Adrián Misichevici-Carp - Damnare silentium

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Se trata de la
historia real de una chica alemana durante los años 1938-1945 y las condiciones en las que tuvo que
esconder sus verdaderos sentimientos hacia el régimen nazi, para emprender el viaje más difícil de su vida: la búsqueda de su novio judío, a quien, tras su arresto, se le perdió la pista. Pasando por algunos campos de concentración como guardia, vuelve a estar convencida de que los verdaderos valores humanos no pueden ser, de ninguna manera, los impuestos por la propaganda del régimen, que tienen como base el odio.

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En un mundo artificial, el amor puro no es bienvenido y se sofoca. Está quemado de todos los lados. Su pureza y transparencia llenan las almas negras de odio y envidia.

Por lo tanto, queridos míos, estamos seguros de que aquí no tenemos futuro. Hay muchas razones y espero que algún día os enteréis de todo y así, estaréis de acuerdo con nosotros. Hemos decidido huir de aquí. Que sepáis que ambos oramos para que algún día podamos regresar y estar cerca de vosotros.

Por mí, no os preocupéis, cuando pueda, os haré saber más. Aun así, espero que no os traiga problemas. Os pido por favor que nos perdonéis y que nos bendigáis. Realmente lo necesitaremos mucho. En vuestras oraciones recordarnos a nosotros, vuestros hijos. Os queremos mucho...

Vuestros: Emma y ... su otra mitad.

Metió la carta en el sobre, la dejó sobre la mesa y se quedó como congelada, mirando hacía el infinito; pensaba en cómo terminaría su atrevida aventura. Si hasta entonces la había visto en color rosa, sin ningún obstáculo, en aquel momento se apoderaba de ella una especie de pánico, un miedo a lo desconocido. Cuando despertó, después de unos minutos, miró asustada su reloj. Tenía una sensación que estaba saliendo fuera del tiempo y solo el reloj la traía cada vez de regreso a la vida de la que quería deshacerse. Lo odiaba y por eso en el momento en que lo miraba, su subconsciente empujaba a la superficie una respiración dolorosa, después de lo cual continuaba su meditación.

La escrupulosidad alemana hizo que la ciudad de Emma tenga dos estaciones de tren. Para la comodidad de los pasajeros, una se construyó en la ciudad y otra en la zona industrial. El tren de los enamorados partía de la primera a las 6:15 y de la segunda a las 6:30. La estación de la ciudad, y la primera por donde pasaba el tren, no estaba lejos de la casa de Emma, a unos diez minutos a pie. Sin embargo, la segunda, la del polígono industrial, estaba cerca del bar donde trabajaba. David, del otro lado de la ciudad, tenía que viajar unos 30 minutos hacia las dos. Como lugar de encuentro, eligieron la de la zona industrial por dos motivos: porque estaba fuera del pueblo, así que podían llegar por caminos ocultos a las malas miradas. La segunda razón y las más importante: la mayoría de los trabajadores eran extranjeros. Los vendedores de billetes no eran originarios y no los conocían. Si iba buscarlos la policía, esto sería un pequeño obstáculo. Hasta Dusseldorf querían ir con los documentos reales, pero separados. Allí se reunirían, cambiarían los documentos y viajarían a Eindhoven, como Niklas y Aliz Gensler.

Emma no encontraba su lugar. Parecía el lobo de la jaula del zoológico que camina de un lado a otro con la mirada difusa y soñando con la libertad. Como el animal que no entendía cómo su mundo ilimitado se redujo al tamaño de la jaula, ella se sentía prisionera del sistema y del tiempo en que se encontraba, sin poder comprender qué había hecho mal. La pureza de su amor prohibido redujo su espacio vital al tamaño de una jaula. Al no ser libres de expresar sus sentimientos, de vivir como quisieran, eran los esclavos del sistema. Comenzó a llorar esperando que todo terminara lo antes posible. Sintió que se sofocaba, le faltaba el oxígeno. Abrió rápidamente la ventana y llenó su pecho con el aire frío y húmedo de la noche. Se secó las lágrimas y se quedó en silencio ante la oscura extrañeza. Desde muy lejos le llegaban sonidos extraños: una especie de mezcla de canciones, gritos de entusiasmo y desesperación. Filtrándose a través de la confusa y angustiosa oscuridad, la alcanzaban como unos sonidos extraños de otros mundos; algo raro y nada más. Sin saber la fuente de aquel retruécano de sonidos, rápidamente cambió su atención a otra parte. Cerró la ventana y continuó su caótico ir y venir por la casa. No sabía por dónde empezar ni qué hacer para que el tiempo pasara más rápido.

