Michael Keating - La independencia de Escocia

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Trescientos años después de su fundación la Unión entre Inglaterra y Escocia está en cuestión y se anuncia un referéndum sobre la independencia escocesa. No porque haya un grave problema identitario o una profunda división cultural y lingüística, sino porque en las últimas décadas se ha asistido a la reconstrucción de Escocia como comunidad política, como ?demos? nacional, mientras la ideología y las prácticas del viejo unionismo se han mostrado inmovilistas. Hay pocos obstáculos legales, constitucionales o democráticos a una Escocia independiente, pero también existe una amplia gama de posibilidades constitucionales que permitirían otorgar mayor autogobierno a Escocia. Los límites los pone la escasa disposición de una parte de la opinión inglesa a abandonar la concepción unitarista. El fin de Gran Bretaña podría ocasionarlo no el nacionalismo escocés, sino el unionismo inglés.

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Por tanto, existen múltiples caminos hacia el Estado y la nación. En el curso del siglo xix, durante el periodo del llamado despertar de las naciones, había una tendencia general a considerar el objetivo último de toda nación la creación de un Estado independiente, pero no fue hasta la Primera Guerra Mundial cuando la idea adquirió una aceptación prácticamente universal. Los movimientos nacionalistas aprendieron unos de otros y se adaptaron al escenario internacional, compartiendo la idea del Estado como la fórmula política más elevada y la mejor forma de garantizar la seguridad. También tuvieron que adaptarse a las categorías reconocidas por el sistema internacional. Además, este fue el periodo histórico en el que surgen las modernas ciencias sociales, con su lenguaje, sus categorías, sus presupuestos normativos, y los conjuntos de datos modelados por el Estado. Pero desde finales del siglo xx las categorías están cambiando como consecuencia de las transformaciones globales, especialmente en Europa. Esto no apunta solamente a un futuro diferente, sino que también supone una reinterpretación del pasado, la comprensión de la contingencia histórica del Estado-nación, y el reconocimiento de la variedad de formas que pueden adoptar las naciones.

Rokkan y Urwin (1983) distinguen cuatro tipos de sistemas de gobierno territorial. El Estado unitario reconoce solamente una comunidad política y centraliza toda la autoridad. El federalismo mecánico reconoce solo una comunidad política o cultural, pero divide el poder y la autoridad entre los gobiernos centrales y regionales, y los últimos se basan en criterios funcionales o incluso arbitrarios, como es el caso de Alemania; se imponen desde arriba por medios constitucionales. El federalismo orgánico se refiere a un sistema en el que el poder se divide de forma similar, pero en el que las unidades constitutivas se basan en comunidades políticas, históricas o culturales con sus propias identidades. El «Estado-unión» es un sistema de gobierno territorialmente diferenciado, que preserva elementos constitucionales anteriores a la Unión, pero que no está formalmente federado. «La incorporación de partes de su territorio se ha logrado a través de tratados y acuerdos; consecuentemente la integración territorial no es perfecta. Mientras la estandarización administrativa prevalece sobre la mayor parte del territorio, la estructura de la Unión supone la supervivencia de variaciones que dependen de derechos e infraestructuras anteriores a ésta» (Rokkan y Urwin 1983: 181). En muchos aspectos, las categorías son cuestionables. El federalismo mecánico no tiene por qué imponerse desde arriba. El federalismo orgánico se parece bastante a la categoría del Estado-unión, como muestra el caso de Canadá. Aun así, la noción de la Unión como un gobierno complejo que mantiene algunas trazas de sus componentes originales es bastante poderosa, haciéndonos eco del vocabulario británico al uso, y se ha reintroducido en los debates sobre el Reino Unido y otros sistemas políticos plurinacionales (Mitchell, 1996; Keating, 2001 a ).

