1 ...6 7 8 10 11 12 ...17 –Algo te ha pasado.
–Pues sí. Me tienes que buscar algún sitio porque no tengo nada, ni dinero, ni casa. Mira cómo voy vestida, y ni siquiera he desayunado.
–Pero si yo no vivo ya en mi casa. Vivo en casa de la tieta con mi mujer y mi niña. Pero resulta que la tieta tiene un amante que es guardia de asalto.
–Pues en Barcelona yo no conozco a nadie y no me puedo ir ni a Madrid ni a ningún sitio.
El hombre la llevó a su casa, le presentó a su mujer y la escondió en su habitación. Decidieron decirle a la tieta que tenían a Pilar en la habitación. La tieta , contrariamente a lo supuesto, se portó muy bien y solo les aconsejó que hicieran las cosas de manera que el guardia no se diera cuenta de su presencia. Pilar cena allí, en la habitación, pero con tanto sobresalto le sobrevienen una diarrea muy fuerte y unas fiebres muy altas. Sus compañeros no saben qué hacer.
–Habrá que llamar a un médico.
Al final vino un médico, y pasados tres días Pilar se recuperó. Entonces le llega la orden de pasar a Francia. Le dan instrucciones: hay una persona que la va a acompañar y la verá a las afueras de Gerona. El hombre estaba en su vagón y le explica las dos opciones que tiene: un camino de quince días descansando en alquerías y otro de ocho días sin descansar. Pilar escoge el segundo y así se inicia el viaje hacia Toulouse. Un viaje larguísimo y lleno de peligros. Él era El Melilla y ella, Elena. El Melilla era un obrero muy culto y la respetó mucho. Le lavaba los pies y la cuidaba preocupándose por todo. Pasó la frontera caminando, bien entrado el otoño, por los montes helados, con zapatos y ropa inadecuados y con el miedo en el cuerpo de ser descubierta por la policía franquista antes de cruzar el paso. Tenía los pies completamente llagados y no hacía sino temblar, pero había que seguir la marcha. Solo podía descansar un rato cuando se detenían. Pero el guía la obligaba a seguir hasta que cruzaron la frontera y llegaron a un sitio más seguro donde les esperaban los contactos. Resulta que la frontera era una canal y El Melilla la ayudó a saltarla y luego la llevó hasta un barracón cerca de Perpignan. Allí estuvo hasta que los pies se le deshincharon.
Pero como tenía que ir hasta Toulouse, en Perpignan la meten en un tren, y cuando llega a su destino un hombre la lleva a un chalé y le presentan a Josefina, la camarada que está al cargo de la casa. Tiene que esperar. A los dos días aparece el camarada Ramón Ormazábal y le pide que haga un informe sobre lo que sabe del partido en España. Al día siguiente, vuelve y le dice que Carrillo quiere que lo amplíe. Y al otro día vuelve con Claudín y le dicen que hay cosas que ellos saben que Pilar no ha dicho. Y vuelta a empezar, otro informe. Además, los jefes de la dirección nacional la someten a unos interrogatorios exhaustivos. En aquel chalé pasa los tres meses más inquietantes de su vida, haciendo frente al examen que los suyos le hacen y esperando los resultados de los que dependía su futuro: si decidían que no era peligrosa, la rehabilitarían y le darían cobertura, pero si entendían que sabía demasiado en su condición de colaboradora de Monzón y que podía comprometer su seguridad, acabarían con ella entregándola a la policía o simplemente dejándola en la calle a su suerte. Allí también supo, mucho después, que Jesús Monzón, detenido y encarcelado en España, había sido expulsado del partido por acusaciones falsas. Aquello todavía la asusta más. Su vida pende de un hilo. Y Pilar guarda silencio.
V. JOSEFINA PEÑA FRENTE A PILAR SOLER
Cuando a Pilar la llevan a un chalé a las afueras de Toulouse le piden que redacte un informe sobre la situación del partido en España. Pilar escribe lo que considera importante y lo entrega. Pero no es suficiente. Quieren saber más y le piden que amplíe la información. Redacta otro informe ampliando el primero. Pero tampoco vale. Y escribe un tercero. Pero siguen sin conformarse. Pilar empieza a ponerse nerviosa y se siente secuestrada en aquel chalé del que no puede salir hasta que sus captores arreglen su situación y le den la necesaria cobertura legal. Al principio de su estancia aparecen por allí Carrillo y Dolores para darle la bienvenida, pero después ya no viene nadie y ella empieza a temer seriamente por su vida. Piensa que se la pueden cargar y siente miedo de sus propios camaradas, porque cuando pregunta siempre le contestan con la misma cantinela.
