Joan B. Limares Valencia, enero de 2000
La obra de arte del futuro
I.
El ser humano y el arte en general
1. Naturaleza, ser humano y arte
El arte se relaciona con el ser humano tal como éste se relaciona con la naturaleza.
Cuando la naturaleza se hubo desarrollado hasta ser capaz de contener las condiciones para la existencia del ser humano, éste también se originó de una manera completamente autónoma: y tan pronto como la vida humana generó desde sí misma las condiciones para que apareciese la obra de arte, ésta cobró vida también de forma autónoma.
La naturaleza genera y forma de acuerdo con la exigencia, sin intención y de una manera no arbitraria, 1con lo que lo hace por necesidad: esta misma necesidad es la fuerza generadora y formadora de la vida humana; sólo lo que carece de intención y no es arbitrario brota de exigencias reales, pues el fundamento de la vida radica sólo en tales exigencias.
La necesidad en la naturaleza sólo es conocida por el ser humano si pone en conexión todas las manifestaciones de ésta: mientras no capte esa conexión, la naturaleza le parecerá arbitraria.
En el instante en que el ser humano sintió su diferencia en relación con la naturaleza, instante en el que, en general, comenzó su desarrollo como ser humano al desprenderse de la inconsciencia de la vida animal de la naturaleza para pasar a la vida consciente –cuando el ser humano, por tanto, se situó frente a la naturaleza y desarrolló, a partir del sentimiento surgido aquí de pronto por vez primera de su dependencia respecto de la naturaleza, el pensamiento– en ese instante apareció el error como primera exteriorización de la conciencia. Ahora bien, el error es el padre del conocimiento, y la historia de la generación del conocimiento a partir del error es la historia del género humano desde el mito del tiempo primordial hasta el día de hoy.
El ser humano cayó en el error desde el momento en que situó la causa de los efectos de la naturaleza fuera de la esencia de la misma naturaleza, atribuyó al fenómeno sensible un fundamento no sensible, es decir, un fundamento humanamente representado como arbitrario, y tuvo al conjunto infinito de la actividad inconsciente y carente de intenciones de la naturaleza por un comportamiento intencional de la voluntad, de exteriorizaciones finitas e inconexas. El conocimiento consiste en la disolución de ese error, y es la comprensión de la necesidad en los fenómenos, cuyo fundamento nos parecía una arbitrariedad.
Mediante tal conocimiento la naturaleza se hace consciente de sí misma, y lo hace precisamente en el ser humano, quien consiguió conocerla al convertírsele ella en objeto; tal logro sólo fue posible a través de su autodiferenciación, separándose de ella: sin embargo, esta diferencia desaparece de nuevo cuando el ser humano advierte que la esencia de la naturaleza es también la suya propia, cuando reconoce la misma necesidad en todo lo que realmente existe y vive, así pues en la existencia humana no menos que en la de la naturaleza, y, en consecuencia, no sólo conoce la conexión mutua de los fenómenos naturales, sino también su propia conexión con la naturaleza.
Por lo tanto, del mismo modo que la naturaleza alcanza su conciencia en el ser humano mediante su conexión con él, y la actuación de esta conciencia es la vida humana misma – como, digámoslo así, presentación, imagen de la naturaleza –, de igual manera la vida humana misma alcanza su comprensión por medio de la ciencia, que la convierte de nuevo en objeto de experiencia; ahora bien, la actuación de la conciencia alcanzada mediante la ciencia, la presentación de la vida conocida por medio de ella, el reflejo de su necesidad y de su verdad es – el arte. *
El ser humano no será lo que puede y debe ser hasta que su vida no sea el fiel espejo de la naturaleza, el cumplimiento sin consciencia de la única necesidad real, de la necesidad interna de la naturaleza , y no la subordinación a un poder externo , imaginado e imitado por la imaginación, 2y por lo tanto no necesario, sino arbitrario. Pues sólo entonces será el ser humano verdaderamente humano, mientras que hasta ahora continúa tan sólo existiendo según predicados tomados de la religión, de la nacionalidad o del Estado. 3– Del mismo modo, tampoco el arte será lo que puede y debe ser hasta que no sea o pueda ser la fiel reproducción, presagiadora de conciencia, del ser humano real y de su necesaria y verdadera vida, es decir, hasta que el arte ya no tenga que tomar prestadas las condiciones de su existencia de los errores, de los absurdos y de las artificiales deformaciones de nuestra vida moderna.
Por lo tanto, el ser humano real no existirá hasta que su vida esté configurada y ordenada por la verdadera naturaleza humana, y no por las arbitrarias leyes del Estado; por su parte, el arte real no tendrá vida hasta que sus configuraciones precisen sólo ya subordinarse a las leyes de la naturaleza, y no al despótico humor de la moda. Porque así como el ser humano sólo se libera cuando se vuelve gozosamente consciente de su conexión con la naturaleza, el arte se libera sólo cuando ya no tiene que avergonzarse de su conexión con la vida. Pues el ser humano no supera su dependencia de la naturaleza sino en la alegre conciencia de su conexión con ella; y el arte sólo supera su dependencia de la vida si está en conexión con la vida de seres humanos libres y verdaderos.
2. Vida, ciencia y arte
Así como el ser humano configura la vida siguiendo de forma no arbitraria conceptos que se derivan de sus arbitrarias visiones de la naturaleza, y mantiene con firmeza la expresión no arbitraria de los mismos en la religión, así también tales conceptos se le convertirán en objeto de visión e investigación arbitrarias y conscientes en la ciencia.
El camino de la ciencia va del error al conocimiento, de la representación a la realidad, de la religión a la naturaleza. Así, en el inicio de la ciencia el ser humano se enfrenta a la vida de la misma manera que se enfrentó a los fenómenos de la naturaleza en el comienzo de la vida humana, que se diferenciaba de la naturaleza. La ciencia abarca la arbitrariedad de todas las visiones humanas, mientras que junto a ella la vida misma en su totalidad sigue un desarrollo necesario y no arbitrario. La ciencia, por lo tanto, asume los pecados de la vida y los expía en sí misma mediante su autoaniquilación: acaba en su pura antítesis, en el conocimiento de la naturaleza, en el reconocimiento de lo inconsciente, de lo no arbitrario, esto es, de lo necesario, de lo real, de lo sensual. La esencia de la ciencia es, por tanto, finita, mientras que la de la vida es infinita, de la misma manera que el error es finito, mientras que la verdad es infinita. Ahora bien, sólo está vivo y es verdadero aquello que es sensual y cumple las condiciones de la sensualidad. La ciencia, en su soberbia, comete el más grave de los errores al renegar de la sensualidad y menospreciarla; en cambio, su máxima victoria es el hundimiento de esa soberbia, logrado por la ciencia misma como culminación del reconocimiento de la sensualidad.
La ciencia concluye en lo inconsciente justificado, en la vida consciente de sí misma, en la sensualidad reconocida como sensata, 4en el hundimiento de la arbitrariedad en la voluntad de lo necesario. La ciencia es, por lo tanto, el medio del conocimiento: su forma de proceder es mediata, su finalidad es una mediación; en cambio, la vida es lo inmediato, lo que se determina a sí mismo. Y así como la disolución de la ciencia es el reconocimiento de la vida inmediata condicionándose a sí misma, es decir, pura y simplemente el reconocimiento de la vida real, así también tal reconocimiento logra su más sincera e inmediata expresión en al arte, o mejor dicho, en la obra de arte .
Читать дальше