Después de aproximadamente media hora de deambular sin rumbo por la habitación y de abrir la ventana unas cuantas veces más, se detuvo y miró su reloj. Eran casi las 00:00. Hasta las cinco tenía un largo camino por recorrer; lo que no tenía en absoluto: eran paciencia y sueño. Estaba segura de que no iba a poder cerrar los ojos en toda la noche. La impaciencia, el miedo a lo desconocido y la tensión que aumentaba la consumían por dentro. Recordó el diario que había empezado la noche anterior y rápidamente lo sacó del cajón. Se sentó como de costumbre en la cama y se dejó llevar por su musa personal:

¡Dios, qué emocionada estoy! Todavía me quedan cinco horas hasta que salga el tren y me estoy volviendo loca. Por mi cabeza pasan muchos pensamientos que son cada vez más terribles; no los controlo más. Ya no son aquellas fantasías mías, llenas de optimismo. El miedo al desconocido me consume, siento que me estoy volviendo loca. ¡Me gustaría poder quedarme tranquila aquí donde nací y amar a quien quiero! ¿Por qué tengo que huir? ¿Qué tienen que ver ellos con mi sangre? Todos se volvieron locos, de pequeños a grandes. Si un adulto, que ha visto la vida, todavía se puede dar cuenta dónde están las fronteras de la locura, y aun así sigue el camino establecido por los de arriba, ¿qué puedo decir sobre los niños que crecen en esta demencia absurda? Lo natural, para ellos, se ha vuelto todo lo que se les mete en la cabeza, por todos los medios posibles. Esta generación me hace temblar; su séquito normal es el odio. Los pobres están tan mareados que no pueden pensar por sí mismos, el Führer y su malvada compañía piensa por ellos.

Mi primo, de solo diez años, delató a sus padres en la escuela. Los escuchó saludar a su vecino judío. Los padres fueron llevados a las oficinas de la Gestapo, de donde salieron obedientes y correctos. Han aceptado llevar sus máscaras y ya no saludan a sus vecinos, y siempre que tienen la oportunidad hablan sobre los temas de la propaganda nazi, por supuesto, totalmente a su favor. El pequeño recibió un premio y un diploma de agradecimiento por parte de la escuela, los padres tuvieron que colgarla en la pared. Los líderes saben que mientras estemos solos, nos pueden reeducar por los gabinetes subterráneos de la Gestapo.

¿Quién es el Führer para prohibirnos amar? ¿Un monstruo con rostro humano, sediento de sangre? ¿Un pobre hombre que no se ama ni a sí mismo, y su corazón negro se alimenta de nuestros sufrimientos?

¿Por qué el pueblo alemán guarda silencio? ¿Por qué se deja esclavizar? ¿Por qué convierte su sufrimiento en aversión, subyugando a su vez a otros? ¿De dónde viene tanto odio y enemistad en los corazones humanos? Algunas preguntas de las cuales no tengo respuestas. Quizás algún día entenderé mejor lo que está pasando en el alma humana y podré responder. Hasta entonces, te dejo con un montón de preguntas y espero, de todo corazón, que nuestro pueblo se recupere de este entumecimiento indiferente.

Cerró el diario y lo colocó, con cuidado, en su bolsa de viaje, pero lo sacó de inmediato. Pensó que, si tuviera un control más serio en el camino, se metería en problemas. Si alguien le abriera el diario, terminaría el viaje antes de que comience. Tenía que ser arrojado al fuego, cosa que no quería hacer, o camuflado con algo para que no parezca en absoluto lo que era. Recordó el montón de papeles con todo tipo de citas nazis, acumulados a lo largo de los años y lo sacó rápidamente del cajón. La primera hoja de papel era de un periódico que citaba a Hitler del Mein Kampf . Esto le dio una idea; irrumpió en el salón, sacó de la biblioteca el libro del ciudadano número uno y volvió a su habitación. Tan pronto como abrió el libro, recortó muy bien la foto del Führer . Hubiera querido cortarlo en pedazos, pero lo necesitaba para otra cosa. Abrió el diario y la pegó ligeramente en la portada. En la parte inferior de la página pegó la siguiente cita:

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