Adrián Misichevici-Carp - Damnare silentium

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Se trata de la
historia real de una chica alemana durante los años 1938-1945 y las condiciones en las que tuvo que
esconder sus verdaderos sentimientos hacia el régimen nazi, para emprender el viaje más difícil de su vida: la búsqueda de su novio judío, a quien, tras su arresto, se le perdió la pista. Pasando por algunos campos de concentración como guardia, vuelve a estar convencida de que los verdaderos valores humanos no pueden ser, de ninguna manera, los impuestos por la propaganda del régimen, que tienen como base el odio.

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—Se lo daré yo a tu padre, tú corre donde tu madre, no tengas miedo, este es un juego de adultos. —Cuando quiso dejarla en el suelo, el otro hombre de afuera, que tenía las manos libres, le gritó al policía de la casa:

—Ni mamá ni nada, la bruja viene con nosotros, ¡tírala fuera, Kurtz! ¡A esta pequeña enciérrala en la casa Ancel! Vamos más rápido, enseguida tiene que aparecer Schulman con el camión.

El hombre de la casa agarró a la pobre mujer, que todavía estaba amamantando a su bebé, de su mano libre, la levantó de la silla y la empujó escaleras abajo. Esta corrió tropezándose por toda la longitud de las escaleras y cuando llegó al final de ellas, se quedó sin fuerzas; cayó aplastada al suelo. El instinto maternal la retorció de tal manera que todo el golpe con el suelo se lo llevó sola.

—Esto ya no es normal, sois unos sinvergüenzas —gritó Ancel, cubriendo los ojos de la niña.

Los demás se reían como bestias ante la debilidad de Ancel, mientras salían a la calle. En aquel momento, el que daba órdenes la notó a Emma, que estaba como de mármol en medio del camino. Rápidamente se dio cuenta que había sido testigo de todo lo que sucedió.

—No se preocupe, señorita, son judíos, y nosotros, verdaderos patriotas, limpiamos el país.

Emma murmuró algo incomprensible, sin siquiera mover los labios, pero sintió que podía mover su cuerpo. Le dio la espalda a su interlocutor y continuó su camino, con la misma sonrisa extraña.

El líder de los arios comenzó a cantar y los demás, excepto Ancel que sostenía a la pequeña en sus brazos, lo siguieron al unísono: «Cuando la sangre judía empape los cuchillos, ¡todo irá bien otra vez! Camaradas de la SA, ¡colgad a los judíos, plantad a estos cerdos frente al paredón!» 11.

Estaba amaneciendo y Emma caminaba, devastada, hacia la casa de David. No podía creer lo que había visto, le parecía que estaba en una pesadilla y quería despertar lo antes posible. Hace unas semanas, después de tal escena, habría llorado amargamente, ahora no podía. Sentía un dolor en el pecho, que la sofocaba constantemente, pero no podía llorar. Una parte de ella mantenía las lágrimas cerradas y le decía que no había llegado el momento, tenía que ver qué le pasó a su novio. Cuando estaba a solo dos casas de la de David, la vio toda destruida y quemada. Era la única que ardió hasta la fundición y sacaba una tira fina de humo. En el portón de la entrada había dos policías. Sintiendo que se quedaba sin fuerzas, avanzó con dificultad hasta un banco, donde se sentó para recuperar el aliento. Se quedó inmóvil con los codos sobre las rodillas y la cara entre las palmas de las manos, tratando de encontrar una salida a la situación. «¿Qué está pasando? ¡Despiértame Dios, más rápido, si es que estoy en una pesadilla! ¡En nuestra ciudad todos se volvieron locos! Si atacan a mujeres con niños pequeños, ¿qué le habrán hecho a David? ¡No, no puede ser verdad! Tengo que hacer algo, tengo que ser fuerte, pero primero debo averiguar dónde está y qué le pasa».

Reunió sus fuerzas y se levantó de la silla. Se dirigió resueltamente a la casa de su querido David. Al llegar al portón, preguntó a los policías:

—¿Que pasó aquí, señores?

—Vigilamos la escena del crimen. Este nido de parásitos judíos atacó a la policía anoche. No se preocupe, señorita, ninguno se escapó, dos están con nosotros y dos... —respondió uno de los policías con una sonrisa sádica, volviendo la cabeza y apuntando con la barba la casa quemada.

