Michael Keating - La independencia de Escocia

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Trescientos años después de su fundación la Unión entre Inglaterra y Escocia está en cuestión y se anuncia un referéndum sobre la independencia escocesa. No porque haya un grave problema identitario o una profunda división cultural y lingüística, sino porque en las últimas décadas se ha asistido a la reconstrucción de Escocia como comunidad política, como ?demos? nacional, mientras la ideología y las prácticas del viejo unionismo se han mostrado inmovilistas. Hay pocos obstáculos legales, constitucionales o democráticos a una Escocia independiente, pero también existe una amplia gama de posibilidades constitucionales que permitirían otorgar mayor autogobierno a Escocia. Los límites los pone la escasa disposición de una parte de la opinión inglesa a abandonar la concepción unitarista. El fin de Gran Bretaña podría ocasionarlo no el nacionalismo escocés, sino el unionismo inglés.

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Tanto el cambio funcional como la opinión de masas responden a los comportamientos estratégicos y tácticos de las élites. Desde la reaparición de la política territorial en los años 70, algunos académicos se han centrado en la persistencia de la dimensión territorial incluso en los Estados más unitarios, y en la relevancia de la estrategia estatal, o la gestión de la cuestión territorial, para explicar cómo los Estados han tomado forma y cómo se mantienen (Rokkan y Urwin, 1982, 1983; Bulpitt, 1983; Keating, 1988). Las estrategias de gestión territorial abarcan la incorporación en la política de partidos; las intermediaciones centro-periferia a través de canales políticos y burocráticos, incluyendo las redes clientelares; las concesiones políticas, sobre todo, pero no solamente, en la política económica; y la descentralización institucional. Por su parte, los actores de la periferia pueden buscar la autonomía o preferir un acceso privilegiado al centro. Los sistemas de gestión territorial incorporarán ambos, en diferentes medidas. Los cambios en las condiciones internas y externas alteran los cálculos e intereses estratégicos de los actores centrales y periféricos. Por ejemplo, a finales del siglo XIX, la creación y cancelación selectiva de muchos mercados nacionales convirtió determinados centros en periferias y viceversa, como lo hizo la apertura de los mercados europeos y globales cien años más tarde. En la primera era de la globalización, la política arancelaria era un elemento central de la política territorial, con lo que se crearon nuevas constelaciones de intereses territoriales y sectoriales. La penetración del Estado en los territorios, a medida que extiende su alcance, amenazó los antiguos sistemas de intermediación, generando una crisis en la representación territorial, un desafío al Estado, y una reconfiguración de la política territorial. Estas crisis ocurrieron a finales del siglo xix y, de nuevo, a finales de los años 60 y principios de los 70, no solamente en el Reino Unido sino en toda Europa Occidental (Keating, 1988). En este último caso, una causa se encuentra en la nueva fase de la gestión territorial que representa la modernización de las políticas regionales, que se pensaron para integrar los territorios más decadentes y menos desarrollados en las economías nacionales en el marco de la estrategia keynesiana de la gestión macroeconómica. Estas políticas se presentaron como cuestiones técnicas que, al maximizar la producción nacional, beneficiaban a todo el mundo, aunque, como eran proporcionadas por el Estado central, perturbaron las pautas existentes de intermediación territorial. Se produjeron reacciones dentro de las regiones y una nueva oleada de movilización territorial, que tomó diversas formas, desde la defensa de los antiguos modos de producción a las políticas alternativas de desarrollo. Del mismo modo, en años recientes, la integración europea ha desestabilizado los modos de gestión territorial, privando al Estado de instrumentos clave para la acomodación y creación de nuevas alianzas entre ganadores y perdedores (Jones y Keating, 1995). La distinción territorial no es, así, algo que se cree una vez para siempre, sino que se crea y recrea en cada generación.

