Todo nuestro mundo se está viniendo abajo en «la fase de aceleración constante del tiempo histórico». Si me permiten voy a contarles una anécdota personal. Mi abuelo poseía en Badalona, a diez kilómetros de Barcelona, un pequeño negocio de forrajes, en una casona muy cercana al mar, junto a las vías del tren. Para que se sitúen: la primera línea de tren de la península, la línea Barcelona-Mataró, flanqueada de fábricas, un paisaje descarnado y fordista; sucio y contaminado. Puesto que los sábados por la tarde no había colegio, yo acompañaba a mi abuelo en las tareas de reparto, a bordo de un camión Ford muy viejo, uno de aquellos camiones que se ponían en marcha con manivela. Segunda mitad de los años sesenta. Fábricas humeantes y un pequeño camión repartiendo balas de paja y alfalfa para las vacas y los caballos que aún quedaban en una ciudad periférica en atolondrado proceso de automatización. Mi abuelo fue uno de los últimos europeos en vender forraje para los caballos en una gran ciudad. Entonces no me di cuenta. Lo he visto de mayor. Aquellos sábados por la tarde estábamos asistiendo al final de una actividad milenaria y fundamental en la historia de la humanidad. La aceleración constante del tiempo histórico creo que comenzó antes del papa Benedicto.
Siempre que me piden una reflexión sobre el futuro de mi oficio, no puedo dejar de pensar en mi abuelo, en las balas de paja y alfalfa amontonadas en el viejo almacén, sobre las que jugaba solo, imaginando grandes combates; no puedo olvidar el viejo camión Ford a manivela y los tebeos del Capitán Trueno que leía el sábado por la tarde mientras iniciábamos el reparto en aquella zona sin nombre de la playa de Badalona, contaminada por mil fábricas con horas extraordinarias. ¿A qué me dedico? Vendo paja y alfalfa para los caballos, mientras todo el mundo va en coche. Como mi abuelo.
No lloren por el periodismo. El vendaval se lo va a llevar todo, o casi todo, por delante, pero el periodismo como arqueología cultural permanecerá. En realidad ya está pasando. Nuevas tecnologías, nuevos formatos, nuevas empresas, prueba y error, prueba y error, cabeceras que nacen y mueren y una nueva generación dispuesta a trabajarse un lugar en el mundo. Nuevas relaciones con el poder, también. Puesto que el poder, como la materia, ni se crea ni se destruye, tan solo se transforma, periodismo y política seguirán su danza eterna. Con otros compases y con otros bailes, que ya se están ensayando.
Ahora viene el tiempo de la negación de todo lo hecho durante los últimos cuarenta años; posiblemente sea ese un tiempo necesario. Solo recomendaría a los nuevos teóricos del periodismo digital que, de tanto en tanto, relean Bel Ami y tengan presente que un día acabarán a bordo de un viejo Ford repartiendo vieja mercancía en un arrabal en transformación. Suerte.
Introducción
Periodismo y política. Sería difícil encontrar en nuestra historia contemporánea un periodo en el que entre ambas actividades no hayan existido fuertes tensiones y, al tiempo, complicidades. Aunque fue durante el desarrollo de la prensa de masas, que tuvo su eclosión a mediados del XIX en los países industrializados, cuando se alteró radicalmente la dinámica política. El periodismo, el periodismo político, lograba poner en manos de los ciudadanos noticias e informaciones sobre el acontecer político, lo que permitía «poner a estos ciudadanos en condiciones de desempeñar un papel más activo» en la política (Muñoz-Alonso, 2004: 492). Y no es posible comprender ciertos acontecimientos políticos históricos, también en España, sin acercarnos al papel de los medios de comunicación, del periodismo político al fin. Tampoco sería exagerado decir que nuestra sociedad actual, la democracia que hoy tenemos en nuestro país, le debe mucho, para bien y para mal, al papel jugado por los medios de comunicación de masas desde el inicio de la Transición hasta nuestros días y, en este sentido, a cómo se ha divulgado en cada momento la acción de sus actores políticos.