Más tarde, Emma intentaba recordar lo que sucedió después de la respuesta del policía, pero en vano. Recuperó la compostura, solo dos días después, en casa, en la cama. Una vez que abrió los ojos, miró alrededor por la habitación y vio a su padre sentado en una silla a su lado. Estaba pensativo con un sobre en la mano. Entonces se dio cuenta que no era ninguna pesadilla del subconsciente, era una real y terrible. Rápidamente cerró los ojos y se quedó quieta, fingiendo estar dormida...

EL HIJO DE JACOB...

Si supiera que llegaría,

siempre el hombre lloraría.

Si supiera lo que le pasaría,

hombre a hombre ya no amaría 12.

Folclore rumano

Como de costumbre, David acompañó a su novia hasta cerca de su casa. Este corto período de tiempo, del recorrido desde el bar hasta la entrada a la ciudad, era su único momento de felicidad pura. La aparición de las primeras casas era para ellos una especie de: ¡ALTO! ¡Estrictamente prohibido! Entonces recordaban dónde estaban y se separaban con tristeza para no ser vistos. Una simple mirada hostil podría haber significado incluso la muerte. La supervivencia en aquel mundo adverso requería guardar el secreto en la mayor discreción. Su relación era un pecado mortal en el nuevo orden. Aquella noche fría de noviembre no era nada común para los jóvenes enamorados. Después de cada despedida, David regresaba triste y perdido, pero no aquella noche. Le había pedido a Emma que se casara con él y ella le contestó que sí. Estaba tan eufórico que quería gritar de alegría para que todos se enteraran de la noticia. Pero algo le detenía, todo un país que no quería verlo feliz; al contrario: marginado, deshumanizado e incluso destruido. Lo paraba el mundo hostil que se burló de él desde los primeros años de su infancia. Estaba tan acostumbrado a la situación, que no exteriorizaba sus sentimientos desde hacía mucho tiempo. Tanto la alegría como la tristeza las manifestaba solo en su mundo interior, nadie sabía lo que realmente estaba sucediendo en su cabeza. Viviendo en un estado falso, andaba con la respectiva máscara, tratando de parecer fuerte, incluso cuando estaba aplastado. Sus verdaderas emociones las mantenía ocultas y bien protegidas. Se había prohibido tanto tiempo la exteriorización de sus sentimientos, que ni siquiera sabía comportarse en aquella noche especial. Por primera vez, en mucho tiempo, dio rienda suelta: retozaba en campo abierto, parecía un niño que acababa de enterarse de que le iban a comprar una bicicleta en lugar de un piano.

Aquella fría noche, ni los perros ladraban sin motivos urgentes, estaban escondidos en algún lugar cálido. El silencio mortal estaba perturbado solamente por David, que cantaba alegremente; tenía que caminar alrededor de una hora y era la primera vez en tanto tiempo, que no se asustaba ante cada sonido inexplicable. Para no meterse en problemas no deseados, siempre regresaba por caminos ocultos. Los conocía a todos, desde donde la dejó a Emma hasta la ventana de su habitación. Desde que la acompañaba por las noches no usaba más la puerta; salía y entraba por la ventana. Aunque sus padres lo hubieran entendido y ayudado, tampoco quería que lo vieran.

Una vez que llegó a la ventana, la abrió y se apresuró a entrar sin hacer ningún ruido; estaba acostumbrado. Encendió la lámpara de la mesilla de noche y se puso rápidamente su pijama. Levantó con entusiasmo una tabla del suelo junto a la cama, de donde sacó unos papeles envueltos en un paño. Abrió el paquete del que sacó un fajo de dinero y unos documentos falsos que le habían costado una fortuna. Eran sus billetes hacia la libertad y los había pagado con oro del escondite familiar, sin decirle nada a nadie. Iba a contarles todo en el momento adecuado, un poco más tarde. Un documento era suyo con el nombre Gensler Niklas, y otro era de Emma con el nombre Gensler Aliz, su supuesta esposa. Quería asegurarse una vez más, antes de acostarse, que todo estaba en orden. Después de que se convenció, envolvió todo en el trozo de tela y lo escondió en el mismo lugar, debajo de la tabla del suelo. Se metió en la cama y empezó a soñar con la mirada en el techo.

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