Esto nos lleva al papel de las instituciones a la hora de moldear la política territorial. El Estado unitario en su forma más descarnada proporciona una arena única para la política, empujando las demandas hacia el centro. La construcción nacional en Estados como Francia utilizó instituciones como la educación, el ejército y la administración para construir no solamente una maquinaria estatal unitaria sino también un sentido de identidad uniforme. Sin embargo, incluso en este caso, las realidades prácticas necesitaban medios para adaptarse a la diversidad territorial. El Estado británico tuvo una postura más transigente, y la supervivencia de instituciones como la Iglesia, el sistema legal, la educación y los sistemas de gobierno locales se han relacionado con la resistencia de la identidad nacional escocesa en ausencia de marcadores lingüísticos y culturales claros. Sostienen un nacionalismo banal (Billig, 1995) en la vida cotidiana y sitúan las cuestiones económicas y sociales en el marco escocés. En diferentes ocasiones, las instituciones han sido asimiladoras o diferenciadoras, pero no siempre han logrado los efectos deseados. En muchas partes de Europa occidental, incluyendo Gran Bretaña, la política regional y los mecanismos de planeamiento que se pusieron en marcha en los años 60 para incorporar a los territorios periféricos en el espacio económico y social nacional tuvieron el efecto de enfatizar las dimensiones territoriales de las políticas y animar a los ciudadanos a articular sus demandas en un marco territorial (Keating, 1988).

La integración mediante el cambio funcional, las actitudes de las masas, y las estrategias de las élites, dentro de los parámetros institucionales, deben entenderse como un proceso histórico que se va desplegando a lo largo del tiempo. La historia es importante en el sentido inmediato de que las decisiones tomadas en un determinado momento sirven para cambiar los parámetros institucionales de las decisiones que se tomarán en otros momentos (Mahoney y Rueschemeyer, 2003; Pierson, 2004). Debemos, sin embargo, tener precaución con las teleologías nacionalistas, que tratan de definir la dirección de la evolución histórica y el punto final de llegada, que suele ser la construcción del Estado-nación. Este podría ser el caso de los unionistas británicos, con la vieja historiografía whig del progreso y la Unión; o del nacionalismo escocés, como en la persistente mirada de Nairn (1977, 2000, 2007), quien afirma que Escocia perdió el tren histórico del Estado en el siglo xix, y tendrá ahora que recuperar el tiempo perdido. En los últimos años, los estudiosos han abundado sobre los tipos de organización política existentes en diferentes tiempos y lugares, siendo el Estado-nación una opción entre otras.

En la mayor parte de países de Europa, existe la tendencia a escribir sobre historia, sociología o política desde dentro, es decir, describir y analizar el Estado y la nación en sus propios términos, en vez de situarlos en un todo más amplio. Esto se une a la atención desmedida por los tipos ideales del Estado-nación «normal», lo que lleva a la tendencia recurrente del excepcionalismo, mediante el cual el país propio se convierte en un caso atípico, que no se amolda a las reglas «normales» del desarrollo nacional. Generalmente, se asegura que este o aquel país no tuvo una revolución burguesa, o se caracterizó por una gran diversidad interna. El Reino Unido no es inmune a esta tendencia, aunque en los últimos años los historiadores han hecho progresos en cuanto a relacionar las historias de las «islas británicas» (Pocock, 1975; Kearney, 1995; Davies, 1999), situándolas en un contexto europeo (Scott, 2000). Ningún desarrollo en ningún país puede corresponderse con los tipos ideales, ya que se trata de meras generalizaciones de la suma de las experiencias individuales, pero esto no nos condena al excepcionalismo. Las teorías de la ciencia social pueden utilizarse para interpretar los casos, reconociendo su especificidad histórica. El Reino Unido puede ser muy diferente a Francia, pero su experiencia histórica tiene elementos comunes con, por ejemplo, España.

La historia es importante en otro sentido que la ciencia política ha olvidado: se muestra como un campo de lucha y un medio para interpretar y dar sentido al presente. Los historiadores saben que muchas veces su agenda está moldeada por las preocupaciones del presente, y, por ejemplo, los argumentos históricos sobre la Unión de 1707 suelen depender de las actitudes hacia la Unión en 2008. Muchas veces la historia se parece a un cuarto trastero lleno de objetos que pueden airearse, recuperarse y restaurarse para fines actuales, y la historia escocesa no es una excepción. Ya hemos comentado la tendencia de algunos observadores a asumir que la Unión nunca existió porque actualmente se está debilitando. Existen infinidad de teorías sobre el viejo Estado escocés y sobre si pudo lograr, en algún momento, una verdadera soberanía, y también sobre la vocación europea de Escocia a lo largo de la historia. En parte, la evolución de la Unión en los últimos trescientos años ha dependido de las representaciones cambiantes de su objetivo original. Las ambigüedades y los silencios (por ejemplo, en torno a la cuestión de la soberanía) han proporcionado combustible a los debates legales y constitucionales.

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