El periodismo político lo impregna todo. Da igual que nos encontremos o no en periodos electorales, o que nos refiramos a una actividad cultural, social, económica e incluso deportiva. Diariamente, la acción política de los actores institucionales y partidistas, así como de otros actores no políticos pero cuya acción condiciona el debate político, muestra fuertes tensiones y conflictos entre los actores del poder político, y contamina el modo de relación de estos con los ciudadanos, que son los sujetos que conforman la opinión pública y sobre los que recae la soberanía que debe legitimar a esos mismos poderes políticos.
El periodismo político, en este contexto, atiende y presta atención a esta realidad, ya sea divulgando la noticia estricta sobre un hecho concreto, o su interpretación en papel, soporte digital, o en una tertulia radiofónica o televisiva. La política es objeto de atención prioritaria porque la política está presente en casi todos los aspectos de nuestras vidas: somos y vivimos de acuerdo con una serie de reglas, reglas consensuadas por políticos, personas que, en sistemas democráticos, hemos elegido; y sobre ellas opinamos, pues como parte de la opinión pública queremos saber; y sobre ese conocimiento de lo que hacen nuestros políticos aprobamos o criticamos su gestión. Los medios de comunicación de masas, así en papel como en señal de televisión, radio o más recientemente en internet, son los canales sobre los que ejercemos el derecho a estar informados y el derecho a ser críticos. Y cuanto mayor sea la posibilidad de ejercer ambos derechos, el de estar informados y el de informar, mayor será la salud de nuestra democracia.
Los periodistas, intermediarios entre el acontecimiento y el ciudadano, entre la acción de los poderes y la opinión pública, nos ofrecen ese valor añadido que nos permite, desde la especialización que les presuponemos, disponer de mejores elementos interpretativos con los que valorar la acción de los políticos y, paralelamente, entender mejor cuál es la dinámica del poder político. El periodismo político, en este sentido, ayuda a cohesionar nuestras sociedades e intenta, con su estrecha vigilancia, que los comportamientos que atentan contra nuestra democracia, desde la corrupción hasta las conductas inmorales, no pasen desapercibidos.
Nuestra convicción parte de la premisa de que el periodismo político ha sido y es el área fundamental del periodismo en los medios de comunicación; es decir, podría considerarse como el periodismo prototípico; y así se confirma al analizar el contenido de las noticias de portada de los principales medios impresos españoles (Enguix, 2013 a ). Cuestión diferente es el hecho de que, tal vez por ese mismo carácter prototípico, al periodismo político no se le haya prestado la atención académica, docente (Enguix, 2013 b ) o investigadora que parecería necesaria y justificada por su peso específico en el ecosistema comunicativo. 1Consecuentemente, apenas está presente como área especializada del periodismo en los grados de Periodismo en España, hasta el punto de que es posible estudiar el grado de Periodismo en gran parte de las universidades españolas sin haber cursado materias específicas de periodismo político; paralelamente, tampoco existe la bibliografía e investigación que parecería acorde con la importancia que le otorgamos, tanto desde el punto de vista teórico como desde el de las habilidades concretas que debe tener un periodista político para enfrentarse a los complejos acontecimientos propios de esta área informativa. Las razones pueden ser varias. Desde un punto de vista teórico e investigador, hay posturas que consideran que los estudios de periodismo generalista no especializado ya han dado suficiente respuesta a la labor del periodismo político; desde un punto de vista práctico, cabe pensar que no se ha producido aún la suficiente integración del periodista político en el mundo académico. En cualquier caso, resulta plausible afirmar que es un grave error; el periodismo político, como área especializada del periodismo, requiere un nivel de especialización y un conocimiento de la realidad diferente y diferenciado del resto de áreas del periodismo. Y, además, su protagonismo es crucial para comprender mejor la dinámica de poder e institucional de nuestras sociedades.
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