–Ya te llamarán, ya te enviarán a tu destino.
Pero pasan los días y sigue allí, en aquel chalé, aislada y sin saber nada de lo que pasa en el exterior. Ni siquiera sabe que a Monzón lo han detenido en España. Solo escucha de vez en cuando comentarios de que Monzón estaba traicionando la línea política y que era un provocador. Y ella, que sabe que no es cierto, no discute nada y guarda silencio. Al final, después de más de tres meses, en vista del punto muerto a que se ha llegado, un poco a la desesperada, pide hablar con Dolores, porque ella sabe que Dolores sigue en Toulouse.
Cuando Dolores acude al chalé la saluda muy contenta de verla y como si no pasara nada. Las dos se conocían porque habían trabajado juntas mucho tiempo en Valencia durante la guerra. Dolores llega acompañada de Claudín y Ormazábal y se celebra como una reunión de partido. Dolores inicia la sesión dirigiéndose a Pilar:
–Bueno, Pilar, ya estás en Francia. Aquí no te va a pasar nada. Ya hemos arreglado tu situación. Hay mucho trabajo que hacer con las mujeres, porque aquí hay muchas mujeres exiliadas.
Pilar se tranquiliza. La presencia de Dolores es para ella como una tabla de salvación. Y, efectivamente, a los pocos días le proporcionan la documentación. El partido le había aconsejado que se cambiara el nombre para solventar el problema de su entrada clandestina. Ellos saben, a través del Partido Comunista Francés, que hay agentes franquistas que circulan con asiduidad y que se llevan muy bien con la policía francesa. Si se hubiera presentado ante la policía como Pilar Soler, hubiese sido como declarar que había entrado clandestinamente y entonces la deportación a España habría sido más que probable. Por tanto, se inscribe como Josefina Peña Castillo, pensando en zafarse momentáneamente del problema, y así consta en su documentación y en los asuntos laborales. Ella sigue convencida de que aquello va a durar cuatro días, pero la solución que encuentran al problema inicial se transforma a la larga en otro problema de mayor envergadura. Un problema al que estuvo atada Pilar durante nada menos que la friolera de veintiséis años. Ante su mundo, el de la política, el partido, sus camaradas…, era Pilar Soler. Pero, oficialmente, ante las autoridades francesas, la policía, los contratos laborales, las cotizaciones a la seguridad social…, era Josefina Peña. Y esa doble personalidad, mantenida durante tantos años y añadida a todos los problemas a los que debía hacer frente, a punto estuvo de volverla literalmente loca.
A Pilar la llevan a trabajar de administrativa, ya como Josefina Peña Castillo, a una empresa de corte de madera. La empresa era legal y estaba dirigida por un camarada del PC francés. Empieza a trabajar en aquella serrería y la ponen en contacto con la organización del partido. Le preguntan de qué quiere ocuparse y ella dice que quiere trabajar con las mujeres, así que dedica su actividad como militante dentro del partido a las mujeres. Se siente integrada en el PC y, por tanto, liberada de la situación anterior de secuestro, pero en su interior sigue llena de dudas por las falsas acusaciones que ha oído de Monzón.
Bastantes meses después, un día Pilar lee en la Nueva Revista del PC, donde se publican las resoluciones del Comité Central, que en una de esas resoluciones habían expulsado del partido a Monzón, por provocador y agente del franquismo. Pilar se queda de piedra. Por supuesto no se lo cree ni un instante, pero se calla, porque si hubiera dicho que no era verdad, entonces la hubieran acusado a ella de provocadora y la habrían expulsado también. Y para Pilar, allí, sola en Francia, el partido lo era todo. Así que continúa su actividad en la agrupación asistiendo a las reuniones con normalidad. Parece que a la camarada Pilar Soler la tratan como a una camarada muy preparada y ella siente como que la están rehabilitando, pero solo la dejan trabajar a un nivel muy bajo. Se da cuenta enseguida de esto porque orgánicamente, por encima de ella, hay una tal Anita Martínez, que no es nada interesante y, sin embargo, está muy bien considerada, incluso por la Pasionaria. En su fuero interno, se siente muy rebajada, pero se cuida mucho de manifestarlo.
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