«Nosotros, los nacionalsocialistas, creemos que Adolf Hitler es el emisario de una nueva Alemania. Creemos que Dios lo ha enviado para liberar el pueblo alemán de la judería chupa sangre y todopoderosa» 7.
Julius Streicher Der Sturmer ,1932.
En cuestión de minutos, las pocas páginas que había escrito se llenaron de las citas de los nazis que odiaba con todo su corazón:
«No se combate a las ratas con una pistola, sino con veneno y gas» 8.
Reinhard Heydrich, 1934.
«Los alemanes, especialmente los jóvenes, saben apreciar de nuevo la valía de la raza; se han liberado de las teorías cristianas que han gobernado en Alemania durante más de mil años y han provocado la decadencia de la Volk alemana, y casi han provocado su muerte» 9.
Himmler, 1936.
«Ninguna nación de la Tierra posee un solo metro cuadrado de territorio concedido por el cielo. Las fronteras se trazan y modifican conforme a la voluntad humana solamente» 10.
A. Hitler. Mein Kampf , 1925.
«El diablo es el padre de los judíos. Cuando Dios creo el mundo, invento las razas; los indios, los negros, los chinos, y también una perversa criatura llamada judío».
Poesía en un libro infantil 1936.
Cuando terminó de leer la última cita, sus ojos se empañaron: «Libro infantil», pensó Emma y las lágrimas escaparon de su control bajando por el rostro. «¿Cómo manchar unas almas tan puras con semejantes tonterías? El niño cree todo lo que se le dice, porque confía en quienes le enseñan, ¿y qué hacemos nosotros? Le llenamos el cerebro de tonterías y lo criamos como un monstruo. Este pecado nos va a costar muy caro», pensaba Emma mientras camuflaba las últimas letras que podrían haberla traicionado. Después de terminar el maquillaje de su diario con frases y fotos políticamente correctas, lo cerró y lo tiró a un lado sobre la cama. Este cayó cerca de Mein Kampf. Emma lo miró con los ojos todavía húmedos, miró el libro del Führer y su rostro cambió instantáneamente. Se llenó de un odio abrumador. Agarró el libro y lo arrojó en dirección de la chimenea. No tuvo éxito, tuvo que ir y levantarlo del suelo. Esta vez lo puso, incluso con su mano, sobre las brasas adormecidas. Las reavivó un rato con el libro y luego, estas, ya despiertas, comenzaron a devorarlo. Ogro desalmado que eres, mi madre pensará que te llevé conmigo, pero yo te envío a casa, en el fuego del infierno. Mientras trataba de controlar su cuerpo perturbado por la adrenalina del crimen, se le ocurrió otra idea. Escribió en la cubierta de cuero del diario, con letras grandes y hermosas: «MI LUCHA». «Aun si alguien lo abriera, encontrará lo que hace falta», pensó Emma un poco más calmada.
Las pocas horas que le quedaba hasta ir al tren, pasaron como amargos tormentos. Estaba consumida por pensamientos cada vez más pesimistas y no podía ahuyentarlos de ninguna manera. Seguía caminando de un lado a otro de la habitación sin ningún sentido. No sabía qué hacer y tampoco podía quedarse quieta. Equipaje no tenía que preparar; acordaron que no llevarían nada más que una pequeña maleta con ropa. David le iba poner algunas joyas, para que no llamara demasiado la atención. Las necesitaban como el aire, las iban a vender en Holanda para empezar su nueva vida libre. También él, como era de una familia bastante adinerada, escondió algunas piedras preciosas en las suelas de sus zapatos. El dinero estaba escondido en varios bolsillos secretos de la ropa y de las bolsas de viaje. En la billetera iba dejar para las necesidades del camino.
