1 ...6 7 8 10 11 12 ...19 —Y si viene la policía, ¿qué hacemos? —gritó uno tras él.
—No viene nadie, ¡te dije que no te preocupes! ¡Tenemos todo bajo control!
Se rio con euforia y desapareció tras la esquina, pasando justamente por al lado de Emma. Esta se cubrió rápidamente la boca y la nariz con las palmas de las manos, para que no se le escuchara ni la respiración. Cuando el joven ya no estaba en su campo de visión, se levantó temblando para ver lo que pasaba dentro. Todos estaban ocupados y nadie miraba hacia afuera. Emma sintió que era el momento y pasó rápidamente por delante de la puerta, sin que nadie la viera. Cuando estuvo detrás del edificio, en lugar de detenerse para recuperar el aliento, comenzó a correr. Así se mantuvo hasta llegar a la estación de tren.
Allí no había nadie, excepto un hombre que barría el andén. Hasta que arribara el tren tenía que esperar unos veinte minutos. Se sentó en una silla más protegida de las miradas de cualquier posible viajero, e intentaba hacer todo lo posible por no estallar en un llanto histérico. No entendía nada de lo que veía durante unos minutos. En su tranquila ciudad, no era nada habitual; estaba sorprendida. Sin querer se preocupaba por David, no sabía qué creer. Le molestaban muchísimas preguntas. Pasaban los minutos y él no aparecía, esto la puso aún más ansiosa. El vendedor de billetes ya abrió el mostrador, lo hacía siempre quince minutos antes de que saliera el tren. David no estaba por ninguna parte. Había llegado el tren, se quedó en la estación durante cinco minutos, tiempo en el cual subieron algunas personas y bajaron muchos trabajadores. Ni rastro de él. En pocos minutos la estación quedó desierta. Cuando vio que el tren comenzaba su viaje y él aún no aparecía, rompió a llorar. Inmediatamente saltó de su silla, se secó los ojos húmedos con un pañuelo y se puso a pensar, dando vueltas alrededor de la maleta sin darse cuenta: «¡Cálmate, Emma, céntrate y actúa con sangre fría! ¡Tendrás tiempo para llorar! ¿Qué le pasó a David? ¿Dónde está el pobre? ¿Y si me traicionó y ya no quiere que estemos juntos? ¡No! No puede, David no, le debe haber pasado algo grave, por eso no pudo venir y no me lo hizo saber. ¿Y yo qué debo hacer ahora? Necesito calmarme y hacer un plan. Primero y lo más importante, necesito averiguar qué le pasó y por qué no vino, ¡luego ya veré! No puedo volver a casa sin saber nada porque me volveré loca; le puede pasar cualquier cosa en este país salvaje. ¡Oh, Dios! ¡Por favor que esté bien! Iré a su casa. Sí, ¿y qué diré? Hola, soy Emma, amo a David, ¿por qué no vino al tren en el que ambos teníamos que huir? Mejor pienso en el camino lo que voy a hacer. El tiempo pasa y yo estoy aquí sin hacer nada. ¡Adelante, Emma, no pierdas el tiempo!».
Agarró su maleta y salió de la estación casi corriendo. Pasando por detrás del bar donde trabajaba, se dio cuenta de que la maleta era un lastre inútil y peligroso. En un pueblo tan pequeño, donde casi todo el mundo se conoce, no hay noción de vida personal; iban a preguntarle a cada rato a donde iba. Así que rápidamente se deshizo de ella, escondiéndola cerca del bar, debajo de unas tablas que estaban tiradas allí desde hacía años. Luego se dio cuenta de que su tía, la hermana de su padre, también vivía en el área donde vivía David, por lo que no tenía que explicarle a nadie nada. Iba con pasos rápidos, llena de confusión interior.
