrado nuestro interés en una obra anterior 8.

Anticipemos ya desde ahora nuestra pretensión final: a través de este recorrido, es la mujer y el varón, el varón con la mujer, y a la inversa, los que tienen que ser el objetivo de una comprensión teológica revisada que permita una auténtica renovación de las actitudes y las prácticas en el mundo eclesial.

1

A vueltas con

los tiempos de hoy

Cuando, en 1963, Juan XXIII, en su encíclica Pacem in terris, enumera tres realidades mayores del mundo que se estaba configurando –lo que a continuación se designará como «signos de los tiempos»–, menciona específicamente «la presencia de la mujer en la vida pública» (n. 41). El estilo del texto tiene un vigor que no admite rodeos:

La mujer ha adquirido una conciencia cada día más clara de su propia dignidad humana. Por ello no tolera que se la trate como una cosa inanimada o un mero instrumento; exige, por el contrario, que, tanto en el ámbito de la vida doméstica como en el de la vida pública, se le reconozcan los derechos y obligaciones propios de la persona humana 1.

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