Cuando el reloj dio las cinco, Emma estaba vestida junto a la puerta de su habitación. Estaba allí desde hacía más de quince minutos. Solo el miedo la mantenía en la casa. Pensaba que, si salía demasiado pronto, tendría que esperar más tiempo en la plataforma, y esto podría atraer atenciones no deseadas. Respiró hondo, como una persona a punto de hacer algo inimaginablemente peligroso. Abrió la puerta con cuidado para que nadie pudiera oírla, echó un último vistazo a su habitación y salió al salón. Pasó toda la habitación rápidamente, sobre la punta de los dedos, como un ladrón que sabe que los dueños están en casa. Una vez fuera, cerró la puerta principal, escondió la llave debajo de una piedra y se precipitó hacia lo desconocido. Debido a la niebla, la noche parecía mucho más oscura de lo habitual y ella parecía un fantasma restante rehén en este mundo.
Emma seguía su destino con su ropa de fiesta: la mejor y la que solo se ponía en raras ocasiones. Los zapatos de cuero negro resonaban en la noche quieta hasta muy lejos. El abrigo, de lana gris de camello con líneas oscuras y cuello negro de cordero se convertía en un mancha difusa en la espesa niebla. El cinturón, del mismo material que el abrigo, convertía la mancha en una figura anfórica. En lugares más luminosos se veía el cuello del suéter blanco de lana. Sobre su cabeza se puso su sombrero negro en forma de campaneta. Una cinta, también negra, estaba atada de una forma muy bonita alrededor de su sombrero y su cabello rubio estaba cuidadosamente recogido hacia atrás. Las manos se las protegía, del frío de la noche, bajo uno finos guantes de cuero. En una sostenía una pequeña maleta de madera y cuero marrón, y en otra un bolso de cuero negro. Se apresuraba por caminos ocultos a las vistas. Salió de la ciudad: todo alrededor eran campos. Iba rápido por la carretera bien conocida: la que conducía al café donde trabajaba. Otra vez habría temblado de miedo ante cualquier sonido que salía de la oscuridad, pero no ahora. Tenía prisa hacia un futuro mejor. Venció el miedo a lo desconocido y quería que todo terminara lo antes posible.
Tras cruzar el estrecho puente de madera, entró en la zona de las fábricas y almacenes. Unas farolas, arrojadas bastante separadas entre sí, rompían la oscuridad de la noche y revelaban los movimientos de la niebla. Conocía muy bien aquella zona y sabía que la mayoría de las fábricas aún no estaban funcionando, pero muchas abrían a las seis, por lo que la mayoría de los trabajadores ya estaban dentro. Le quedaba aproximadamente media hora, después de lo cual las calles se convertían en hormigueros humanos. La estación estaba cerca, aun así se dio prisa; cuanto menos la vieran, mejor. En un cruce de caminos, escuchó mucho ruido y sonidos de ventanas rotas. Se escondió tras la esquina del edificio cercano y asomó la cabeza para ver qué estaba pasando. Cerca de siete u ocho hombres, todos con palos, mazas, armaduras, cadenas, estaban destruyendo un almacén. Casi todas las ventanas altas, custodiadas por rejas, ya estaban rotas. Dos tipos golpeaban con las mazas una puerta de hierro y los demás gritaban como los hombres de Neandertal frente a los mamuts. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta cediera ante los salvajes, que desaparecieron gritando dentro del almacén. Emma sintió cómo un hilo de sudor le corría por la espalda. Le temblaban todas las articulaciones, pero apretó los dientes y decidió seguir su camino. Podía retroceder y dar la vuelta, pero perdía demasiado tiempo. Se adelantó por la calle devastada. Todos los malhechores estaban dentro desde donde salían los sonidos de los estragos. En la penumbra y la niebla restante todo parecía una pesadilla. Se acercó hasta a la puerta del almacén y se escondió detrás de un cubo de basura. Desde allí trataba de ver qué pasaba adentro. Los delincuentes no se percataban en absoluto, encendieron las bombillas y organizaban unas cajas, y lo que no les gustaba, lo destruían con la ayuda de las herramientas que trajeron consigo. Emma se pegó al cubo de basura y respiraba como si acabara de terminar una maratón. En aquel momento salió un hombre y les gritó a sus compañeros: «Yo voy a por el camión, vosotros hacéis limpieza a este judío inmundo. Que no prendáis fuego al almacén, porque los demás también pueden incendiarse».
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