Una formulación anterior viene de Georg Jellinek (1981), quien a finales del siglo xix criticó la doctrina legal dominante según la cual las únicas unidades de jurisdicción eran los Estados y provincias dentro de ellos, con el argumento de que existía un amplio conglomerado de entidades entre ambos. Existían los Estados, con sus territorios, súbditos y formas de gobierno. Algunos eran soberanos e independientes. Otros no eran soberanos pero podían calificarse de Estados, porque estaban equipados con una infraestructura burocrática y poseían el título de Reino, República o Estado libre, de forma que podían continuar, en caso de necesidad, sin el Estado paterno. Un ejemplo era Baviera. En el otro extremo estaban los protectorados, con sus propios territorios y súbditos pero sin gobierno, como Bosnia-Herzegovina y Alsacia-Lorena. Los fragmentos de Estado ( Staatsfragmente ) eran territorios que tenían solamente algunos atributos del Estado. Así los Länder austríacos tenían sus propias leyes y parlamentos pero no un poder ejecutivo; Islandia tenía su propia Constitución pero era gobernada por un ministro danés; Croacia tenía gran parte de la infraestructura, pero no su ciudadanía propia, y el gobierno era designado desde Hungría. El caso de Finlandia era más conflictivo, porque algunos lo consideraban un Estado no soberano, mientras que Jellinek lo veía como un fragmento del imperio ruso. Al mismo tiempo, los fragmentos de Estado podrían dividirse en categorías más fuertes o más débiles, entre las que Jellinek subrrayó cuatro. En la más débil, el centro crea y cambia la constitución de las unidades; en la siguiente, las unidades tienen poderes limitados sobre sus propias constituciones; en una forma más fuerte, la constitución de las unidades sólo puede cambiarse por las leyes locales; y en la más fuerte de todas, las unidades tienen pleno poder constituyente, y pueden cambia sus constituciones internas de acuerdo a sus deseos. Pueden incluso disfrutar de algunos de los privilegios internacionales de los Estados, como la pertenencia a la Unión Postal Universal. Así, también las categorías de Jellinek, aunque comparadas con la perspectiva más basada en los comportamientos de Rokkan y Urwin contienen posiblemente un exceso de formalismo legal y son cuestionables, apuntan hacia la existencia de diferentes formas de gobierno en el pasado, que seguirán cambiando en el futuro, desentrañando así los elementos diversos que se han unificado en el concepto de Estado-nación. La Escocia anterior a la devolución, según la expresión de Jellinek, podría verse como un fragmento de Estado, y desde 1999 como un Estado no-soberano. 7

El cambio en el régimen internacional de seguridad y la expansión del libre comercio, especialmente en Europa, han puesto en cuestión la identificación previa de los grandes Estados-nación consolidados con la seguridad y el bienestar económico. Esto ha generado un nuevo interés por las ciudades-Estado, las naciones comerciales, y los sistemas abiertos del pasado. Los líderes políticos catalanes han repristinado su historia como nación de comerciantes autogobernada encajada en una Monarquía e imperio difusos con el fin de mostrar su capacidad para jugar un papel en la nueva configuración europea (Moreno y Martí, 1977; Lobo, 1997; Albareda y Gifre, 1999). Los líderes vascos han emfatizado sus tradiciones, soberanía compartida y pactismo para elaborar ideas que les doten de un status semi-independiente (Lagasabaster y otros, 1999; Gurtubay, 2001). Los nacionalistas galeses han redescubierto las concepciones de comunidad en contraste con la estatalidad, que hunden sus raíces también en la idea de soberanía compartida. El desarrollo de la Unión Europea está abriendo nuevas cuestiones en la relación entre nacionalidad y autoridad política, y ha reintroducido el interés por estas ideas. Para algunos, se trata solamente de una asociación de Estados, cuya soberanía sigue siendo intocable; para otros, es una federación en construcción. Un número cada vez más amplio de académicos aseguran que se trata de una realidad que no puede entenderse mediante la terminología del Estado, ya sea intergubernamental o federal. Se trata, por el contrario, de un orden político y legal diferente que debe entenderse en sus propios términos. Esto ha llevado a la aparición de una oleada de escritos sobre el futuro de los europeos, y también a una búsqueda de ideas, entre las anteriores formas de gobierno, que puedan abrir nuevas perspectivas. Lo que no significa dar la vuelta atrás al reloj de forma anacrónica, sino examinar las experiencias históricas específicas y ver cómo podrían adaptarse a la situación actual. El orden europeo es en cierto sentido nuevo, pero sólo es novedoso si situamos nuestros precedentes en la era del Estado-nación. La mezcla de unidad y diversidad, dominación y distribución del poder, se parece en cierta manera a las formas pre-modernas de gobierno.

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