Pasando por el centro, su malestar aumentó; la perfumería y la farmacia, que pertenecían a dos familias judías, estaban destrozadas. Alrededor, un montón de bocas abiertas dando su opinión. Sin pensarlo mucho, tomó otra calle. No quería hablar con nadie y mucho menos comentar lo sucedido. Se sentía completamente desorientada, no entendía qué estaba pasando ni por qué. Aunque su corazón le decía que todo lo que había sucedido era contra los judíos, ella no quería y no podía creer que su David estuviera en peligro. Cuando le quedaban algunas calles más hasta la pequeña sinagoga, sintió un olor penetrante a humo. Al salir a la calle que conducía a ella, la vio solo como una pila de ceniza humeante. Se detuvo asustada, tratando de asimilar lo que había sucedido. Mucha gente, igual que antes, daban con sus opiniones políticamente correctas. A un lado, los bomberos terminaban de regar los edificios cercanos y algunos policías fumaban y se reían contándose chistes. Algunos niños tiraban piedras por los agujeros de lo que antes eran las ventanas de la sinagoga. En un camión se cargaban los últimos restos salvados del interior y en ninguna parte, ni rastro de los dueños. En esta zona vivían 11 de las 17 familias judías de la ciudad, incluso la de Jacob Stein; la casa de oración era solo cenizas, y de ellos no se veía ninguno.
Igual que la última vez, evitó la multitud y se dio prisa hacia la casa de David. Inmediatamente comenzó a reconocer las casas de las familias judías, especialmente según sus deplorables apariencias. Fueron vandalizadas de la peor manera posible: casi todas las ventanas rotas, muebles y cosas destrozadas por todas las partes, en las paredes y las vallas todo tipo de inscripciones, una más horrible que otra.
Mientras se acercaba a una de las casas destruidas, se intensificaba el ruido proveniente del interior. Hubiera querido no pasar frente a la casa en cuestión, pero no podía evitarla. Para llegar a la casa de David, habría tenido que saltar las vallas de los vecinos. Mientras pasaba frente a la puerta rota, vio una escena que le cambió su ser, sentía que algo sucedía en su alma, pero aún no sabía qué. En una silla, debajo de una bombilla, estaba sentada una mujer que amamantaba a un niño. Su ropa era solo harapos y su cuerpo estaba lleno de moretones y rasguños. Junto a ella estaba un policía, se veía que la vigilaba, pero de ningún modo en el sentido en que la policía tiene que vigilarnos. En el suelo, aferrada a los pies de su madre, lloraba fuertemente una niña de unos tres añitos. La pobre madre sostenía al bebé que amamantaba en una mano y acariciaba la cabeza de la niña del suelo con la otra, además se veía que le estaba diciendo algo. Intentaba calmarla. De otras habitaciones llegaban sonidos terribles; alguien era golpeado sin ningún remordimiento, o incluso torturado. Las voces de los inquisidores modernos repetían continuamente: «¿Dónde escondiste el oro, parásito judío que eres? ¡Dilo, inmundo, ahora!» seguían maldiciones, golpazos, gritos de dolor y algunas palabras incomprensibles.
—¡Mira, ha perdido la conciencia, el repugnante —gritó una voz ronca—. agarradle y llevémoslo con nosotros, ahí lo dirá todo! —Se echó a reír de buena gana y en acompañamiento se le unieron algunas voces más.
Emma se quedó congelada, no se le movía ni un músculo en todo el cuerpo. Su rostro se quedó al estilo giocóndico, toda su conciencia le decía que se tapara los ojos y que huyera llorando, pero ella estaba como de piedra mirando hacia adentro. En la puerta aparecieron dos hombres, seguidos por dos más, que arrastraban a alguien por las axilas. Era obvio que se trataba del atormentado; no tenía una parte reconocible en su rostro: lleno de sangre, los ojos hinchados y morados sin poder abrirlos. El labio superior, demasiado hinchado, caía muerto sobre el inferior, que colgaba roto. De su boca goteaba sangre y era fácil de ver que no tenía todos los dientes. La ropa la tenía rasgada y empapada de sangre. Lo estaban arrastrando detrás de ellos como a un trapo inanimado, y mientras sus piernas se movían caóticamente bajando los escalones, le saltó un zapato.
—Papá, papá —gritó la niña de tres añitos mientras se apartaba de su madre, bajaba corriendo aquellos escalones—, se te cayó el zapato, ¡tendrás frío, papá! —Recogió su zapato y quiso dárselo a su padre. En aquel momento, uno de los hombres la levantó en brazos y le dijo:
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