La segunda de la aporías indicadas, la consideración de la obra como un ámbito de estabilidad del ser, se derivaría implícitamente de la identificación operada entre originariedad y esteticidad, que inevitablemente desemboca en la conversión de la estética en filosofía de la historia ; pero igualmente del carácter de mitología del arte que parece impregnar todo el planteamiento –cuestión esta ambiguamente tratada por Vattimo–. Teniendo esto en cuenta puede verse claramente que, si sólo unas cuantas obras, las auténticas obras de arte, pueden considerarse epocales, entonces debemos pensar que su capacidad de alumbrar una época reside en una intensísima fuerza fundante, en el continuo y poderoso centelleo del ser en su seno. Para Vattimo el problema consiste en que, aun enfatizando la comprensión del ser como acontecimiento, no consigue salvaguardar debidamente el carácter de retraimiento e inestabilidad de la verdad en la obra, y por consiguiente cae en una concepción de la experiencia estética que en sus escritos más recientes considera «romántica»: la obra sería portadora de un valor perenne y la experiencia estética vinculada a ella alcanzaría la autenticidad. 3
Con respecto a la fruición, la estética ontológica de Vattimo desemboca en la necesidad de abandonar dicho concepto, al hacerse imposible comprenderlo como una experiencia aislada de las demás dado el sentido histórico que posee el arte: la historia es la exégesis de las obras, y la vida lo es en el mundo abierto por ellas, de modo que todas nuestras experiencias estarían vinculadas al arte–historia; ninguna sería plenamente la genuina fruición estética. Este concepto, por consiguiente, deja de tener utilidad, y debe ser eliminado.
El balance final de la proyectada estética ontológica parece negativo, una vez puestas de manifiesto las cuestiones que la colocan ante un callejón sin salida. Con los planteamientos heideggerianos es posible hacer ontología, pero el camino queda bloqueado cuando con ellos se intenta hacer estética. No resulta erróneo pensar, en vista de todo esto, que la fidelidad de Vattimo a Heidegger es, en Poesía y ontología , todavía mayor de lo que quizá el filósofo italiano supone. Huir de este tipo de fidelidad va a ser un objetivo que se marcará Vattimo a partir de ahora.
Poesía y ontología y el arte desde la perspectiva debilista
Ocho de los nueve capítulos de Poesía y ontología fueron escritos en los años sesenta, cuando Vattimo no mantenía aún las tesis que en la actualidad le han hecho famoso y que conocemos bajo la expresión pensamiento débil . No obstante, este libro contiene ya el germen que permitirá el desarrollo de las posiciones debilistas posteriores: la ya varias veces citada concepción del ser como acontecimiento que, según Vattimo, no había sido coherentemente asumida por Heidegger. Una radical profundización en dicha noción le hará prestar atención a ciertos factores a los que el pensador alemán no dio la importancia suficiente, permitiéndole evitar los bloqueos que, como se ha visto, auspiciaba la estética ontológica, proyecto lastrado por cierta lectura de Heidegger y fuera ya de los intereses especulativos del Vattimo actual, quien sin embargo no abandona su interés por el arte, concretamente por la comprensión del arte en relación con la situación de la sociedad contemporánea que él ha contribuido a calificar de posmoderna .
La edición italiana cuya traducción presentamos aquí es la segunda, publicada en 1985, y constituye una edición aumentada, pues con respecto a la primera, de 1967, contiene como añadido el capítulo noveno. Quisiera mostrar que, en realidad, este añadido representa una corrección de la tesis central defendida en el libro en contestación a los problemas que en él se plantean, así como un intento de conectar sus planteamientos predebilistas con los debilistas que a la altura de 1985 Vattimo ya defiende claramente y desde tiempo atrás, pues el capítulo en cuestión es del año 1979.
Este referido noveno capítulo, titulado «Estética y hermenéutica», supone un ataque directo contra aquella concepción que implícitamente otorgaba las connotaciones de perennidad, estabilidad y fuerza fundante tanto al ser como a la verdad manifiesta en la obra. Desde la perspectiva debilista, sin embargo, la verdad y el ser no pueden considerarse sino en términos de diferencia, discontinuidad y desfondamiento, puesto que el ser, ahora acontecimiento radical, no representa algo fijo, universalmente válido o definitivamente dado, sino por el contrario algo en devenir y nunca del todo fundamentado. Pues bien, este ataque va a partir de una crítica a Gadamer, en concreto de una puesta en cuestión del diálogo como modelo de comprensión de la experiencia estética, pues en opinión de Vattimo la manera como Gadamer define el diálogo con la obra de arte parece estar impregnada de dialéctica, al exigir una especie de reconciliación con la alteridad o novedad propuesta por la obra a fin de no quebrar la continuidad de lo que hay. La negación de la verdad en el arte, verdad que ahora es entendida por Vattimo en términos de salvaguarda de la discontinuidad, se desprendería consecuentemente del enfoque gadameriano. Es cierto, no obstante, que en la introducción por parte de Gadamer de la noción de juego podemos hallar un elemento mantenedor de la discontinuidad, pero en opinión de Vattimo este aspecto resulta insuficiente, y por ello el peligro de que la continuidad destruya la novedad de la obra quizá sea inevitable.
Este abandono del diálogo como modelo interpretativo de la experiencia estética significa un paso decisivo en el alejamiento de Vattimo con respecto a las posiciciones mantenidas a lo largo de Poesía y ontología . Si el modelo del diálogo fundante y reconciliador, por el cual se instaura una verdad definitiva, ya no es coherente con las exigencias de un ser entendido en términos de diferencia y discontinuidad, ¿cuál habrá de ser, entonces, el modelo a seguir? Vattimo encuentra sustituto en el modelo de experiencia estética –determinante para la configuración del arte en los últimos cien años– representado por la vanguardia, sobre todo en sus aspectos de ruptura de la continuidad, ya sea ésta entendida como ruptura con la tradición o como rechazo de una práctica artística (y también social) tendente a la producción de obras (o situaciones) armoniosas. Para Vattimo, «es la fidelidad a los datos de la experiencia estética tal y como se configura a la luz del desenvolvimiento concreto de las artes en nuestro siglo, lo que puede ayudar a la reflexión hermenéutica a no recaer simplemente en la lógica de la continuidad y de la identidad. El arte se configura hoy como un lugar privilegiado de la negación de la identidad y, por tanto, del acontecer de la verdad ». 4
Este modelo de ruptura de la continuidad representado por el arte se ajusta perfectamente a un factor de conformación sociocultural de decisiva influencia en nuestros días: los medios de comunicación. En efecto, a juicio de Vattimo, vivimos en una sociedad de comunicación generalizada en la que todo tipo de discursos, imágenes y productos tienen cabida, 4y se suceden a velocidad acelerada; nada tiene tiempo, por tanto, de presentarse en calidad de perenne o estable. Tampoco las obras de arte.
En este actual marco de hipercomunicación y de reproducibilidad máxima –por lo demás repleto de ventajas desde el punto de vista de la superación de la metafísica, en cuanto que da lugar a un inusual fenómeno de antiplatonismo práctico – las obras de arte individuales han perdido su aura; es más, actualmente vale hablar, más que de obras (si con este término aludimos a las viejas «obras de arte» que se nos presentaban con solemnidad), de productos estéticos ahora innumerables, sustituibles, inestables, fungibles, efímeros y ornamentales. 5El arte está ya en todas partes, y la estetización de la vida que –por ejemplo, en Marcuse– era antes una utopía integradora se da ya de manera efectiva bajo la forma de la heterotopía mantenedora de la diferencia, es decir, de la verdad. 6
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